La reelección, una cuña en la interna sindical

Por Eduardo Van Der Kooy

Hugo Moyano ha sido la primera voz del peronismo con poder que salió a objetar el ensayo reeleccionista en que se embarcó desde hace una semana, el kirchnerismo. El líder camionero dijo ayer que Cristina Fernández debería respetar la Constitución por la cual juró al asumir su segundo mandato. Ese texto, modificado en 1994, impide una segunda reelección.

Tres gobernadores (dos peronistas, Mendoza y San Juan, y un aliado, Neuquén) se encargaron de hacer punta con la ofensiva K. El resto de los mandatarios ha preferido hasta ahora guardar silencio esperando, quizás, que aquella avanzada vaya tomando forma. Muchos escrutan a Daniel Scioli, pero el gobernador de Buenos Aires ya dijo lo que deseaba decir.

Que aspira a la sucesión en el 2015 sólo si la Presidenta no aspira a otra reelección. Esa audacia hizo que todos los problemas bonaerenses –políticos y económicos– se agudizaran por la reacción del kirchnerismo.

Moyano, con su nueva declaración, pareció trazar una raya en un PJ donde imperan la inacción y el temor. Donde las discusiones políticas se disfrazan sólo con ropaje económico. Scioli fue acusado de mal administrador y padeció hace poco con el pago de sueldos y aguinaldos en su provincia. José de la Sota porfía con el Gobierno, en apariencia, por los incumplimientos nacionales sobre coparticipación. Fuera de esas comarcas, Mauricio Macri lidió con sus propios errores y una huelga salvaje de subtes que fogoneó días atrás el kirchnerismo.

Aquella línea imaginaria de Moyano se extiende además al plano sindical.

El secretario de la CGT coloca, cada vez que puede, piedras en el camino del antimoyanismo que con muchas dificultades intenta convertirse en el nuevo brazo gremial de Cristina y los suyos. Los “gordos” e “independientes” se ven en figurillas para sostener la promesa de que, de ningún modo, resultarán funcionales al Gobierno.

La frontera que Moyano marcó a la posibilidad de otra reelección obligó a una rápida pirueta de Ricardo Pignanelli, titular de SMATA, quien afirmó que no le agrada la idea de la reelección indefinida pero que, a la par, empezaría a extrañar a Cristina aún antes de que ella termine su segundo mandato. Vale tener buena memoria: los “gordos” e “independientes” fueron entusiastas promotores en los 90 de la reforma constitucional que permitió la reelección de Carlos Menem. Estarían tratando, al menos, de estampar algún matiz en una historia que pareciera enderezada a repetirse.

Pignanelli será anfitrión mañana, en su sede gremial, de una cumbre antimoyanista que pretende definir un candidato para ocupar la secretaría general de la central obrera oficialista. El metalúrgico Antonio Caló llegará a ese encuentro debilitado por sus propias fugas –se ausentó de la reunión cegetista con Cristina en la Casa Rosada– y por problemas personales que siempre deja trascender. Pero su anemia respondería también a otras razones: la Presidenta escuchó con horror cuando el dirigente de la UOM repitió, tras su aparición, un severo enjuiciamiento a la inflación. Como sucedió con la reelección, el antimoyanismo va detrás de la agenda que establece el líder camionero.

Caló ha perdido consenso para ser coronado el 3 de octubre como jefe de la CGT Balcarce, como el moyanismo con malicia se empeña en llamar a esa organización. Pero no está claro que algún otro dirigente del palo haya logrado capturar aquel consenso para reemplazarlo en la competencia. Pignanelli asoma, es verdad, pero pareció repetir la maniobra de maquillaje que muchos trastornos le produjo al metalúrgico. Caló pagó por hablar de la inflación. Pignanelli podría pagar también por haber resultado resbaladizo respecto de la ofensiva reeleccionista de los K.

Moyano le plantó ayer mismo a sus adversarios otro obstáculo. Hizo empapelar el centro porteño con afiches que reclaman un salario mínimo de $ 3.500. Y que acusa al Gobierno de mentir. El antimoyanismo no le arrancó a Cristina, todavía, ni una sola de las demandas sociales (impuesto a las ganacias y asignaciones familiares) con las cuales se ilusionó para ver bendecida la próxima conformación cegetista. Apenas hubo una fotografía conjunta.

La indiferencia presidencial ha comenzado a preocupar hondamente al antimoyanismo.

“Con esta indiferencia a octubre no llegamos”, rezongó uno de los “gordos”. Alguien que balconea estos pormenores, Luis Barrionuevo, lanzó una nueva propuesta: barajar y dar de nuevo, Es decir: que moyanistas y anti acepten una nueva ronda de negociaciones para bucear la remota chance de una unidad sindical.

Hace rato que el dirigente gastronómico huele algo raro: la intención de la Presidenta de fragmentar a fondo el cuerpo sindical para dañar su influencia y su poder. No sería, a juicio suyo, una mala receta para afrontar un período de destemplanzas económicas y de falta de recursos del Gobierno.

A la pretendida dispersión sindical se añade la desorientación opositora, reiterada cada vez que el Gobierno somete a discusión una propuesta. Se observó, entre tantas cosas, con la expropiación de YPF. Quedó al descubierto de nuevo con la estatización de la imprenta Ciccone. Mientras el congreso del FAP (Frente Amplio Progresista), por ejemplo, proclamó el fin de semana la resistencia a la posible reelección sus senadores y diputados se dividieron ante el escándalo que embreta a Amado Boudou.

La ruptura con Moyano y la falta de norte del antimoyanismo completarían así el paisaje político de los que sueñan con el proyecto de eternizar a Cristina.

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