Jorge y Analía (los nombres son ficticios) fueron expulsados de España en 2008. Cuarentones, él argentino y ella paraguaya, él trabajando en un hostel y ella como empleada doméstica, estaban juntando dinero para un tratamiento de salud de una de sus hijas, quienes se habían quedado en Paraguay.
Tenemos muchos casos así.
El de ellos nos dolió porque, pese a todo el buen trabajo del Consulado, de la Iglesia, de organismos humanitarios, no pudimos resolverlo. Ella se fue por ‘propia voluntad’ y a él lo tuvieron 40 días en uno de los internados para estos casos y a las 3 de la mañana del día 41 lo subieron a un avión”.
Basualdo contó que, según la ley, primero se da la posibilidad de pagar una multa (unos 300 euros) y luego hay un período de regularización, de difícil logro.
“ Se conocen más las expulsiones en el aeropuerto , pero hay muchos casos como el de esta pareja. La policía suele ir a sitios donde frecuenta una comunidad (como un bar latino), a veces por inspecciones o pura casualidad detecta a un irregular o a veces es por portación de cara, hay de todo. Un argentino se salva más por el parecido al español, pero sufre esos casos un boliviano o peruano”.
El expulsado puede seguir el trámite abierto desde su país de origen, “pero –agrega Basualdo– es muy difícil.
En general uno regresa derrotado , y debería tener aquí una organización detrás que haga todo el seguimiento”.
Los casos de impedir el ingreso son más conocidos y afectan a personas de todos los oficios y edades. Hace un mes, una mujer argentina de 72 años, Luisa Ormeño, fue rechazada en Barajas, lo que motivó una queja de la Cancillería argentina a España. Su familia denunció que la trataron como a “una prisionera” . Ese mismo julio, Ada Ghiara de Rodríguez, 88 años, sufrió la misma situación. En Barajas la retuvieron durante 8 horas hasta que fue devuelta a Argentina en otro vuelo. El Movimiento Argentinos en el Exterior denunció “estos casos violatorios de los derechos humanos” ante el Parlamento y reclamó una investigación.
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