Concluyó su viaje al Líbano con un dramático llamado a la comunidad internacional y a los países árabes para que se movilicen por el fin de la violencia en la región; más de 350.000 cristianos asistieron a la misa del Pontífice en Beirut
Benedicto XVI cerró así su difícil y riesgosa visita de tres días al Líbano con un fuerte llamado a la paz y un reclamo al mundo y a los países árabes para que se movilicen para poner fin a la violencia en Siria.
Ante más de 350.000 cristianos que asistieron a una misa solemne en la costanera de esta capital, custodiada hasta por una nave de guerra, el Papa reiteró la necesidad del fin de la violencia en esta región marcada también por el conflicto palestino-israelí, la "primavera árabe" y, en los últimos días, una oleada de protestas antioccidentales.
"El ruido de las armas continúa oyéndose, así como el grito de las viudas y de los huérfanos. La violencia y el odio invaden sus vidas y las mujeres y los niños son las primeras víctimas. ¿Por qué tanto horror? ¿Por qué tanta muerte?", se preguntó. "Llamo a la comunidad internacional y a los países árabes para que, como hermanos, propongan soluciones viables que respeten la dignidad de toda persona humana, sus derechos y su religión", agregó, al pronunciar el Angelus, después de la misa.
En árabe, francés y latín, ésta se celebró en una explanada frente al mar, dotada de ocho pantallas gigantes, en un clima de gran devoción, medidas de seguridad imponentes y bajo un sol infernal que hizo que hubiera decenas de desmayos.
Todos llegaban a la esperada cita con el Pontífice -a quien vivaban en italiano al grito de "¡Be-ne-de-tto!"- con un kit especial: botellita de agua (imprescindible), gorro, banderitas de plástico del Vaticano y del Líbano, chal con el logo de la visita y un librito para la misa. No sólo había cristianos libaneses -el 35% de la población- sino también grupos venidos de la castigada Siria, de Irak, Jordania, Marruecos y Egipto; además, diversos obispos y cardenales, entre los cuales figuraba el argentino Leonardo Sandri, prefecto para la Congregación de las Iglesias Orientales.
"Ya había estado en la misa de Juan Pablo II en 1997 y siento la misma emoción que esa vez", dijo a LA NACION Youssef Dabus, que se despertó a las 5.30 de la mañana para llegar hasta el City Waterfront desde la parroquia de Nuestra Señora de la Protección, en la periferia de esta capital, en un ómnibus especial. "Espero que esta visita tenga un efecto positivo en toda la región y en mi país. En el Líbano conviven 18 confesiones, en la guerra civil (1975-1990) intentaron dividir el país, pero no lo lograron, y debemos seguir siendo un ejemplo de convivencia, como dice el Papa", agregó este griego-católico de 31 años.
Más entusiasmo expresó Shwan, un caldeo iraquí que viajó con un grupo de 220 peregrinos desde Kirkuk, Irak, junto con un sacerdote español del Camino Neocatecumenal. "La venida del Papa nos alienta. Nuestra misión como cristianos es quedarnos en nuestra tierra. No tenemos que escapar de la realidad, sino vivir la pasión como Cristo. Si dejamos Irak, también Cristo desaparece de la zona", dijo Shwan, de 44 años.
Como había hecho anteayer en un encuentro con jóvenes, en su homilía el Papa alentó a los cristianos a ser "servidores de paz y justicia en un mundo donde la violencia no cesa de extender su rastro de muerte ". "Es un testimonio esencial que los cristianos deben dar aquí, en colaboración con todas las personas de buena voluntad. Es un llamamiento a todos a trabajar por la paz. Cada uno como pueda", clamó.
Después de que más de 350 sacerdotes dieron la comunión en medio de bellísimos cantos en árabe -que (vaya paradoja) recordaban el llamado del muecín-, el Papa entregó a patriarcas y obispos el documento final del Sínodo para Medio Oriente, el motivo de su visita a esta tierra. Entonces, hizo un llamado "para que el Evangelio siga resonando en la región como hace 2000 años y que sea vivido hoy y siempre".
Con aspecto agotado después de tres días de agenda más que intensa, al despedirse en el aeropuerto del país de los cedros, Benedicto XVI agradeció al "mosaico" de confesiones que hay en el Líbano, que tan bien lo recibieron. Pero les dio las gracias especialmente a los líderes musulmanes: "Durante toda mi estancia he podido constatar cuánto su presencia ha contribuido al éxito de mi viaje. El mundo árabe y el mundo entero habrán visto, en estos momentos de turbación, a los cristianos y a los musulmanes reunidos para celebrar la paz", destacó, aludiendo, sin mencionarlas, a las tensiones desatadas por un video que denigra al islam.
Por último, volvió a pedirle al Líbano -muy inestable políticamente por la crisis en Siria-, "que viva en paz y resista con valentía todo lo que pueda destruirlo o minarlo".
"Deseo que el Líbano siga permitiendo la pluralidad de las tradiciones religiosas, sin dejarse llevar por aquellos que se lo quieren impedir", agregó.
IRÁN RECONOCE SU INTERVENCIÓN
Miembros de la Guardia Revolucionaria de Irán, una fuerza de elite del régimen de los ayatollahs, se encuentran en Siria para brindar asistencia "no militar" al régimen de Bashar al-Assad, según reveló ayer el comandante Mohammed Ali Jafari.
La declaración de Jafari es el primer reconocimiento de un alto cargo militar de que Irán cuenta con presencia logística en Siria, donde miles de personas han muerto desde que comenzaron las revueltas contra el régimen, hace un año y medio.
La república islámica de Irán ha apoyado al presidente Al-Assad desde que comenzaron las revueltas y considera al mandatario como una parte crucial del eje de resistencia frente a Israel y a los estados árabes sunnitas de la región.
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Del editor: cómo sigue.
Aunque de gran valor moral, el llamado no pasa de lo gestual. Ahora el resto del mundo debe decidir si recoge el guante o si sigue mirando para el costado.


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