En la mañana de hoy continuará la lectura de las imputaciones que se les formulan a los represores por los delitos de homicidio calificado e imposición de tormentos a militantes políticos encerrados en la UP1
La audiencia oral y pública comenzó el viernes último y debido a lo extenso de la lectura de las formalidades de ley (auto de elevación a juicio y acusaciones), el Tribunal Oral Federal 1 (TOF1) pasó a cuarto intermedio hasta las 9.30 de hoy.
En este juicio, el tercero en Córdoba, se juzgan dos causas acumuladas en este mismo proceso que, en el caso del expediente “UP1” que ahora se lo denomina “Videla”, tiene como principales imputados a Videla y Menéndez por los delitos de homicidio calificado, imposición de tormentos seguido de muerte y tormentos agravados.
Junto con otros 23 imputados, los represores están sindicados como responsables de la muerte de 31 presos políticos, en su mayoría militantes políticos, que se encontraban alojados en la Unidad Penitenciaria San Martín (UP1) y que fueron fusilados fraguando fugas entre abril y octubre de 1976.
En la otra causa, inicialmente Gontero y ahora Menéndez, se juzga junto con Menéndez y ex policías del Departamento de Informaciones Policiales (D2) por los delitos de privación ilegítima de la libertad agravada e imposición de tormentos cometidos en contra de sus mismos camaradas y un civil.
La primera jornada
El viernes último, el dictador Jorge Rafael Videla volvió a sentarse después de 24 años en el banquillo de los acusados y hasta intentó hacer uso de la palabra, pero el Tribunal Oral Federal Nº1 no se lo permitió.
Videla es uno de los 31 imputados en este proceso y recién podrá dirigirse a los jueces cuando termine la lectura de la acusación, que se inició el mismo viernes y continuará en la audiencia prevista para hoy.
En el sitio digital de La Voz del Interior se destacó que el ex presidente de facto, sentado al lado de Luciano Benjamín MeProxy-Connection: keep-alive Cache-Control: max-age=0 eacute;ndez (con quien estuvo enfrentado durante el régimen militar), hizo señas al presidente del tribunal, Jaime Díaz Gavier, para intervenir cuando se describía el funcionamiento del esquema represivo en Córdoba. El juez le respondió que podrá hacer uso de la palabra una vez que finalice la lectura de la acusación y se ingrese de lleno en el debate, probablemente en el día de hoy.
Videla llega procesado a esta causa porque 27 de las 31 víctimas eran presos políticos "blanqueados", todos ellos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. En estos hechos, a Videla y a Menéndez se les atribuyen los delitos de secuestro, tortura y homicidio.
Desde el sábado, Videla -condenado en 1985 en el histórico Juicio a las Juntas e indultado por el ex presidente Carlos Menem- está en la cárcel de Bouwer, en el pabellón de detenidos por delitos de lesa humanidad.
En la apertura del juicio, se leyó la acusación de las dos causas unificadas en este proceso: UP1 (oficialmente se la llama Videla e incluye la investigación de 31 asesinatos) y Gontero (se denomina ahora Menéndez III e incluye las torturas sufridas por cinco policías y el hermano de uno de ellos).
A la sala donde se desarrolla el juicio sólo ingresó un centenar de personas, además de los abogados y funcionarios judiciales, y había tanto familiares de las víctimas como de los militares y policías acusados.
Dos testimonios del horror
El tercer juicio histórico contra los represores de la última dictadura militar que se lleva a cabo en la provincia permite que salgan a la luz muchas de las vivencias de aquellos años oscuros y conocer a quienes estuvieron ahí, y se salvaron. También a los que no tuvieron esa suerte, pero dejaron familias, hijos, esposas que desandaron esos pasos de dolor para contarlo mucho tiempo después.
“Todas las noches decíamos: Menéndez, te ganamos un día más”
“Me salvé porque los militares pensaban que el tiempo corría a favor de ellos, pensaban que eran dueños y señores tanto de la vida como del tiempo. Por suerte, en eso se equivocaron y el tiempo corría a favor nuestro. Tal es así que nosotros todas las noches decíamos: Menéndez, te ganamos un día más”, cuenta a PUNTAL Gustavo Tissera, sobreviviente de la penitenciaría de barrio San Martín, por esos días conocida como UP1.
Tissera militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores cuando cayó detenido mucho antes del golpe, incluso antes del Navarrazo. Era uno de los tantos presos políticos que habitaban las cárceles del país en tiempos de proscripciones de pensamiento, participación y acción política, pero cuando el terrorismo aún no era una política de Estado. “Hasta el 24 de marzo, los presos gozábamos de un régimen carcelario, como gozan los presos sociales. Teníamos biblioteca, teníamos trabajo, deporte, visitas, todo.
Luego pasó a ser totalmente diferente”, recuerda Gustavo en diálogo con PUNTAL y con una entereza admirable, que se consigue con el paso del tiempo y la llegada de la justicia. “Fuimos aislados, se nos quitó absolutamente todo, se cerraron puertas y ventanas. No salíamos ni siquiera al baño, nos sacaban 10 minutos por día en grupo a hacer necesidades o a bañarse. Las condiciones de vida desde el golpe de Estado hasta que se levantó la cárcel de San Martín fueron las peores. Condiciones físicas de hambre, frío y golpizas, tal es así que hubo dos compañeros paralíticos. A uno logramos recuperarlo y el otro fue fusilado en camilla”, agrega.
Tissera es un testigo central en este proceso. Por la cantidad de tiempo que permaneció, conoció a todos los presos que murieron luego de que se les aplicara la “ley de fuga”. Conoce también a sus verdugos y sabe que la Justicia fue cómplice. “Estábamos a disposición del Poder Judicial. Para movernos, para sacarnos de la cárcel tenía que estar sí o sí la firma de los jueces. Tanto de Zamboni Ledesma como de Puga”.
La “ley de fuga”
“Nos informaron que estábamos todos condenados a muerte. Luego venían con la lista, nos llamaban por el nombre y salían los compañeros, teníamos la oportunidad de saludarnos, de despedirnos… de levantar el puño, si eran del PRT, o levantar la V, si eran compañeros peronistas”, cuenta Tissera. Pero ésa no era la versión oficial. En estos traslados se simulaban situaciones de fuga para fusilar a los presos y luego darlo a conocer a través de los medios.
“Todos salían conscientes de cuál era su destino final y de que con su muerte, los que quedábamos teníamos más posibilidades de seguir viviendo. Éramos todos conscientes de que era muy raro que uno volviera. Hubo un caso de uno que volvió. Al hermano y otros dos presos más los fusilaron y a él lo traen de vuelta para que lo cuente. Y en casi todos los casos, salían y volvían para informar de la muerte y a las dos o tres semanas los volvían a llevar”.
Gustavo fue sometido a condiciones de vida infrahumanas, fue torturado, vio morir a sus compañeros y seguramente muchas veces sintió que no sobreviviría. Pero lo que más recuerda de esos días curiosamente es la solidaridad. “Lo más importante de la época de la cárcel es la solidaridad que existía entre nosotros, la sonrisa con que salían nuestros compañeros para ser fusilados sabiendo que con su muerte nos permitían seguir viviendo a nosotros. Sabían que los que quedábamos íbamos a denunciar permanentemente lo que estaba sucediendo. Y eso es lo que ha permitido llegar a este juicio”, cuenta sin dudarlo un instante.
Consultado sobre lo que sintió el día en que comenzó el juicio por los fusilamientos de detenidos en la UP1, Gustavo tampoco duda. “Sentí que todo el trabajo, las denuncias que hicimos durante estos años, comenzaba a florecer, que daba sus frutos. Es algo que me alegra muchísimo porque la causa de los derechos humanos no debe ser solamente de aquellos que sufrimos alguna violación, debe ser de todo el pueblo. Es un avance enorme. Y hay que reconocérselo al Gobierno, que haya hecho de los derechos humanos una política de Estado. Ésa es una de las cosas buenas del Gobierno que hay que reconocerle”, finaliza.
Un pacto de amor
Martín Moze no conoció a su padre, pero cuenta su historia como si la hubiese vivido con él. Nació en 1973, antes del golpe militar pero el hecho de ser el hijo de un militante reconocido de montoneros lo “condenó” a no poder conocer su identidad hasta mucho después.
“Mi papá nació en Cruz del Eje en 1948. De joven comenzó el camino del cristianismo, en el seminario menor de Jesús María y luego en el seminario mayor de Córdoba. Ahí comienza a militar fuertemente en el movimiento de seminaristas tercermundistas y al tiempo viene la ruptura con la Iglesia, que en ese momento estaba representada en Córdoba por Primatesta. Él y otros compañeros comienzan la militancia cristina en los barrios hasta que se radica en la zona sur de Córdoba Capital, en barrio Oña. Comienza la militancia en la Juventus peronista, funda la primera unidad básica de la juventud y es uno de los dirigentes que lleva adelante el Luche y Vuelve”, narra Martín a PUNTAL para que sepamos quién fue Miguel Ángel, el “Chicato” Moze.
“Trabajando en esa militancia barrial conoce a mi madre, se ponen de novios y al cabo de dos años fui fruto de ese amor. Cuando yo nací, para mis padres no era fácil su accionar político, entonces hicieron un pacto. Un pacto de amor que fue protegerme a mí y consistía en no ponerme el apellido paterno. Y, de alguna forma, cuidarme. Mi papá ya era muy perseguido”. Ese pacto duraría 36 años, hasta que Martín pudo recuperar el pedazo de identidad que le faltaba.
Secuestro, muerte y mentira
“A mi papá lo secuestran en la vía pública entregando unos informes en Colón y General Paz de la ciudad de Córdoba, ya era un perseguido político. En ese momento lo reconoce Jorge Pérez Gaudio, él se acerca a los abogados que en ese momento luchaban por los presos para ayudarlo”, cuenta Martín. Y, curiosamente, quien lo ayuda fue luego uno de sus compañeros de cautiverio. “Miguel Vaca Narvaja entrega un hábeas corpus para que de alguna forma se sepa dónde estaba mi padre y que había sido secuestrado y que muchos testigos lo habían visto. Y lo tiene que, de alguna forma, blanquear y ahí es donde de la D2 es pasado a la UP1. Y el abogado Vaca Narvaja cuando sale de Tribunales es secuestrado, llevado preso y torturado primero en la D2 y luego en la UP1, junto con mi papá”.
Luego del golpe de Estado del ‘76, el panorama empeoró para los presos políticos y Moze no logró salvarse como pudo hacerlo Gustavo Tissera. “El 17 de mayo sacan a mi padre de la UP1 y lo asesinan en la calle Neuquén al 700. Mi madre se entera por los periódicos de que supuestamente había sido un intento de fuga”. Pero fue uno de los tantos fusilamientos que hoy, después de más de tres décadas están siendo juzgados.
“Creo que es mi papá”
“Un día, en una muestra en el Cispren, vi una foto de mi padre con Cámpora y Salvador Allende. Y el fotógrafo se acercó y me preguntó, dándose cuenta por el parecido físico, quién es esta persona. Y yo dije: Creo que es mi papá. No había visto fotos de él, mi mamá había hecho desaparecer todo. Ahí llego yo a Abuelas de Plaza de Mayo y a reconstruir mi identidad”. Así recuerda Martín el día que supo quién era su padre y por qué faltaba. “Notaba que cada vez que preguntaba por mi papá, mi mamá se ponía triste. Entonces tampoco yo preguntaba”.
El dolor de saberse en un exilio interno llevó a la madre de Martín a no contarle quién había sido su padre. Incluso ya en democracia, el miedo les impedía conectarse con su historia y romper el pacto que durante tantos años había mantenido a Martín a salvo. “A ese pacto de cuidados lo rompí yo con mi búsqueda. Buscando fotos, sobrevivientes, amigos de mi papá. Así recorrí el país y parte de Europa, buscando exiliados… así fui rearmando mi historia. Y son las mismas personas que me sirvieron de testigos para el juicio por mi identidad. Yo no fui un niño apropiado, pero fruto del terrorismo de Estado no tuve acceso a la verdad”.
El 19 de febrero de 2009 Martín recuperó su identidad y hoy, a más de un año de ese momento histórico en su vida, vive otros días históricos para la memoria colectiva. “Pasamos 34 años esperando esto, entonces que llegue este día es muy importante. Mueve muchas cosas adentro: te hace ver el camino recorrido, los aciertos y desaciertos en la búsqueda personal. Y te hace reconstruir colectivamente nuestra historia. El comienzo del juicio es como un paso de gigantes, creo que todavía no lo puedo dimensionar. Es algo reparador”, reflexiona mientras evoca a su padre.


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