Rasgos de intolerancia y discriminación contra el crecimiento cultural

La conducta retrógrada de un par de “patovicas” de un boliche, ocurrida el mes pasado y denunciada en estos días por sus víctimas, debe ser abordada como corresponde: se trata de un hecho de violencia por parte de la discoteca ahora puesta bajo la lupa.
Según contó el joven Daniel Peppino, él y su pareja (Cristian) fueron echados del boliche, a los empellones, por la simple razón de que se dieron un beso: los discriminaron por homosexuales, denunciaron.

Los últimos años han sido especialmente fructíferos para que sectores minoritarios de la sociedad se sintieran escuchados e incluidos.

Primero la visibilización de sus problemáticas, y luego la legislación de aspectos relacionados con su vida cotidiana, significaron un claro paso adelante en el otorgamiento de derechos.

Uno de esos progresos significó, sin dudas, la sanción de la ley que habilitó el llamado “matrimonio igualitario”, para que personas de un mismo sexo pudieran acceder a los mismos derechos que las personas de distinto sexo que se unen en pareja.

Esa medida fue el fruto de la pelea de organizaciones intermedias que focalizaron en esa problemática su razón de ser; de la visión amplia y diversa del gobierno nacional que le dio impulso a la propuesta, y de integrantes de otras fuerzas políticas que comprendieron los tiempos y los significados y sumaron su voto de manera transversal para que esa ley, que era el sueño de muchos, pudiera hacerse realidad.

El debate en la Cámara de Diputados fue, además, enriquecedor, porque tuvo un notable impacto en la opinión pública y permitió divulgar la necesidad de acrecentar el respeto y de cambiar -en cuestiones profundas o en aspectos de cada día- las miradas intolerantes por la comprensión de lo que son los derechos de las personas.

Parece mentira que después de semejante discusión pública, luego de tamaña divulgación, después de ese crecimiento cultural, en una capital de provincia como Santa Rosa se sigan padeciendo episodios como el que les tocó sufrir a estos jóvenes.

Son pareja desde hace más de dos años, y lo único que hicieron fue besarse en la discoteca “V8”. A raíz de ese sencillo gesto de amor fueron maltratados y expulsados del lugar como si hubieran cometido desmanes.

La mayoría de la sociedad, en sus distintos ámbitos de funcionamiento, parece ser consciente de los derechos que asisten a las personas -lo cual incluye el hecho de no discriminar a quien tenga una elección sexual diferente- pero sin embargo cada tanto se producen cíclicamente algunos episodios que ponen en evidencia la necesidad de que los organismos encargados del control de este tipo de cosas luzcan atentos y activos.

Por otra parte, los empresarios y comerciantes tienen una responsabilidad social: eso implica que no es excusa el hecho de que “hay gente que todavía no se acostumbra”; sino que deden hacer lo posible para que se “acostumbren” (o comprendan, en realidad).

Es preciso que las discotecas -como lugar público que son, dedicadas al cumplimiento de servicios- cuenten con personal capacitado también en estos aspectos: gente que no sólo conozca la legislación vigente, sino que también tenga un grado suficiente de educación y de humanidad para comprender que no tiene nada de malo que dos personas -sean del sexo que sean, del color que sean, de la religión que sean- se prodiguen un mutuo gesto de amor.

Comentá la nota