Por Mariano GrondonaLo que llamamos "Occidente" es un edificio de tres plantas: el judaísmo, en cuyo seno Dios se hizo Dios -un Dios único y supremo, divisa del monoteísmo contra el politeísmo-; el cristianismo, en cuyo seno Dios se hizo hombre a través de Cristo, y la cultura griega, en cuyo seno el hombre se hizo hombre a partir de ese momento crucial que cuenta Homero en la Odisea, cuando Ulises rechazó la tentación de Circe, una diosa que, por haberse enamorado de él, le ofreció beber el néctar que lo convertiría en inmortal.
Pero Ulises rechazó la oferta de Circe diciéndolo que él asumía su condición humana, su destino mortal. Cada vez que hablaba de los hombres, por eso, Homero los llamaba "mortales". El Antiguo Testamento donde Dios se hizo Dios, el Nuevo Testamento donde Dios se hizo hombre y los poemas de Homero que cimentaron la cosmovisión griega, se convirtieron de este modo en los tres pilares de la civilización occidental.
Cuando los bárbaros del Este invadieron el Imperio Romano, en el cual había culminado la cultura grecorromana, al fundirse con él dieron nacimiento a Europa. Según la mitología, a las orillas del Mediterráneo vivía una bellísima doncella fenicia llamada Europa de la cual se enamoró Zeus, el principal dios de los griegos. Para seducirla, Zeus tomó la forma de un toro alado y descendió a la playa donde se bañaba Europa. Fascinada por el espléndido animal, Europa montó sobre él y Zeus se la llevó volando consigo, coronándola como reina en la isla de Creta. Fenicia estaba en el continente asiático y Creta, ya, en el continente europeo. A esta historia legendaria se la ha llamado desde entonces el rapto de Europa, un episodio que simbolizaba el paso de la civilización humana de Asia, adonde había nacido, a Europa, que reinaría en el mundo por milenios.
Después de incontables peripecias, Europa se partió en dos a través de esas "guerras civiles" que fueron la Primera Guerra Mundial de 1914 y la Segunda Guerra Mundial de 1939, perdiendo en consecuencia el eje de la historia universal a manos de los Estados Unidos del mismo modo en que los espartanos y los atenienses se debilitaron decisivamente a través de la Guerra del Peloponeso, por culpa de la cual el eje de la historia se trasladó a Roma. Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, empero, las naciones europeas se reagruparon en la Unión Europea, a la que hoy integran veintisiete naciones.
¿No es significativo que sea la propia Grecia, de la cual nació Europa hace dos mil quinientos años, la nación que ahora la ha puesto en crisis, sin que el resto de los europeos sepa hacia dónde rumbear? Una vez, el famoso escritor mexicano Carlos Fuentes nos dijo que, mientras los mexicanos vienen de los aztecas, los argentinos venimos de los barcos. Esos barcos, que trajeron a nuestros abuelos a la Argentina, eran europeos: españoles, italianos, franceses, alemanes, ingleses.Por eso hoy, cuando la Unión Europea y el euro entran en crisis, los argentinos que hemos sido por décadas eurocéntricos, sentimos que nuestras raíces empiezan a temblar. Así como hubo un primer "rapto de Europa", cuando Zeus se la llevó de joven a Creta ¿estamos asistiendo por lo visto a un segundo rapto de Europa, a un vuelo ya no exultante sino declinante, en el mismo momento en que otras naciones que durante el apogeo europeo ni siquiera se hacían notar, amenazan devolverla ahora a la playa de donde partió hace veinticinco siglos?
¿Pero cuáles son estas naciones transgresoras del esplendor europeo? Se las designa en general con el nombre de naciones emergentes porque están saliendo revolucionariamente del subdesarrollo al cual parecían condenadas. Otras veces se las denomina más concretamente con la sigla BRICS, un conjunto de iniciales que aluden a Brasil, Rusia, la India, China y, eventualmente, Sudáfrica.
Los argentinos ya no nos alineamos con los declinantes europeos, a quienes algunos detractores aluden con las siglas en inglés PIGS, en referencia despectiva a los cuatro países europeos a los que peor les va: Portugal, Irlanda, Grecia y España (Spain). Pero tampoco nos incluyen entre los ascendentes BRICS. ¿Qué somos entonces? ¿Cuál es nuestra identidad? Si cortáramos los vínculos con la vieja Europa de donde venimos, ¿repudiaríamos asimismo nuestra propia cuna? Si, en virtud de la nostalgia, siguiéramos viendo a América Latina como un deslucido exilio, ¿renunciaríamos en tal caso al futuro, ya que nuestra propia sociedad se ha vuelto mixta, poblada como está no sólo por europeos y porteños sino también por nuestro propio interior, por uruguayos, paraguayos, bolivianos y peruanos? La Argentina de hoy es un frondoso árbol que vacila porque sus raíces y sus frutos no se han puesto, todavía, de acuerdo..
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