La fiebre financiera y el crack de las deudas soberanas, clave de la convulsión de hoy.
Dicen los doctos que hay que remontarse a 1971, cuando el presidente Ricard Nixon anunció el fin de la relación oro–dólar, para ponerle un comienzo a esta historia. Era una época difícil de “stagflation”, estancamiento con inflación. Entonces la industria manufacturera norteamericana era dos veces más grande que el sector financiero.
Hoy las finanzas representan el 21% del PBI, mientras que las industrias manufactureras se han contraído al 12%, en bajada continua.
La liberación del dólar del vínculo con el oro abrió una larga era de desregulaciones de las normas, mientras los inversores norteamericanos abandonaban a las industrias que rendían pocos beneficios y se agolpaban en el mágico reino de las finanzas. La piedra libre a los sectores financieros se acentuó en los ‘90 y llegó al máximo en la era de George W.Bush. Las crisis causadas por las “burbujas” financieras fueron varias y el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York en 2001 aumentaron la fuga hacia adelante. La distribución del rédito se hizo mucho más injusta, afectando los consumos. Para dar salida a la producción se aumentaron las compras a crédito y el bien por excelencia de moda fue la casa, que daba una garantía real sobre las deudas.
La economía de papel creó una euforia especial con efectos enormes sobre la economía real y la consecuencia inevitable de inflar nuevas burbujas especulativas, esta vez con títulos “subprime” intoxicados de combinaciones fraudulentas de los bancos, con altísimo riesgo.
Al final, las burbujas estallaron todas . Estados Unidos ha terminado por acumular una deuda equivalente a su gigantesco PBI: casi 15 billones de dólares.
Cuando llegó el incendio total en 2008, en EEUU, Europa y Japón (que ya había acumulado en una década una deuda pública de más del 200% de su enorme PBI) la prioridad era apagar las llamas y salvar la casa. Pero el agua (la deuda) inundó todo.
Era inevitable esta segunda fase de la crisis, centrada en las inmensas deudas públicas. En Europa, Alemania es el único país con la economía en “boom”. La crisis es muy difícil en la Eurozona de 17 países. El fantasma del default ya tiene en terapia intensiva a Grecia, Portugal e Irlanda, tres bellas naciones fundidas, que la ayuda europea mantiene más acá de la bancarrota. Pero se van agregando Italia, con su 120% de deuda pública; y España, con una crisis económica mayúscula. Si ambos caen, adiós a los sueños. Como dijo un economista italiano, “son demasiado grandes para salvarlos”. Y para salvar al euro.
Francia y Bélgica también comienzan a sentir el calor del nuevo incendio. La Unión Europea impone a los socios rígidos planes de austeridad para bajar los déficits de presupuesto y el volumen de las deudas soberanas, con notables efectos purgantes deflacionistas que dejan con la lengua afuera los proyectos de desarrollo. Y sin crecimiento es más dificil pagar las deudas, calmar las crecientes broncas sociales, darle al euro un futuro estable y no un presente pleno de nubarrones. Por eso el dilema tiene una raíz política y solo una solución que cambie el modelo de desarrollo de las sociedades europeas y dé prioridad a un proceso de unificación política salvará a Europa de la peor decadencia hacia la que se encamina.

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