Quiénes suenan detrás de las cacerolas

Por Jorge Fernández Díaz

El ruido de las cacerolas me producía rabia e insomnio.

Un banco se había quedado con mis ahorros, pero esa impotencia no alcanzaba para disipar mi bronca: no podía creer que nuestra veleidosa clase media saliera a la calle parar reclamar por el bolsillo cuando tantas veces había callado frente a la corrupción, los atropellos, la pobreza y tantas otras cosas graves que venían sucediendo desde hacía más diez años en la Argentina. Yo también releía en 2001 la vieja y ajada edición de El medio pelo de Arturo Jauretche, que había editado Peña Lillo. Hoy me avergüenza un poco haber incomprendido aquella protesta social contra el corralito. Los cacerolazos de estos días, cuando no caen en fascismos (como las agresiones perpetradas contra periodistas del canal oficial), son expresiones legítimas: los ciudadanos tienen derecho a patalear si el Estado les impide repentinamente buscar refugio frente a la galopante inflación que el mismo Estado generó. Me habría gustado, sin embargo, que estos mismos cacerolistas hubieran salido mucho antes a la calle para repudiar la manipulación de la justicia, la corrupción, la pobreza en un país que creció a tasas chinas, el avasallamiento de las instituciones y tantas otras cosas graves que vienen sucediendo desde hace nueve años en la Argentina. Los intelectuales del kirchnerismo, que ahora sienten repugnancia frente a las cacerolas, también guardaron silencio sobre estos pecados mortales de la política.

La reacción de muchos de esos pensadores mediáticos del Gobierno careció de sutilezas e incluso frecuentó el malentendido en estos días. Buscó demonizar a la clase media, como si el asunto del dólar fuera una mera tilinguería, y el cepo cambiario dañara a una porción muy chica de la comunidad: sólo a la más pudiente. Es obvio que la propia Cristina Kirchner no los acompañó en esa caracterización. La magnitud del problema quedó oficializada esta semana cuando la mismísima Presidenta ordenó a los ministros que pesificaran, a su imagen y semejanza, sus ahorros en dólares. Nadie hace eso por un capricho de minorías.

El cepo generó enorme desconfianza en la economía, paralizó la compraventa de casas y departamentos, puso nerviosos a miles de empleados inmobiliarios y, lo más importante, frenó en seco muchísimos proyectos de edificación y urbanización en la Capital y el Gran Buenos Aires, donde es tradición que esa actividad se encuentre dolarizada. Al no haber financiamiento, los constructores no construyen. En pocos meses, miles y miles de albañiles podrían no tener trabajo. Y a esto, por supuesto, habría que agregar el efecto de la desaceleración: en muchas provincias apenas pueden pagar los sueldos estatales y los medios aguinaldos; las obras públicas dejaron de ser prioridad. Las cajas están exhaustas y no pueden ser usadas en los momentos en que más se las necesita. No se puede hacer keynesianismo después de un despilfarro. El asunto trae malos presagios: más albañiles sin empleo.

Es también la clase media la que impulsa el consumo, pilar fundamental del modelo. Cuando los pequeños burgueses advierten que no vendrán buenos tiempos, se retraen en sus compras. Amarrocan lo que pueden. Los miembros de las clases menos privilegiadas viven de los grandes y medianos consumidores. Y son blanco directo de la inflación, que no se ha detenido a pesar del enfriamiento económico. El consumo ya cayó un 2,4% en la canasta básica. Se entiende muy bien la preocupación que existe en el gabinete nacional por la situación de las villas de emergencia: allí el 90% es gente honrada y la mayoría de los hombres trabaja en el gremio de la construcción. Son los proletarios, los marginados, los descamisados quienes más sufren esta coyuntura. Aunque las cacerolas, ni siquiera tan populosas, suenen en la lejanía.

Desempolvar a Jauretche para burlarse de esa clase social puede llevar a un equívoco que aún rebota en nuestra memoria: el "impuestazo" de la Alianza. "No vamos a tocar a los que menos tienen", fue la consigna. Tocaron entonces a los que podían ahorrar y consumir. El resultado no tardó en sentirse, y con rigor. Los afectados dejaron de comprar, los comercios suspendieron a empleados, las fábricas bajaron la producción y echaron a los operarios, y la espiral de la recesión fue acentuándose. La teoría del derrame es imperfecta en las ganancias, pero es inexorable y letal en las pérdidas.

Hay en todas esas elucubraciones ilustradas un sesgo paradójicamente pequeño burgués. Una mirada distorsionada y prejuiciosa sobre la propia clase media y también sobre los segmentos más humildes. Eso se ve dramáticamente en el caso de la inseguridad, principal preocupación de la sociedad argentina. El orden, escriben algunos intelectuales progresistas, es una preocupación de la derecha. Por lo tanto, un gobierno progresista puede desatender ese flanco. Ningún sector es más duramente golpeado por la delincuencia que la clase trabajadora, y los gobiernos marxistas han sido implacables en su búsqueda de una sociedad segura.

Consumo, construcción, empleo, seguridad. Esas palabras no son de izquierda ni de derecha. Son palabras dictadas por la realidad más pura. Salvo en la política de seguridad, donde fracasó estrepitosamente, el kirchnerismo fue exitoso por ser realista y por no ignorar esos vocablos. Tengo fe en que esta vez no será la excepción. De lo contrario, pronto diremos, tristemente: "Qué bien estábamos cuando creíamos que estábamos mal"..

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