"Quienes no quieren el Museo de la Memoria no son enemigos"

El Museo de la Memoria nunca pasó desapercibido. Siempre contó con apoyos y críticas. Y ese escenario lejos de diluirse se reedita por estos días cuando está por mudarse al edificio de la esquina de Córdoba y Moreno, el lugar donde funcionó el Comando de II Cuerpo de Ejército durante la última dictadura militar y donde al mando de los generales Ramón Genaro Díaz Bessone y Leopoldo Fortunato Galtieri se pergeñaron la desaparición, tortura y muerte de cientos de personas.
Para su director, Rubén Chababo, la controversia que pone en debate este espacio histórico no debe nutrirse de la lógica amigo-enemigo. "Quienes no quieren el museo no son enemigos. Tampoco lo eran quienes tomaban hasta esta semana un café en el bar Rock & Feller’s, son habitantes de esta ciudad que piensan de otro modo. Es nuestro deber hacerles saber que esta historia también les pertenece, les es propia, más allá de que no sean conscientes de eso", dice.

Chababo adelanta cuáles son los espacios con los que contará el museo que tiene el pivilegio de formar parte de la Coalición General de Sitios de Conciencia y que se erigirá en un edificio que es patrimonio histórico de la ciudad (ver aparte). El inmueble, pasó el lunes, después de más de diez años, a manos del municipio con la entrega de la llave. Para el próximo 23 de marzo (previo al Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia) se prevé el primer acto en el flamante edificio que, a la vez, se espera funcione a pleno el 10 de diciembre, tras una inversión aproximada de un millón de pesos.

—¿El proyecto de lo que será el museo está cerrado o aún está en discusión?

—Ya está diseñado. Trabajamos mucho en él y contamos con el apoyo de la comisión que integran distintos representantes de organismos de derechos humanos y del Concejo. Habrá espacios que conformarán la muestra permanente organizada en torno a distintos núcleos temáticos enriquecidos plásticamente por artistas locales como Daniel García, Graciela Sacco, Norberto Puzzolo y Dante Taparelli. Se hará referencia a las Madres, la apropiación de niños, a los testimonios de los sobrevivientes y a los centros clandestinos de detención. También será un lugar donde se recuerden las violaciones a los derechos humanos en América latina y tendrá un centro documental de consulta permanente y una biblioteca especializada en derechos humanos y terrorismo de Estado con más de 3 mil volúmenes. Contará con un área pedagógica para las escuelas que nos sigan visitando ya que por el museo en ocho años han pasado más de 45 mil alumnos y esperamos seguir trabajando así. Se ubicará un auditorio de 70 localidades para la presentación de libros y proyección de películas. Y espacios para muestras temporales que refieren a la última dictadura en Argentina o a otros lugares donde la dignidad humana haya sido vulnerada, como Honduras, Guatemala, Argelia, la ex Unión Soviética, Camboya, Timor Oriental, Sarajevo o Santiago de Chile.

—Esta visión universal ha sido motivo de crítica por parte de algunos organismos de derechos humanos y hasta se lo criticó a usted por adherir a la teoría de los dos demonios (ver aparte).

—Podemos polemizar y discutir los años setenta, es saludable hacerlo, pero no es justo ni honesto que cualquier invitación a leer críticamente el pasado se transforme en la acusación de que uno está reivindicando lo irreivindicable, es decir, el uso de la capacidad de exterminio por parte del Estado. Quienes hablan de la teoría de los dos demonios reproducen un pensamiento binario que contribuye a empobrecer la visión del pasado. Según esta explicación, la sociedad argentina fue agredida por dos engendros extraños, crueles e inhumanos. La verdad es otra y más cruel aún. No hubo demonios, a la historia la hacen y escriben sólo los seres humanos. Y lo que hubo en los años 70 fueron hombres y mujeres perseguidos y exterminados por un Estado que desplegó sobre ellos la forma cruel y vergonzosa de la violencia. Esa estrategia, la de deslegitimar miradas y visiones diferentes es propia del pensamiento dogmático, aquel que no entiende que el pasado es un territorio inquietante, lleno de enigmas. Hay que atreverse a preguntarle al pasado y estar dispuesto a que él nos devuelva respuestas, versiones de nosotros mismos que no siempre son las que esperábamos escuchar.

—¿Con quién cuesta más debatir un tema tan atroz como el de los derechos humanos vulnerados por un Estado? ¿Con un niño, con alguien que lo niega o con quien pregunta «¿dónde están los defensores de los derechos humanos?» cuando ocurre un asesinato o un robo entre ciudadanos?

—Cada uno de estos sujetos es complejo en sí mismo. Incluso para quienes trabajamos la temática, el tema es complejo. Estamos hablando de situaciones límites: la tortura, desaparición forzada de personas, la perdida de un ser querido entran dentro de las experiencias innenarrables donde el lenguaje no alcanza. Pero hay que tener en claro que los que no quieren un Museo de la Memoria no son mis enemigos, la lógica amigo-enemigo retrasa cualquier empeño de construcción democrática. La dictadura ocurrió en esta sociedad y es tan nuestra como acontecimiento trágico como es nuestra vergüenza de La Forestal, los bombardeos sobre plaza de Mayo o el dolor de cada niño que muere de hambre, por más que no conozcamos su nombre ni su rostro.

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