Para Fernando Azcoaga, titular del Instituto Latinoamericano de Seguridad y Democracia, esto se debe a que la organización policial está de espaldas a la comunidad. También afirmó y explicó que los gobiernos locales deberían tener algún tipo de control sobre la fuerza
- Según su experiencia al frente del Instituto de Seguridad y Democracia, ¿cómo define la relación entre la policía y el poder político local?
- El papel que pueden desempeñar los municipios en la coordinación y control tanto de la policía como de las agencias de seguridad, hoy es nulo, y depende de alguna actitud personal que tengan los intendentes.
Estamos ante una crisis del paradigma de seguridad, sobre todo en la idea que el gobierno local no tenga responsabilidad directa sobre la seguridad cuando en realidad no hay ninguna política de seguridad a nivel local que se pueda gestionar al margen de quien es el gobierno político democrático de esa ciudad.
En primer lugar, se debe establecer la responsabilidad de cada gobierno con su comunidad y además darle poder de decisión al municipio. No tiene sentido pretender que un gobierno local se responsabilice de la acción de la policía sino tiene autoridad sobre los operadores de seguridad.
- ¿Los municipios estarían limitados en materia de seguridad al depender la fuerza de un organismo superior, como el caso de la Policía Bonaerense?
- El problema radica en que el policía que está aquí, aún con su mejor voluntad, sabe que el éxito de su carrera, la valoración de su desempeño no depende de los ciudadanos ni del gobierno local, depende de una persona que está sentada a cientos de kilómetros, en La Plata, que no necesariamente tiene que saber lo que está haciendo, ni cómo lo hace, ni cómo evoluciona la situación. Esto es una primera señal que el sistema no está cerrando.
En caso que el jefe de policía local supiera que el éxito de su carrera depende de la opinión del gobierno de la ciudad y de los ciudadanos a los que presta sus servicios seguramente, al margen de cualquier otro cambio, produciría un cambio de actitud mucho mayor.
Prácticamente a la policía no le preocupa la comunidad en la que está y no le preocupa la relación con el ciudadano, más en tiempo donde se le devolvió a la Policía el control sobre si mismo.
- ¿La policía comunal sería una solución a este desinterés de los oficiales por la comunidad en la que se desempeñan?
- No creo que esto se puede resolver necesariamente creando policías locales, hay otros mecanismos como la descentralización o la desconcentración de funciones. Estas alternativas están probadas en diferentes países. Por ejemplo en Francia o Inglaterra hay una sola policía, pero la facultad de control sobre su desempeño en una ciudad depende del gobierno local y el jefe policial está obligado a reportar y a discutir sus planes, y hacer evaluado por las autoridades del gobierno local.
No se puede concebir que la Provincia tome una fuerza de 52 mil hombres que únicamente responden a un solo jefe que está lejos del territorio y de las necesidades de la población y que no tiene otros mecanismos de control que los que la propia policial se da.
- ¿Cuáles son las características de la policía actual?
- La policía actual recibe muchas críticas y eso sucede porque está inspirada en esquemas organizativos que están absolutamente descontextualizados, que no tienen flexibilidad para responder a la demanda. Además no se concibe a sí mismo como un servicio público.
Los ciudadanos también le tienen mucha desconfianza. Hoy se evidencia un quiebre en el vínculo de confianza entre los ciudadanos y el prestador del servicio y hay que trabajar sobre esa cuestión porque de otra manera la policía se convierte en parte del problema de la inseguridad antes de ser un agente de solución.
- ¿A qué atribuye ese quiebre en el vínculo?
- Hay un conjunto de causas. Pero sin duda una de las principales es que la policía está de espaladas a la comunidad. Y eso se debe al modo de organización de la policía que sigue siendo muy militarizado, que sigue pretendiendo controlar a la sociedad antes que tener un concepto de servicio público a la sociedad. En ese clima de opacidad y desconfianza también opera el problema de la corrupción policial, de la cantidad de veces que la policía está vinculado a muchos delitos que los mismos vecinos padecen, la liberación de zonas. Al no funcionar ningún mecanismo de control toda la policía cae bajo sospecha porque no hay manera de corroborar quien hace las cosas bien y quien mal.
- Durante mucho tiempo se habló de la “maldita policía”, ¿existen rastros de está en la fuerza actual?
- He trabajado mucho con la policía bonaerense y diría que las bases sistemáticas de la “maldita policía” no existen más, porque aún con todos los retrocesos que hubo, esa policía que estaba ausente de todo control, mafiosa, volcada más a la administración del delito que al control ya no existe, por lo menos bajo esa forma. Si existe una cantidad de malos policías que tienen mucho peso. Pero también hay que resaltar la existencia de buenos policías que tienen vocación profesional, que están bien formados, con capacidad técnica y que ansían pertenecer a una organización que sea más abierta, más permeable, donde los mecanismos de evaluación del mérito y del desempeño sean mirados desde afuera, tanto por la ciudadanía como por funcionarios civiles que los conduzcan.
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