Quebrados

En la quinta visita de Cristina Fernández como presidenta, Gioja y ella misma se emocionaron al evocar a Néstor Kirchner. Diego Castillo - Fotos: Federico Levato, Marcos Urisa, Marcos Carrizo, Daniel Arias y Hugo Elizondo
Cuando todos los ojos estaban puestos sobre la presidenta y la reacción que tendría, la voz del gobernador empezó a tornarse áspera, a trazar curvas y contracurvas, para terminar estrellándose en un cambio repentino de tono y de rumbo. Gioja, que estaba leyendo al micrófono su evocación sobre Néstor Kirchner (para lo que le había pedido "permiso" a Cristina antes de empezar), terminó atrapado en la emotividad de sus propias palabras y fue el primero en quebrarse con el recuerdo del patagónico fallecido hace poco más de un mes. Minutos después, y tras haber aguantado con la emoción atragantada, la propia Cristina Fernández no pudo contener tampoco su propio quiebre al referir cómo su marido había sido "atacado" y "agraviado" durante su gestión al frente del país. La quinta visita de Cristina Fernández a San Juan en calidad de presidenta de la Nación, para inaugurar la escuela Presidente Néstor Kirchner en Albardón, ayer estuvo totalmente marcada por el calor: el de los recuerdos al ausente, el del cariño militante, y el de una jornada agobiante al rayo del sol.

En el entorno de Gioja habían revelado más temprano que la propia Cristina le había pedido que no la hiciera emocionar. La presidenta no quería que sucediera lo mismo que en una de sus primeras presentaciones públicas después de la muerte de Néstor, en un acto en el porteño Luna Park, cuando el dolor reciente e inevitable la quebró por completo a mitad de discurso.

Pero, por el otro lado, el gobernador no quería dejarse guardado el homenaje personal que le había preparado a su referente, aliado y amigo, con Cristina como destinataria. Empezó leyendo de forma queda, casi tímida, cuidando cada palabra para no terminar ahogado en ellas. Luego empezó a aferrar más el tono, y a cada oración volteaba la cabeza para mirar a los ojos a la presidenta y decirle, en esa intimidad multipresenciada, lo mucho que admiró y admira a su compañero Néstor.

Ya cuando se le hacía inexorable su propia trampa emotiva, Gioja decidió torcer el timón del discurso. Abandonó la lectura y repasó el plan de obras públicas logradas durante los siete años de gestión K. Se refirió al Hospital Rawson, al Centro Cívico, a la Avenida de Circunvalación, a las viviendas, a las escuelas, mientras Cristina asentía y aplaudía. Pero fue una puerta de entrada hacia el mismo lugar: ese reconocimiento llevó a Gioja a retomar las palabras sobre Kirchner, y fue entonces cuando su propia voz acusó la invasión del sentimiento. Tomó agua y siguió, pero esa voz ya era otra. Gioja ya estaba quebrado.

Mientras él hablaba, el rostro de Cristina era la traducción exacta del termómetro emocional. La presidenta, ataviada en su luto sobrio y elegante, acompañaba el compás discursivo con sonrisas, con algún saludo con la mano, con breves movimientos de cabeza. A las primeras alusiones a Kirchner, respondía con una mirada profunda: los dientes apretados, también los puños, en un evidente esfuerzo para no llorar. Y cuando el sanjuanino construía sus elogios más profundos hacia el santacruceño, y al mismo tiempo desde el público se elevaba un tornado de ovaciones y cánticos por la memoria K para terminar estallando a los pies mismos del escenario, Cristina tomaba su abanico (negro también) y lo agitaba, para respirar hondo y exhalar por la boca, contenida, haciendo lo imposible para que las lágrimas quedaran adentro.

El marco era abrumador: miles de personas en la escuela albardonera (la número 1.000 construida desde el 2003 en el país) aplaudiendo de pie, estoica en el calor apretado, alentando al unísono, cruzando bocinazos y desgarros de vuvuzelas, con toda la mesa oficial del acto también irguiéndose ante esa tromba militante, y con un canto, como un nubarrón espeso en el cielo claro de Campo Afuera, que repetía a grito pelado "Pongan huevo, pongan huevo, esto es para Néstor que nos mira desde el cielo".

Esa conjunción, la del agradecimiento a quien se marchó y el aliento a quien sigue, fue también una constante durante la visita presidencial de ayer. Desde tres horas antes de que aterrizara el helicóptero en el baldío lindante a la escuela, las calles aledañas estaban empapeladas con los reconocidos afiches de "Por siempre Néstor, fuerza Cristina". La misma tónica llevaban las banderas, pancartas y remeras del Movimiento Octubres y los Jóvenes Peronistas de Santa Lucía, todas negras con el logo apenas trazado en blanco.

Por eso casi no había manera de apaciguar la emoción de la presidenta. Tras el abrazo a Gioja, y parada frente al atril, empezó a hablar de Kirchner, de su obra y de cómo hacía todo "a pura voluntad". Pero fue cuando dijo que eso le había valido ser tan "atacado" que no pudo más. Y su voz, rasgada ya al todo por el dolor del marido y compañero ausente, terminó deshilachando las palabras, con las que invitaba a los sanjuaninos a "trabajar como hacía él, trabajar todo el día, sin descanso, y sin pensar en su salud".

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