La fría crónica podrá decir que una vez más la policía tuvo un enfrentamiento con un grupo integrado por cuatro mayores de edad y dos menores, que hubo detenidos, que alguno tenía antecedentes, etc. Sin embargo, si alguien cree que con eso ya explicó lo que nos está pasando, se equivoca.
Noticias & Protagonistas: Pudo haber sido una tragedia, ¿verdad?
Miguel Acosta: La verdad es que no ocurrió una desgracia de milagro. El personal paró el coche, se tiró al suelo, contestó la agresión, se generó un enfrentamiento corto pero nutrido, hasta que cayeron otros móviles del GAP para colaborar. Entonces esta gente huye, ingresa en una casa abandonada que les sirve de aguantadero y sigue tirando. La policía logró entrar y capturar a tres de ellos, incluyendo los menores. El chico tenía antecedentes y estaba libre desde hacía dos meses en carácter de condicional.
N&P: ¿Los grupos se pelean por la supremacía en el mismo territorio?
MA: Exacto. Eso lo detectamos con posterioridad, al hacer un análisis más exhaustivo y pensando por qué estaban armados: o salían a robar, o esperaban enfrentarse con otra banda. En la periferia de Mar del Plata hay un tejido social bastante contaminado con ese recurso de resolver las cosas por vía de hecho. Las cuestiones entre personas comunes se solucionan hablando, o con una denuncia o con una mediación; ellos lo hacen confrontando a golpes o a los tiros. Son códigos que a la gente común no le entran en la cabeza, por más problemas de territorialidad que haya. Nosotros nos sumergimos todos los días en el mundo del hampa, tratando de entenderlo para actuar eficazmente.
N&P: ¿Es cierto que el más violento era el menor?
MA: Sí, es cierto. Lo atrapamos, fue alojado en Batán, se lastimó una mano para que lo enviaran al hospital, y terminó escapando. Es un menor con problemas muy serios, con asaltos a propiedades, a personas, en fin.
N&P: ¿Cómo encuadró la fiscalía el tema? Porque cuando va personal policial y son atacados al punto de recibir ocho impactos en el móvil, es evidente que querían matarlos.
MA: Es verdad. En nuestra jurisdicción hay mucho enfrentamiento, secuestro de armas, en una zona con mucha violencia, hechos de sangre y conflictos permanentes. Trasciende el problema policial porque es una periferia empobrecida, con muchas carencias, con familias que parecen pymes delincuentes: abuelo, padre e hijo, y todo se recicla en un círculo perverso. Se manejan con códigos y lenguaje tumberil; a la comisaría llegan chicos en edad escolar, y cuando uno los oye hablar, parecen salidos del calabozo. El lenguaje es reo, de la tumba, de la cárcel, y eso ya de por sí es una educación basada en la violencia.
N&P: El comentario general es que “salir a la calle da miedo”, al menos en ciertos lugares aunque sea a plena luz del día. Se vulgarizó la cultura carcelaria y se expresa en la vestimenta, los tatuajes, etc.
MA: Es así. La policía viste un uniforme que le marca un rol en la sociedad y, sin estigmatizar, la verdad es que estos chicos usan ropa y lenguaje, acción y códigos, que son típicos del malvivir. Nosotros, en la zona que nos toca, lo vemos mucho más que en el centro. Por supuesto tenemos que diferenciar el caso de los chicos que lo hacen por moda, porque el mercado lo envolvió de esa forma; pero en ese grupo se enquistan los violentos, los abusadores, los que viven fuera de la ley avasallando al otro.
N&P: Dicho con delicadeza para que no se malinterprete, ¿no habría que intervenir fuertemente sobre estos chicos, para romper con esa cultura que se devora una generación?
MA: Es probable, pero esto viene de viejo; hay dos generaciones que viven con desprecio por la autoridad, con el deterioro de la imagen de la familia, con carencias importantes, con padres y madres abandónicos, criados en un ambiente hostil. Revertirlo va a llevar años. Nosotros atacamos la coyuntura, el resultado del momento, pero es más profundo. La educación, por sobre todo, será la vacuna que mejorará el conjunto. No creo que haya ninguna sociedad, ni siquiera en Europa, que sea 100% segura.
N&P: ¿Cuántos adultos quedaron detenidos en el operativo?
MA: Los cuatro mayores, que no sé si quedarán o no, porque eso ya es un tema judicial sobre el que no podemos opinar. Y el chico que se fugó del hospital, claro.
N&P: ¿Es verdad que los familiares fueron a hacer un escándalo a la comisaría?
MA: Sí, claro, porque manejan un código callejero creyendo que está por sobre las leyes de la sociedad y el derecho. Creen que la amenaza y la violencia física lograrán los objetivos enseguida. Viven el ahora y van por todo. Tienen que aprender que hay cosas que no se manejan así, que hay que someterse a las leyes, a las autoridades, porque por más que nos vapuleen nosotros somos, como dice Verbitsky, males necesarios. Hay gente que nos expresa reconocimiento, otra que nos odia. Es algo ambiguo, pero producto del estado social que vivimos.
N&P: Y de una acumulación ideológica compleja. Está ese resquemor, pero también existe una ostentación garanticida que pone a estos sujetos como víctimas del sistema: a uno lo roban, y resulta que la víctima, en el discurso, es el ladrón. ¿Ustedes tienen personal bajo asistencia psicológica?
MA: Sí, pero es normal. El policía siempre está afectado por estrés laboral, comprensible por el tipo de trabajo. La institución los asiste y después vuelven al ruedo. Pero también tenemos lesionados y de eso no se entera nadie: gente golpeada, con desgarros. Esto no es fácil, pero alguien lo tiene que hacer.
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