Está en proceso para ser patentado, pero ya hay un puente en La Rioja que lo utilizará.
Los “padres de la criatura” son los ingenieros Javier Morandi y Ricardo Uliarte, ambos fueron piezas claves en el desarrollo. A pesar de lo novedoso del sistema, explicaron que aplicaron experiencias de la vida cotidiana para darle forma al también llamado “amortiguador sísmico”. “Cuando cualquier elemento es frenado en seco, se rompe, igual que le sucede a un vaso cuando cae al piso. Bueno, aplicamos básicamente ese concepto a este sistema, en donde un movimiento es absorbido por una pieza mecánica que transforma la energía cinética en energía de calor”, graficó Uliarte.
El proyecto se empezó a gestar en el año 2000 y entre el puñado de ensayos de los que fue objeto, en uno de ellos probaron cómo se comportaría el puente con el dispositivo y sin él. En ambos casos se les aplicó 10 registros sísmicos (concretamente terremotos) de distintas partes del mundo. El resultado, más que positivo: sin el disipador, la viga o el tope sísmico sufrió algún tipo de daño en las 10 pruebas, en cambio con el sistema sanjuanino apenas en uno de ellos la viga tocó los topes, sin que se produzca la ruptura.
Tras esto, el fortísimo sismo que sufrió Chile, en febrero del 2010, aportó más elementos que le dio todavía más fuerza al desarrollo local: “Ahí se ve (muestran fotos) cómo las vigas se desplazaron, se soltaron de los pilotes y los puentes colapsaron”, explicaron.
Bueno y barato
El invento sanjuanino tiene consigo un ingrediente más que lo posiciona con grandes chances de ser exportado: tiene un costo muy bajo; por ejemplo, en el de Alto de Sierra el impacto económico fue de apenas el 0,5% del presupuesto total de la obra. “Es muy importante aclarar que este sistema no reemplaza a ninguno, sino que se complementa. Además puede evitar, en caso de un terremoto, el colapso y si algunos de los dispositivos se rompen, se pueden reemplazar”, dijo el ingeniero Morandi.
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