La estatua de Saddam Hussein cayó en varias etapas. Un vecino lo había intentado con una maza sin mayor éxito. Otro hombre apareció con una escalera alta y logró pasar una gruesa soga por el cuello de hierro del dictador, pero el monumento ni se movió.
Apenas se derrumbó la estructura de metal, un chico de unos 18 o 20 años se sacó una zapatilla y comenzó a pegarle con la suela de goma a la cara del hasta ese momento intocable Saddam. Golpear o simplemente mostrar la suela de los zapatos es una afrenta muy grande en el mundo árabe. El chico había perdido a su padre en las cárceles del régimen y se sacaba una bronca contenida por años.
“Ahora tendremos que empezar la reconstrucción”, me dijo una vez desahogado.
Nosotros, los 200 periodistas de todo el mundo que cubrimos la guerra debajo de las bombas también respirábamos algo más aliviados . El día anterior un cañón estadounidense había matado al español José Couso, a un fotógrafo ucraniano y herido a otros tres colegas. Por la mañana habían muerto dos corresponsales árabes. Pensábamos que había pasado lo peor.
El chico y los periodistas estábamos muy equivocados.
Sobrevino una tragedia mayor . Fueron siete años de una guerra que se llevó la vida de casi medio millón de iraquíes y 4.500 soldados estadounidenses, decenas de miles siguen sufriendo terribles heridas. Las familias están separadas o destruidas. Las mentiras de las armas de destrucción masiva que “justificaron” la ofensiva, quedaron expuestas . La guerra sectaria desató lo peor de shiítas, sunitas y kurdos. Las torturas de la cárcel de Abu Ghraib mostraron lo más infame de los invasores .
George Bush, el hacedor de esta guerra absurda, ya decretó el fin de las hostilidades en mayo del 2003. Nada terminó entonces ni terminará ahora a pesar del dictado de Obama. Para cantar victoria se necesita antes crear un mínimo de esperanza , como la que se tenía ese día soleado en la plaza de Fardouss.
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