Por Mariano Grondona"Aporía" es una palabra griega compuesta por dos: "a", que significa "sin", y "poros", que quiere decir "camino". Lo que signfica "aporía" es que, en algún momento de su reflexión, el pensador se queda de golpe "sin camino", entrampado en una contradicción que necesita superar.
La España actual parece encerrar una "aporía". El 20 de noviembre de 2011, el pueblo español le dio a Mariano Rajoy y a su Partido Popular una amplia mayoría
La España actual parece encerrar una "aporía". El 20 de noviembre de 2011, el pueblo español le dio a Mariano Rajoy y a su Partido Popular una amplia mayoría. ¿Qué le había prometido Rajoy? Un duro plan de ajuste para superar la profunda crisis económica en la que se encuentra España. Pero no bien Rajoy confirmó, ya desde el poder, el plan que había prometido en el curso de la campaña electoral, los sindicatos españoles anunciaron una huelga general contra su plan de ajuste para el próximo 29 de marzo. Si la huelga general llegare a tener el éxito que esperan sus organizadores, nos encontraríamos ante la paradoja de que una gran cantidad de españoles, quizá la mayoría, se oponen hoy al plan de austeridad que la amplia mayoría de ellos aprobó hace cuatro meses. Esta es la aporía de la democracia española: que el pueblo podría querer y no querer, casi al mismo tiempo, el plan que le habían prometido. El 20 de noviembre, el Partido Popular venció ampliamente en las elecciones, logrando 186 bancas legislativas contra 110 de la oposición. Si la huelga general contra Rajoy tuviere éxito de aquí a quince días, ¿querría decir entonces que los españoles no saben lo que quieren?
Si tal fuera el caso, no sería ésta la primera vez que el pueblo español gira abruptamente de opinión. El 11 de marzo de 2004 ocurió el espantoso atentado terrorista de Atocha en pleno Madrid. Hasta esa jornada de luto y llanto el Partido Popular en el gobierno, que comandaban José María Aznar y el propio Rajoy, encabezaba cómodamente las encuestas electorales. Ocurrido el atentado, empero, los votantes españoles se dieron vuelta para inaugurar el gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, el mismo que los conduciría a la crisis económica de los últimos años y que sufriría la derrota electoral del 20 de noviembre.
Si el próximo 29 de marzo la huelga general contra Rajoy fracasa por falta de apoyo popular, nos quedaríamos sin aporía porque el pueblo español ratificaría mediante este fracaso la voluntad de cambio que había manifestado el 20 de noviembre. Pero si la huelga general culminara en un rotundo éxito, volveríamos a la aporía inicial. Ante esta posible inconsistencia entre el 20 de noviembre y el 29 de marzo, ¿qué tendríamos que pensar de la democracia?
Tendríamos que pensar que el pueblo, después de todo, no es infalible, ya que no puede haber querido una cosa y después la contraria en tan breve lapso
Tendríamos que pensar que el pueblo, después de todo, no es infalible, ya que no puede haber querido una cosa y después la contraria en tan breve lapso. ¿Pero quién afirmó que el pueblo no puede equivocarse? ¿No se equivocó acaso el pueblo alemán, el más culto de su tiempo, cuando votó masivamente por Adolfo Hitler en los años treinta?
Es que hay dos visiones contrapuestas del voto popular. Cuando lo imaginó, el ginebrino Juan Jacobo Rousseau supuso que, al votar, cada ciudadano aspira a acertar sobre cuál sea la Voluntad General que expresará sufragio. Si gana, tenía razón. Si pierde, se equivocó y debe arrepentirse de inmediato porque, en una democracia "rousseauniana", la mayoría siempre tiene razón. Pero existe otro tipo de democracia que podríamos llamar "lockeana" en honor del inglés John Locke, que no acuerda al voto el alcance teológico que la atribuía Rousseau porque, según Locke, el voto es apenas un instrumento práctico para que el vencedor pueda gobernar por un período aunque sólo hasta la próxima elección, cuando el pueblo ratificará o rectificará su decisión anterior.
¿Pero no se dice acaso que la voz del pueblo es "la voz de Dios"? Lo es pero no porque sea infalible sino porque sus electos, se llamen Zapatero o Rajoy, tienen el derecho de gobernar por un período cual si hubiera hablado Dios, pero no un Dios "divino" sino un "dios humano", falible aunque soberano, ya que la democracia es sólo un expediente que hemos inventado los hombres para no matarnos unos a los otros en nombre de algún dogma tan indemostrable como irrenunciable. Otro inglés, Winston Churchill, lo dijo de la siguiente manera: "La democracia es el peor de los sistemas conocidos, con excepción de todos los demás"..

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