El pueblo que se levanta de los escombros

A fines de los setenta, sufrió el éxodo de más de la mitad de la población luego de que el crecimiento de la laguna tapara un centenar de hoteles, iglesias y 37 manzanas del pueblo. Hoy, busca resurgir de la mano de las propiedades curativas de sus aguas y de una diversidad de aves como en pocos sitios del país
Miramar, el único pueblo pegado a la ribera de la imponente Mar Chiquita, convive desde siempre en una compleja relación de amor y desengaño con la laguna: ese manchón celeste en el mapa cordobés fue el que le dio fama nacional como un sitio turístico que en los setenta congregaba a decenas de miles de turistas de la alta sociedad y que llegó a contar con una oferta de 107 hoteles desplegados a todo lo largo de la costa, pero las bruscas variaciones en el caudal de la laguna obligaron a sus pobladores a enfrentarse a una implacable inundación que tuvo su inicio en 1978 y se prolongó durante el quinquenio que le siguió hasta dejar bajo un manto de agua el 90 por ciento de sus hoteles y las 37 principales manzanas del pueblo.

Fue una tragedia íntima, una lucha cuerpo a cuerpo de los miramarenses contra el permanente avance de esas aguas

saturadas de sal que fueron comiendo metro a metro el promisorio futuro que los años setenta parecían depararle a esta población.

El gobierno provincial y el nacional les dieron las espaldas. No hubo reparaciones materiales ni económicas. La gran mayoría de los cuatro mil habitantes de entonces lo perdió todo y se vio obligada a mudarse en soledad hacia otros rumbos. También fue íntima la tragedia porque los medios no la reflejaron en su verdadera magnitud ni acompañaron el dolor y el desgarro que significó para este pueblo tener que desprenderse día a día de lo que habían edificado durante años de esfuerzo.

Acaso el dificultoso acceso a la localidad en el extremo noreste de la provincia -a más de 400 kilómetros de Río Cuarto- contribuyó a mantener entre bambalinas el desastre, o quizás haya sido la falta de víctimas fatales, quién sabe, lo cierto es que desde los ochenta y durante más de una década, Miramar -el Miramar cordobés, no el destino de la costa atlántica que lleva el mismo nombre- pasó de ser uno de los principales polos de atracción turística en el país a desplomarse casiProxy-Connection: keep-alive Cache-Control: max-age=0 omo un destino marginal y exótico, el lugar donde un pueblo se transformó en escombro.

De esta casi secreta fatalidad la mayoría de los visitantes empieza a tomar noción apenas arriba a la terminal.

Los enormes bloques de ladrillos que aún hoy están desperdigados en la costa de la laguna y en el interior de sus aguas son testigos mudos pero, a su modo, hablan.

Para la intendencia de Miramar el tiempo del duelo ya tocó su fin y se esfuerzan en sobreponerse al pasado y volver a posicionar a este original habitat -uno de los cinco lagos salados más grandes del planeta- entre los destinos turísticos más convocantes de la provincia.

Atractivos le sobran:

* Sus aguas, cuya concentración salina duplica a la del océano y las propiedades del fango ubicado en el fondo de la laguna -principalmente el ubicado a unos 300 metros aguas adentro- son propicios para tratamientos curativos.

* Nadar en sus aguas resulta sumamente atractivo no sólo porque su temperatura es cálida sino porque la inusitada cantidad de sal facilita la flotación.

* El habitat de Mar Chiquita alberga nada menos que el 30 por ciento de todas las especies de aves que viven en el país.

Declarada reserva provincial y primera maravilla natural de Córdoba, es la morada de cisnes, garzas, cigüeñas y de tres clases diferentes de flamencos. Precisamente, la presencia del flamenco es lo que distingue a Miramar y le da su imagen al pueblo. Un enorme ejemplar hecho en madera recibe a los visitantes, y basta concentrar algún tiempo la mirada en la laguna para verlos bordear el cauce en un vuelo rasante que corta el aliento.

* Recorriendo la laguna hacia la zona del observatorio se puede apreciar una plataforma salina que se asemeja a la superficie lunar y sólo se ve interrumpida por los esqueletos de los eucaliptus que quedaron de pie cuando el tiempo de la inundación pasó.

En esa zona se concentran las principales colonias de aves y si uno se mueve con discreción puede acercárseles lo suficiente como para fotografiarlas casi sin la necesidad del zoom.

* Pero si de captar imágenes para el recuerdo se trata, basta esperar la hora del atarceder, que es cuando Miramar se reserva la mejor postal porque el sol se oculta en el interior de la laguna, en perfecta línea con el horizonte.

Por encima de su doloroso pasado, Miramar busca sobreponerse aferrándose a los atributos que lo convierten en un sitio difícil de comparar.

Su secretario de Turismo, Julio Escobar, lo dice con una frase concluyente:

-Ya no estamos velando más los escombros, y va llegando el tiempo de despegar.

Fotógrafo de profesión, Escobar sostiene sus palabras con una imagen que el mismo tomó en la reserva. Es la misma que abre esta nota periodística donde se ve a un flamenco en actitud de iniciar un esforzado vuelo, como si se tratara del pesado fuselaje de un avión.

“Yo creo que nuestro pueblo hoy se encuentra así, y nuestra intención es que en pocos años podamos verlo de este modo”, dice mostrando otra imagen en la que dos flamencos sobrevuelan juntos la laguna.

Algunos síntomas empiezan a entusiasmarlo: el año pasado, la plaza hotelera estuvo prácticamente bor-deando el cien por ciento de ocupación durante los dos principales meses del verano y la intención es que la afluencia se sostenga durante todo el año.

“Sé que en Río Cuarto hay poca gente que conoce este lugar, y eso se debe a que no tenemos recursos para difundir este destino en todo el país”, se excusa el joven funcionario, y se entusiasma con la idea del artículo en PUNTAL.

Demolición y después...

Durante más de una década, cada vez que algún bañista se internaba en las aguas de la laguna, terminaba posándose en el techo de alguna vivienda, iglesia o comercio que ha-bían quedado sumergidos.

Para los lugareños era una extraña diversión. “Me acuerdo que yo era chico y como una travesura nos metíamos al agua y andábamos saltando de techo en techo entre las casas”, cuenta un guardafauna que trabaja en el observatorio de Córdoba Ambiente.

Esto tocó su fin el 15 de septiembre de 1992, cuando el ejército inició un espectacular operativo de demolición sin precedentes en el país. Así, apenas si quedó en pie un puñado de construcciones que recuerdan el antiguo brillo, como el trampolín de la inmensa pileta que tenía el antiguo Hotel Miramar, o la torre del Hotel Copacabana, el único que tenía una pista de baile ubicada en el interior de la laguna, a la que se podía llegar atravesando una larga pasarela.

Ya sin la presencia del pueblo fantasma bajo las aguas, el desafío siguiente fue comenzar a deshacerse de los incontables escombros que quedaron dentro de la laguna.

A falta de un presupuesto millonario o de un subsidio de las autoridades cordobesas, la intendencia de Miramar se valió de la solidaridad de los propios habitantes para quitar los escombros del agua.

Durante 2011, se organizaron verdaderas cuadrillas de vecinos que pertrechados con lo que tenían a mano dejaron la costanera libre de escombros, al menos en las principales áreas para los bañistas.

“Sabemos que nos falta mucho, pero también es mucho lo que estamos haciendo entre todos”, dijo Escobar.

Con la mirada apunta hacia la zona donde se apiló la mayor cantidad de ladrillos. “Nos harían falta miles de camionadas de arena para taparlos, pero vamos a tener que ir haciéndolo de a poco”.

Entretanto, se entusiasma con el reciente hermanamiento que sellaron con la región israelita del Tamar, una localidad ubicada al borde del Mar Muerto, cuyo principal actividad económica está vinculada a la utilización de las aguas terapéuticas, pues ese mar es el de mayor concentración salina en el mundo, con 360 gramos de sal por litro de agua.

Las últimas mediciones en Mar Chiquita acusaron 64 gramos por litro, es decir, el doble de la que existe en los océaños.

Después de la emergencia, la naturaleza parece volver a hacerles un guiño y, de la mano del turismo terapéutico, Miramar busca forjarse una segunda era de esplendor.

Cómo llegar

A 450 kilómetros de Río Cuarto, el modo más práctico de llegar a Miramar es viajando desde la ciudad de Córdoba.

Todo el camino es asfaltado y existen horarios de salidas diarias en colectivos en una empresa de transporte urbano (el costo del pasaje es de 52 pesos, de Córdoba a Miramar).

Lo que hay que saber

* Mar Chiquita y Bañados del Río Dulce constituyen uno de los humedales salinos más grandes del mundo.

* En 1994 se transformó en área protegida. A nivel internacional fue designado sitio Ramsar en mayo de 2002, rango que otorga la Convención sobre los Humedales que destaca ecosistemas particulares en el mundo.

* El tamaño de la laguna osciló enormemente a lo largo de su historia. En 1891 tenía 110 mil hectáreas y en la actualidad ronda las 480 mil hectáreas.

* Casi la totalidad del agua que recibe la laguna proviene de los ríos Dulce, Primero y Segundo y también de la lluvia.

* Mar Chiquita no tiene desagüe, por lo tanto el agua que recibe de los ríos sólo puede salir por evaporación. Como el agua evaporada no lleva minerales, las sales aportadas por los ríos se fueron acumulando a través de miles de años.

* La laguna ocupa una depresión muy poco profunda. Actualmente, la profundidad máxima es de 7 metros en áreas reducidas, pero la mayoría no supera el metro de profundidad. La salinidad ha oscilado entre los 360 gramos por litro en 1911 y los 25 gramos por litro en 2003. En la actualidad alcanza los 64 gramos por litro.

* Se llevan registradas allí más de 320 especies de aves, 35 tipos de reptiles y 16 de anfibios. La reserva alberga tres de las seis especies de flamencos que existen en el mundo.

* Hasta fines de 1970 la laguna no tenía peces debido a la elevada salinidad de sus aguas. A partir de 1980 el nivel de la laguna aumenta en forma veloz y la salinidad decrece proporcionalmente, permitiendo la expansión del pejerrey desde los ríos afluentes hacia la laguna. En la actualidad, el aumento de la salinidad por encima del nivel de 60 gramos por litro ha llevado a la desaparición de la casi totalidad de pejerreyes.

* El fango de la laguna se origina por la actividad de bacterias en condiciones de alta salinidad y falta de oxígeno. Su color negro se debe a la presencia de sulfato de hierro. Se le atribuyen propiedades terapéuticas similares a las del Mar Muerto en Israel.

* El camarón de la sal es un pequeño crustáceo. Su nombre científico es artemia franciscana. Es totalmente inocua para el ser humano y su coloración rosácea contribuye a la pigmentación de los flamencos.

Alejandro Fara

afara@puntal.com.ar

Comentá la nota