Por Mario WainfeldAl cierre de esta nota, medianoche del jueves, la elección en la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) seguía sin definición precisa. La lista conducida por Hugo Yasky se adjudicó la victoria varias horas antes. Su rival Pablo Micheli lo hizo pasadas las once de la noche. Los datos de la Junta Electoral tardaban en llegar, circunstancia explicable en una elección masiva en todo el país, escrutada por una Central que no tiene los medios técnicos ni los recursos económicos del Estado nacional, de las provincias ni de los grandes partidos políticos.
En el comando de Micheli, esgrimieron otros guarismos cuando anunciaron su triunfo. Su gestualidad y su discurso, hasta entonces, habían sido contenidos: menos celebraciones, más reclamos de “prudencia, esperando las cifras oficiales. Esas referencias, empero, son menos que relativas: las elecciones se ganan con votos y no con explicaciones o gestos. Al momento de escribirse esta nota, con versiones contradictorias, sólo cabe consignar el final abierto y esperar que se dilucide en buena ley.
Unas horas o un día de espera no es nada grave, aunque incordie para los periodistas que anhelan llevar noticias precisas a sus lectores. El radicalismo y el socialismo, partidos de larga trayectoria, tuvieron escrutinios muy trabados y peleados durante mucho tiempo. Lo que sí es imprescindible, cuando llegue la hora, es probar unidad y aceptación del juego democrático.
La compulsa de la CTA no tiene precedente, por la paridad de fuerzas y por el enfrentamiento entre quienes integraron su núcleo fundador y su conducción desde entonces. El factor que alteró la unidad fue el advenimiento del kirchnerismo, que puso en estado de asamblea a ese y a muchos otros colectivos progresistas o de izquierda. Como ellos, habituada a ser opositora y militar desde la vereda de enfrente (a veces en conmovedora minoría o hasta en soledad), la Central alternativa se topó con un gobierno que tomaba muchas de sus banderas y las tornaba en realizaciones, así fueran imperfectas. Cómo situarse frente a ese nuevo escenario es la clave del debate entre las dos listas mayoritarias de la CTA como lo fue en los organismos de derechos humanos o en el movimiento de desocupados o en los partidos del centro a la izquierda.
El asunto, ni banal ni sencillo, fue planteado a los afiliados para que lo dirimieran de la mejor manera: en una elección a padrón completo, por voto directo. Una compulsa ejemplar, inscripta en la tradición democrática y participativa, la marca de fábrica de la CTA.
La tradición es desafiada por un gran debate interno que contrapone a compañeros de lucha de décadas. Militantes populares todos, promotores de grandes movilizaciones que hicieron época: la recolección de firmas contra la privatización del sistema jubilatorio, la Marcha Federal, la Carpa Blanca, la recorrida nacional del Frente Nacional contra la Pobreza sin agotar la nómina. Enconados, los protagonistas deben encontrar el modo de darle un cierre prolijo a la elección: ungir a su nueva conducción, preservar la unidad en la diversidad que también es su blasón desde hace añares. Una prueba de fuego que, superada, puede redoblar los ímpetus de una Central que revivificó el espacio político y el sindical. Un tropiezo, justo en un trance fundacional, dañaría el patrimonio común construido con militancia, coherencia y lucha. El final, se repite, es abierto. Si apuntala la unidad (más allá del contingente vencedor) será un final feliz.


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