La protesta

Por: Jorge Fontevecchia.

Hace unos días, estando en Londres, participé de una de las reuniones de los “indignados” ingleses y ya de regreso no puedo no sucumbir a la tentación de hacer alguna comparación con el doble vandalismo que durante la madrugada de ayer y la tarde previa produjeron frente a la Legislatura porteña un grupo de quienes apoyan a Macri y otro que se le oponía.

Los ingleses concentraron su acción instalando carpas en los alrededores de la Catedral de Saint Paul, la segunda mayor del mundo después del Vaticano, porque su obispo firmó la autorización para que puedan acampar en los jardines y explanadas que pertenecen a la Iglesia. Lo que luego le costó al obispo su renuncia por haber facilitado el derecho legal para que no pudieran ser desalojados. La revista inglesa Private Eye, la más satírica, una especie de Barcelona con cincuenta años de historia, puso en su tapa una foto de la catedral, en la que se alcanza a ver los techos de las carpas, y arriba, desde el cielo, surge la voz de Dios que dice: “Yo renuncio”.

Por eso fue distinta la suerte de los indignados –denominados occupy– de Nueva York: también ellos pusieron carpas en la Plaza Zuccotti, a pocas cuadras del edificio de la Bolsa de Valores de Wall Street, pero pasado un tiempo de tolerancia les derribaron sus instalaciones con el argumento de que la ley les permite manifestar pero no acampar.

Ultimamente, es habitual escuchar cierto regodeo por la crisis que padecen los países desarrollados en contraste con el crecimiento argentino. Pero cuando se expresa en forma de goce del otro, emana un aire de embriagante superioridad que lleva a percepciones muy distorsionadas. Como les sucede a aquellos que no pueden entender por qué los países desarrollados no se disponen a utilizar el modelo argentino para salir de su crisis.

Cuestión de formas. A cinco metros de donde finaliza la última hilera de carpas de los indignados ingleses en la Catedral de Saint Paul, hay un Starbucks. Los únicos signos de anormalidad que exhibía eran su baño con un cartel de “fuera de servicio” y que la mayoría de sus cuarenta mesas eran ocupadas por periodistas que se calentaban con un café mientras enviaban las notas desde sus laptops. Algo similar sucede tanto con el baño como con el tipo de consumidores del McDonald’s vecino a la Plaza Zuccotti en la zona de Wall Street, en Nueva York. En los incidentes de la Legislatura porteña, se saquearon los quioscos aledaños. Fernanda, la dueña de un polirrubro vecino, le contó al diario Página/12 que rompieron sus escaparates “para llevarse cigarrillos Café Creme, alfajores, chicles y todo lo que estaba a mano”.

Al ver el caos en la Legislatura resulta lógico reclamar que, a casi ya diez años del pico de la crisis de 2001/2, se encaucen las protestas respetando la importancia de este derecho dentro de un marco de contención. Capuchas y palos, como usaron tanto los macristas como sus oponentes, caminando libremente por la Ciudad, ya no resultan muy comprensibles, y menos aún a dos cuadras de la Casa Rosada.

No se trata de idealizar a los países que nos aventajan –Londres padeció vandalismo hace pocos meses– sino, a la hora de compararnos, buscar en cada caso el mejor espejo, y que no nos conformemos regodeándonos cómodamente con la falla del otro. En octubre de 1992, en Londres, se realizó la gran huelga de los mineros contra el gobierno de John Major (sucesor de Thatcher), que terminó con una más que multitudinaria misa en la Abadía de Westminster. El lema era Suck the Major, not the Miners; y a pesar de que en Londres las avenidas anchas no abundan, dividieron la calle con vallados metálicos durante todo el recorrido para que de un lado marcharan los que adherían a los mineros y del otro, quienes no adherían a la marcha, y cada parte pudo expresar su posición.

La “sintonía fina” que se promete para la economía, se precisa en mayor medida también en otras áreas.

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