Por Eduardo AlivertiEn estos momentos de euforia o consuno nacional, bien vale la pena abstraerse de efluvios. Un poquito. Pero no para apartarse del acuerdo popular, al contrario: para servirse de que los datos también sirven a la esperanza.
Manuel Mora y Araujo, un hombre de derechas atendible, recordaba en el diario Perfil la necesaria obviedad de que es difícil hacer política sin sostenerse en algunas ideas. Que hacerlo con ideas confusas, y mezclando esa confusión con identidades que también son confusas, es una receta para el fracaso. Agregaba que el Gobierno es exitoso porque sabe lo que quiere y cómo hacer lo que quiere. Y añadía lo complicado de saber qué quieren los opositores, junto con una evidencia por lo menos aparente: sea lo que fuere aquello que buscan, no lo hacen bien. Mora señala que, a veces, hasta parecería que su propósito es el fracaso. Y remata asimilando a los opositores argentinos con el Club Surrealista de la Francia de los años veinte del siglo pasado, cuando uno de sus miembros más conspicuos publicó un libro que fue record de ventas. El club le envió entonces un telegrama que decía: “Tu libro ha tenido éxito. Es una vergüenza. Estás expulsado”. En efecto, hay algo de surrealista en la política argentina. Pero no sólo cabe adjudicárselo a la oposición partidaria, que es el centro del apunte del consultor, sino, casi esencialmente, a la jefatura mediática de esa oposición. Y es que, al fin y al cabo, a los parlamentarios o individualidades opositores (hablar de que representan a “partidos” o fuerzas unívocas es, de mínima, intrépido) les cabría el beneficio de inventario de tener que posicionarse con comprensibles grados de diferencia respecto del oficialismo, porque para eso son opositores. Macri, quien tras su angustia existencial en la cuna de Antonia se llamó a silencio casi total, reapareció luego de lo aprobado en el Congreso para decir que la expropiación de Repsol nos aleja de reconquistar las Malvinas. Entró al Guiness de los razonamientos tirados de los pelos; pero es comprensible que le envíe un guiño a su tropa electoral. En cambio, cuando son los medios de comunicación quienes construyen un clima de declive, corruptela generalizada y caos o huracanes de constante inminencia, lo que se hace es inventar. Lisa y llanamente. E inventar no porta la misma licitud, o legitimidad, que oponerse con ciertos niveles de amparo razonable. Amparo histórico, argumental, de trayectoria, de propuestas alternativas, de las contradicciones que supone el ejercicio del poder o de las pertenencias ideológico-partidarias. Es, otra vez, aquello que decía César Jaroslavsky, radical de armas verbales tomar, cuando el gobierno de su partido, en los ’80, también sufría los embates de las corporaciones “periodísticas”: atacan como partido político y se defienden con la libertad de prensa. En ese sentido, corresponde concederle mérito a la intervención del hijo de Alfonsín en el debate de Diputados. No identificó si sólo cargaba contra los radicales macristas que se abstendrían de votar a favor de la nacionalización de YPF, con el “milico” Aguad a la cabeza; o si se trataba de un concepto totalizante, capaz de abarcar al grueso de quienes se resisten a la medida. En cualquier caso, vaya si estuvo acertado cuando dijo que quienes se oponen lo hacen muy lejos de preocuparse porque el kirchnerismo no tiene autoridad moral, debido a sus antecedentes en la privatización de la empresa y, mucho más cerca, en el descalabro del modelo energético. Lo hacen porque de ninguna manera confían en el Estado como director. Lo hacen porque siguen creyendo que es el mercado el que debe gobernar el reparto de los recursos, a como dé lugar. Lo hacen porque idolatran a la iniciativa privada, porque creen que con Menem estábamos mejor, porque siguen pensando que el peor de los neoliberalismos será siempre más apto que la mejor de las experiencias redistributivas. Lo hacen porque no aprendieron nada. O porque aprender de la catástrofe en que sumieron al país va al revés de sus intereses corporativos y, en consecuencia, de clase.
Habrá que ver, como ya lo marcaron algunos colegas, si este consenso “patriótico” no forma parte de las cíclicas idas y vueltas de la sociedad argentina, que alterna con mucha comodidad el apoyo a modelos progresistas y el recueste en salvajadas de derecha. Sin embargo, también es cierto que ya vamos para unos cuantos años de revertir lo que, después de los ’90, se juzgó indestructible. Hay mucha polenta juvenil que volvió a depositar confianza en la política, como único implemento para mejorar las cosas. Y –está bien: solamente hoy por hoy, pero si es por eso siempre es hoy por hoy– cuesta muchísimo imaginarse que un gobierno futuro, de signo antagónico al presente, estará en condiciones de desmontar el piso de lo conseguido por éste. No hay apenas una cuestión de análisis nacional. Es toda la región que gira para otro lado, y es prácticamente toda Europa que afronta las ulterioridades de haber descansado en el capitalismo parasitario. Hasta principios de los ’90, el mundo estaba partido en dos bloques y todas las lógicas universales respondían a esa división. Vaticinado el fin de las ideologías, como producto de la victoria de un sector y de la interpretación de los analfabetos ideológicos, pareció que todo estaba dicho. Pero resultó que el zorro cuidando a las gallinas culminó en este estadio de planeta amenazado por el ansia criminal de lucro. Y que ahora los zorros se enfrentan a un escenario tal vez imprevisible, porque perdieron de vista que la historia nunca deja de dar vueltas.
Como fuere, no hay más destino que el que se construye. ¿Hay una construcción o reparación de la Argentina superior a ésta, no en términos de deseos petardistas sino de relaciones materiales y subjetivas concretas? No. Salvo que se confíe –incluso obviando sus antecedentes–- en los que, en lugar de protagonizar la realidad, se limitan a comentarla.
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