La prohibición de fumar no alcanzó a la política

Por Pablo Tomino
¿Puede Buenos Aires convertirse en una ciudad libre de humo? Días atrás comenzó a regir en la Capital la extensión de la prohibición de fumar en todos los espacios cerrados de acceso público, tanto estatales como privados (restaurantes, bares, cines, teatros, salas de recreación como los bingos, confiterías y cafés) con el fin de "proteger a la población de los efectos nocivos del humo del tabaco ambiental, prevenir en el inicio del consumo de cigarrillos, restarle socialización al uso y disminuir el consumo de fumadores", tal suscribe la norma.

Esta bien recibida medida que garantiza la protección de la salud pública de todos los que residen en la ciudad, como ocurre en otras grandes urbes del mundo, se puso en marcha en 2006, aunque con menores alcances. Y tuvo un alto acatamiento entre vecinos. Es cierto: existe hoy un fuerte control social sobre esta prohibición, algo que modificó más conductas que las contadas inspecciones que la ciudad llevó -y lleva- adelante para hacerla cumplir. Lo paradójico sigue siendo el emblemático edificio de la Legislatura porteña, donde se gestó esta norma: allí no se cumple.

Sí, algunos legisladores (también asesores, visitantes y periodistas) hacen caso omiso de la ley antitabaco. Salvo en el recinto, los pasillos y las oficinas suelen estar viciadas de humo. Incluso algunos históricos salones revestidos en madera tienen impregnados esa particular estela del cigarrillo. Si bien es cierto que algunos diputados no fumadores protestan por estos sucesos repetidos, hacen poco y nada para modificar la burlona actitud de sus compañeros de banca. Y lo deseable sería que quienes suscriben estas leyes sean los primeros en cumplirla. Pero no, por ahora esto sólo sucede en las películas.

La misma obligación le cabe a quien controla: el gobierno porteño. En Bolívar 1 se ha mitigado bastante el consumo de cigarrillos dentro del edificio, con fuertes campañas internas de multas y advertencias. Recortes de diarios se han pegado en la puerta de algunos despachos de funcionarios para advertir sobre los riesgos que el cigarrillo tiene para la salud. Pese a todo, hay "rebeldes" dispuestos a desoírla. La problemática no se circunscribe sólo a los organismos públicos de la ciudad, claro: hasta el año pasado, pasillos y lugares comunes de la cámara de Diputados y del Senado de la Nación también fueron escenarios recurrentes del humo de la nicotina.

Es cierto que cada vez más buena parte de la población festeja estas medidas tildadas de antipopulares o excesivamente prohibitivas por los fumadores. Pero hoy mucha gente elige no fumar, y menos el humo ajeno. Reiteremos: ¿Buenos Aires puede convertirse en una ciudad libre de humo? Claro que sí. Empezó con una ley restrictiva de control de tabaco. Aunque para convertirse en una política seria de Estado, falta que sus gobernantes, espejo donde la sociedad se mira, den el ejemplo..

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