Un par de lágrimas, una desconocida emoción, el milagro. Durante sus cinco años de vida, Martín Yapura jamás había llorado.
Los Yapura -una familia de barrio Solidaridad con doce hijos- experimentó esa sensación la semana pasada, en los primeros días de la novena en honor al Señor y la Virgen del Milagro.
“Buen día”. Tras la cotidiana frase, ayer los Yapura se prepararon para la caminata. A las 6.30, partieron desde su casa, en la zona sudeste de la capital salteña. El buen clima los acompañó. A las 10, antes del inicio de la misa de la Solemnidad del Señor del Milagro, esperaban sentados en los bancos de la plaza 9 de Julio, frente a la Catedral Basílica.
Argindo comentó: “Antes no venía muy seguido a la novena, pero ahora quería que Martín participe”. Tras las primeras lágrimas se selló una promesa. Elsa agregó que compraron una medallita de plata con forma de niño. “Todos los años tendremos que caminar desde casa hasta la Catedral”.
“Este año vinimos temprano, porque yo a la tarde tengo que trabajar”, dijo Argindo, taxista, mientras sostenía al niño. Al instante, Elsa aclaró: “Yo vuelvo más tarde, a la hora de la procesión”. Ambos se ayudaban para contener a Martín.
A pocos centímetros estaba una precaria silla de ruedas. “El no puede sostener el cuello, por eso necesita una silla especial. Hicimos lo posible para conseguirla, pero aún no se pudo. Si siempre usa esta silla va a quedar con el cuerpo torcido”, indicaron.
“Que el Señor y la Virgen del Milagro nos bendigan a todos y que en esta país haya trabajo”, esa fue la intención que compartió Argindo.
Las campanas sonaban. De a poco se multiplicaron las voces que oraban y cantaban. Al mediodía, varios ya estaban ubicados a la espera de la salida de las imágenes. Había carpas, sillas y sombrillas.
Frente al monumento al general Arenales, en el centro de la plaza 9 de Julio, Gloria Voigt y sus familiares acompañaban a Valeria, de 10 años. Al igual que Martín Yapura, la niña padece una fuerte discapacidad motora. “Estamos a la espera de un milagro”, dijo Gloria, su madre.
“Es muy difícil porque su enfermedad es progresiva, ella va a empeorar”. La mujer hace una pausa en sus palabras. El diagnóstico es desalentador. Valeria tiene el síndrome de Rett, una patología genética con baja frecuencia entre la población.
“Por su enfermedad estuve un poco alejada de la Iglesia, pero venimos para la procesión. Viene tanta gente de lejos, vemos llegar a los peregrinos... Y uno está aquí cerca. En realidad no vengo a pedir, porque, en verdad, no doy, pero vengo a rezar”, dijo Gloria.
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