Hernán de GoñiHay muchos argumentos para justificar el proteccionismo.
Está claro que se trata de una práctica tan antigua como el comercio mismo, y que en el mundo actual todavía sigue siendo una herramienta de uso corriente para los estados que necesitan preservarse de aquellos países que tienen un comportamiento exportador predatorio. Lo más complejo es ejercerlo sin sacrificar las necesidades de expansión de la propia economía.
A la Argentina le ha costado encontrar un equilibrio en este terreno. Las declaraciones del ministro de Industria brasileño, Fernando Pimentel, transparentan lo difícil que es la relación con el principal socio comercial argentino. Son un problema permanente, es difícil lidiar con ellos, señaló ayer al comentar en forma crítica el nuevo sistema de control de importaciones.
A lo mejor la frase de Pimentel es vista por algún funcionario argentino como un reconocimiento a la tarea cumplida (a la inversa, claro). El dilema del proteccionismo es que no se puede morder todo el tiempo a una mano que también da de comer, y mucho. Brasil, y por extensión el Mercosur, es un mercado interno ampliado. Dentro de él hay fricciones y trabas recíprocas que corregir. Pero no hay unión viable si uno de los socios vive cambiando la cerradura para que no entren sus vecinos.
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