A cada problema, de los muchos y graves que se le presentan a Catamarca, el Gobierno le encuentra siempre un origen externo; es una coartada que le permite triunfos políticos al FCS, pero negarles el origen local a los problemas no alienta la búsqueda de soluciones.
Para Eduardo Brizuela del Moral, todo andaba bien en Catamarca hasta que el mundo, y él claro, se percataron de una burbuja financiera que afectó la economía mundial; y peor todavía, si casi paralelamente se decidió romper relaciones políticas con la Casa Rosada; aunque paradójicamente todavía es común escuchar a los portavoces del oficialismo explicar que nuestra economía es lo suficientemente sólida como para superar los factores negativos que llegan desde afuera.
Cargar todas las culpas de lo que nos pasa ha sido una insana costumbre política de nuestra principal dirigencia, la hiperinflación, Menem, De La Rúa, como ahora los Kirchner o Bernard Madoff. El problema es que pase lo que pase afuera, en el mundo o la Argentina, Catamarca siempre está en crisis, una crisis permanente, que siempre sirve para explicar porqué no se hizo lo que se debía hacer para desarrollarnos. Eso, a pesar de que cuando llega cualquier elección, a Catamarca se la presenta como una fortaleza-paraíso capaz de resistir todo lo malo que llegue.
Aquí, en nuestra provincia, sin importar lo que pase en Nación, cada tanto nos toca sufrir un severo ajuste. Lo hicieron tanto los Castillo como Brizuela del Moral. A diferencia del mundo civilizado, donde el argumento de todos los ajustes es que los ciudadanos consumen más de lo que producen, que gastan más de lo que le permitirían sus ingresos, lo que los impulsa a endeudarse, aquí pasa otra cosa. La realidad indica que en nuestra provincia, la mayoría de los catamarqueños, adquieren cada vez menos productos de los que en realidad necesitan para vivir. Es difícil imaginar una economía más compleja, es decir, con una mayoría a la que le va cada vez peor y una minoría a la que le va cada vez mejor.
En los últimos 20 años, el Estado Provincial, en manos de los Castillo primero y Brizuela del Moral después, se tragó 3.200 millones de pesos; una cifra por demás importante para cualquier economía como la nuestra; 1.600 millones de pesos-dólares de deuda publica que nos dejaron Arnoldo y Oscar Castillo, más los 1.600 millones de pesos que le entregó la minería a Eduardo Brizuela del Moral. Sin embargo hoy, Catamarca, su sociedad, su gente, está más pobre que nunca, endeudada a más no poder, y lo peor, sin reacción política posible.
¿Culpa de fatalidades nacionales, derivadas de otros males mundiales, o decisiones de nuestros gobernantes? La verdad nadie lo dice y es que lo que pasa afuera agrava los procesos en curso en el interior de nuestra economía, pero que no los crea. La responsabilidad de nuestros males es exclusividad de los sucesivos gobiernos provinciales.
Un balance general, bien hecho, de los sucesivos gobiernos del Frente Cívico no podría ser más catastrófico; la deuda provincial pasó de 48 a 1.600 millones en pocos años; la minería entregó 1.600 millones de regalías y utilidades; mientras que en el mismo lapso, la Coparticipación Federal fue la mejor de toda la historia provincial; sin embargo nada de eso sirvió para sentar las bases de un desarrollo sustentable en el tiempo. Las culpas, demás está decirlo, hay que buscarlas a fuera.
Las estructuras educativas y sanitarias se han degradado tan alarmantemente en los últimos años, que prácticamente no es posible albergar esperanza alguna en cuanto a la mejora de los índices de desarrollo humano en el futuro inmediato. Los datos conocidos semana pasada, prácticamente anulan cualquier posibilidad de esperanza; son 87.000 los menores de 14 años que se alimentan en comedores infantiles y escolares; son 80.000 los menores de entre 14 y 18 años a los que su pobreza estructural los hace beneficiarios de la asignación universal por hijo; y mas de 30.000 las familias que reciben una ayuda miserable del Estado radical para poder alimentarse; es decir, son generaciones de catamarqueños que comen, se educan y se curan mal.
La mayor parte de las administraciones municipales, por no decir todas, están prácticamente quebradas, con la bandera roja en el techo; la corrupción se ha generalizado y hasta potenciado, no solo a nivel del Estado, porque los funcionarios designados por los sucesivos gobiernos se la han contagiado a todos los niveles. La violencia urbana ya ha perjudicado en sus vidas a una gran parte de la población, y a la que no, le ha alterado sus hábitos cotidianos.
Sin embargo, a pesar de todo, ante el menor reclamo o propuesta de cambiar el rumbo de las cosas, el discurso oficial lo destroza, con el argumento de que en definitiva se atenta contra la paz social. Eso es lo que impide que nada cambie, porque según desparrama el oficialismo, el solo intento produciría un desastre mayor. Para el Gobierno, el problema siempre está en otra parte.


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