Privatizar o reestatizar para que todo siga igual

La empresa estatal provincial de Obras Sanitarias fue el producto de la fusión de dos formas institucionales previas de la administración del agua en Mendoza: las antiguas direcciones provinciales y municipales que se encargaban de proveer a las zonas rurales, con la provincialización de Obras Sanitarias de la Nación que servía básicamente a las zonas urbanas.
La empresa estatal mendocina -al igual que todas las otras del país- aumentó más la planta de personal que las tarifas, con lo cual se logró más burocracia y menos inversiones. Hasta que la moda de las transferencias entre municipios, provincia y nación fue cambiada por otra: la de los traspasos de lo público a lo privado. Entonces OSM se privatizó.

El cambio de manos se hizo a "lo mendocino", vale decir menos burdamente que los nacionales, en particular porque formó parte de la segunda ola de privatizaciones donde ya no se cedía todo a precio vil como en los primeros años de los ‘90. Así, el principal mérito de la concesión del servicio del agua -junto al de electricidad- fue que con el importante dinero pagado por los compradores se hizo la presa de Potrerillos.

Los concesionarios fueron -como en todo el país- básicamente empresas estatales europeas que, orientadas por políticos jubilados de esas naciones, pensaban lograr una segunda "conquista" de América si podían quedarse con los servicios públicos que eran rematados por sus antiguas colonias. O sea, lo suyo se basó más en un proyecto político-empresarial de coyuntura que en una meditada estrategia apoyada en capacidad de gestión.

Es que los nuevos conquistadores no estaban dispuestos a los sacrificios que hizo Colón para gritar ¡tierra!, ni tenían la visión estratégica de la reina Isabel. Más bien creían -como los aventureros post-Colón- que Eldorado menemista sería un proveedor de plata dulce para las metrópolis, sin necesidad de invertir mucho en ello.

Pero cuando los "descubridores" descubrieron que habían pagado más de lo que valían las empresas en el Estado que se las vendió, adujeron (igual que Moneta con el Banco Mendoza, aunque éste no pagara nada) "vicios ocultos", vale decir deterioros estructurales del sistema. Y quisieron que los pagara el Estado, quién se limitó a decir "¿yo?, mendocino", y miró para otro lado.

Luego vinieron los pedidos de aumentos tarifarios, pero entre tanto el país estalló a fines de 2001 y entonces ya todos tenían la culpa... o todos tenían razón, que es lo mismo, porque desde entonces sería imposible demostrar si las inversiones no se hicieron por culpa de la falta de aumentos tarifarios o por las especulaciones empresarias. Mientras se echaban la culpa unos a otros, el servicio se seguía deteriorando, con lo cual volvimos a estar igual que cuando vinimos de España.

Felizmente, o infelizmente, los argentinos tenemos esa tendencia ya casi congénita de patear para adelante los problemas en vez de asumirlos. Entonces, como Dios sigue siendo argentino, la providencia nos ofreció la nueva ola: ahora la moda son las reestatizaciones, como antes lo fueron los privatizaciones y antes de antes las transferencias jurisdiccionales. O sea, los meros cambios de propiedad como excusa para no solucionar jamás los defectos de gestión.

Con lo cual, ahora sabemos que nos fue igual de mal con el agua manejada por la Nación, por la provincia o por los privados, pero aún así seguimos insistiendo con los cambios de mano sin tener la menor idea de cómo hacer para que el sistema funcione mejor.

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