El principal objetivo, incumplido

Por: Jorge Oviedo.

Aunque muy probablemente la reforma del FMI será mostrada por el gobierno argentino como un triunfo ideológico que permite mayor presencia de las miradas heterodoxas, el desafío más importante de la cumbre de ministros de Economía del G-20 aparece como incumplido. Una vez más, un intento de coordinar políticas macroeconómicas, de acordar los movimientos de monedas y conducir algo los flujos de capitales, no pudo lograrse.

Las modificaciones en la composición del organismo era algo bastante avanzado y, en cambio, el compromiso para tratar de evitar una guerra de devaluaciones no pudo lograrse, al menos de forma explícita. Es lo que se intentaba con las iniciativas para poner límites a los superávits o déficits de cuenta corriente de la balanza de pagos.

Se trata de una batalla crucial. Los chinos se quejan de que los norteamericanos tienen muy devaluada su moneda. Dicen que eso es una política proteccionista contra las importaciones. Del otro lado, Washington dice que China, que tiene gigantescos superávits de balanza de pagos por colosales ingresos de divisas en inversiones y superávit comercial, debería, en consecuencia, tener una moneda mucho más fuerte. Los chinos la han apreciado lentamente, pero Estados Unidos, Japón y Europa quieren mucho más y más rápido.

Por ahora, lo único claro es que si el déficit o superávit de balanza de pagos pasa del 4% del PBI se harán "consultas". La Argentina fue casi presionada desde 1997 para que redujera su fuerte déficit fiscal financiado con deuda externa y redujera así el déficit de cuenta corriente. El Fondo dijo que podía haber recalentamientos y sobrevaluación de la moneda. Pero el gobierno de Carlos Menem defendió la independencia de las decisiones y no hubo límites a la entrada de capitales, lo que hizo peor la crisis posterior. No se cuenta hoy con mejores mecanismos para evitar desbalances potencialmente catastróficos.

En el presente la tentación para muchos es devaluar agresivamente como un modo de limitar las importaciones y hacer más competitivas las exportaciones. Es decir, proteccionismo sin barreras arancelarias. Esa clase de guerras de monedas o devaluaciones competitivas tuvieron efectos ruinosos en el comercio mundial y llevaron a enfrentamientos catastróficos. El diseño de organismos como el FMI tuvo como objeto tratar de evitar su repetición. Probablemente, el hecho de que esta vez una crisis ha tenido origen en las economías centrales hace mucho más difícil el desafío.

Es más fácil poner límites a un país pequeño, endeudado, que no logra financiamiento que no sea el del FMI, que decirle a Estados Unidos o a China qué deben hacer en beneficio del conjunto y, probablemente en el corto plazo, en perjuicio de su propia economía.

Los norteamericanos lidian con el problema de una economía que demora más de lo políticamente necesario en recuperarse. Necesitan seguir estimulándola y tratar de evitar pérdidas de puestos de trabajo por importaciones. Y los chinos, si bien no han hecho grandes apreciaciones nominales de la moneda, tienen por los aumentos de salarios en dólares a su fuerza laboral en las multinacionales, un efecto que les resta competitividad.

En la Gran Depresión, la imposibilidad de coordinar políticas condujo a un aumento generalizado del proteccionismo. Hoy el mundo es muy distinto, pero los problemas y desafíos políticos tienen unas cuantas similitudes.

Comentá la nota