Al jurar solemnemente como presidente del Uruguay ante su esposa Lucía Topolansky, presidenta de la Asamblea Legislativa, José Mujica marcó un hecho inédito en la historia uruguaya y alcanzó un clímax antes desconocido en una relación sentimental y de militancia política que perdura desde hace casi 40 años. Años de guerrilla y cárcel, de trabajo y vida compartidos, culminaron en esta ceremonia celebrada en el Congreso. Si Mujica prometió acatar la Constitución ante Topolansky, fue porque la función le correspondía a ella como la más votada de todos los candidatos a senador en las elecciones de noviembre.
Tras su esposo y el vicepresidente Danilo Astori, Lucía Topolansky, de 64 años, es la tercera persona en el orden sucesorio de la república. Pero es la primera dama del país, aunque formalmente esa figura no exista en el Uruguay. La relación entre Mujica y su "querida Lucía", como la llamó hoy durante la ceremonia, comenzó en 1972, en los tiempos en los que ambos eran militantes clandestinos de la guerrilla Tupamaros. Ambos pasaron trece años encarcelados bajo la dictadura militar (1973-1985). Con el regreso de la democracia, la pareja se mudó a una pequeña finca en las afueras de Montevideo, donde cultivan flores y hortalizas y que a partir de ayer se ha convertido en la residencia presidencial del Uruguay.

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