Un primer paso con los argumentos de los goles, ese tesoro para envidiar

Por: Gonzalo Bonadeo.

El primero de Higuaín, de entrada, ayudó a liberar tensiones. Después, Argentina estiró diferencias hasta llegar a un 4-1 ante Chile en el que Messi también festejó uno propio. Ahora, con Venezuela, el martes.

Ningún equipo de las Eliminatorias sudamericanas le dará tantas ventajas defensivas a la Argentina como las que dio Chile anoche. Tampoco imagino a otro equipo de la región agrediendo tan frontalmente y con tanta gente al seleccionado de Alejandro Sabella como lo hizo anoche el conjunto de Claudio Borghi. Tanto es así que sospecho que fuimos testigos de un partido difícil de repetir en el recorrido hacia Brasil 2014.

Para bien y para mal, el estreno de Messi y compañía en la serie se dio en un contexto atípico, despojado, frenético, tan plagado de errores como de ambiciones. Un partido planteado filosóficamente por Chile como si fuera de otros tiempos. De algún modo, celebro que así haya sido. Entre tanto bodrio en el que los protagonistas parecen no animarse a dar ni un paso fuera de lo que pretende su entrenador, con tanta palabra al servicio de justificar a partir de un presunto lucimiento táctico partidos que parecen jugados sin pelota ni arcos, no está mal que las buenas y las malas pasen, exclusivamente, por las virtudes de un jugador respecto de otro. Ahí empezó a ganar la Argentina.

Justamente a partir de las características del rival, la Argentina ganó con autoridad un partido que puede ser analizado en sí mismo, pero cuyas conclusiones, en buena medida, no deben ser incluidas en un balance con miras a los partidos por venir.

De todos modos, algunos aspectos pueden ser universalizados. Por ejemplo, los problemas que hubo para frenar los circuitos del rival lejos del área propia. Tanto fue así que, solo en el primer tiempo, Braña y Banega acumularon faltas suficientes para merecer más de una amarilla. También persistieron los problemas con el juego aéreo en la defensa. En la columna del haber aparece la enorme jerarquía del trío ofensivo que formaron Messi, Higuain (Dios le cuide la salud y habrá 9 para dos mundiales más) y Di María. No siempre alcanzará con ellos tres sin más aportes –quizá Banega fue quien, circunstancialmente, mejor se sumó a ellos–, pero tampoco consigo imaginar como harán los rivales para neutralizar semejante poderío. Con ellos como estandarte, la Argentina de Sabella intentó de modo innegociable trascender a través de movimientos colectivos. Esto también será de influencia más allá de las ingenuidades trasandinas.

A la par del exitoso estreno, hay una cierta tendencia cuasi coral de futbolistas, entrenadores, dirigentes, periodistas e hinchas que asevera que estas que acaban de comenzar son eliminatorias duras, sino las más difíciles de la historia.

No es prudente contrariar el concepto de quien es el encargado de llevar adelante la tarea. Dicho de otro modo: ¿quién soy yo para decir que lo que Burdisso califica como difícil no lo es tanto, si es el mismísimo Burdisso uno de los que tiene que hacerse cargo del asunto, en tanto yo me siento cómodamente en la tribuna o en mi sillón favorito a ver como Nicolás y sus compañeros corren, transpiran, se golpean y, en el mejor de los casos, juegan intentando ganar un partido? Hay que tener cara para quitarle certeza a la declaración del formidable Diego Lugano, quien insistió con la idea de la gran dificultad de la Eliminatoria inmediatamente después de haber marcado dos goles para la victoria uruguaya ante Bolivia.

Me permito, sin embargo, calificar de cauta y exagerada esa sentencia. Estas series sí son difíciles para Venezuela, que jamás jugo un Mundial; para Bolivia, que el llano le afecta más de lo que a sus rivales la altura; para Ecuador, que parece haber perdido el “mojo” que lo acomodó un par de veces demasiado temprano en el torneo final, o para Perú y Colombia, que insinuan una amenaza que hace un tiempo no se concreta.

Para los otros equipos, con la Argentina a la cabeza serán eliminatorias difíciles sólo si sus figuras se encargan de que así sea. La Copa América fue una fiel muestra de que si los técnicos temen y si los buenos jugadores fracasan o rinden menos que los utilitarios, un mínimo golpe de suerte puede bastar para convertir al torneo en una especie de caricatura del fútbol regional.

Si a la idea –siempre discutible, por cierto– le agregamos el dato objetivo de que será, como en la de 1998, una clasificación con las mismas plazas pero sin Brasil, me resisto a creer que sean tan difíciles como se pregona. En todo caso, sólo estableciendo que nuestro fútbol esté en decadencia puedo aceptar que sea tan complicado ser uno de los 5/6 equipos que representaran en el próximo Mundial a un continente integrado por... diez seleccionados.

Por cierto, un equipo cuyo entrenador puede armar la formación eligiendo entre nombres como los de Messi, Agüero, Higuaín, Pastore, Mascherano, Banega, Romero, Otamendi, Ricki Alvarez, Sosa, Di María, Nico Gaitán o Palacio y descartar circunstancial o definitivamente otra lista aun más larga encabezada nada menos que por Riquelme y Tevez, no puede ser considerado jamás como en decadencia.

El mamarracho que fue la última Copa América es la madre que le da sustento extra a esto de las dificultades extremas que empezaron a recorrer los equipos del continente. No quiero olvidarme de ciertas cosas dichas durante esa competencia. Por ejemplo, los elogios al planteo boliviano ante la Argentina: a Uruguay le bastó media hora del primer tiempo para liquidarlo. Por ejemplo, la exacerbación de la meritoria evolución venezolana, cuyo entrenador se vende como una combinación entre José Mourinho, Pat Riley y Zubin Mehta, al cual la realidad de las Eliminatorias lo dejó a la intemperie frente a ese enigma en crisis que es Ecuador y que demoró también media hora en sacar dos goles de ventaja.

No quisiera caer en el error de sacar conclusiones cuando apenas se jugó una fecha de las 18 de la serie. Sin embargo, si coincidimos en que cualquier apetencia de quienes se sienten en crecimiento debe ponerse en juego justamente en esta instancia, habrá que admitir que aquello de que cualquiera le gana a cualquiera en el fútbol de hoy tiene mucho de verso y otro poco de mediocre resignación de los buenos que ya no se ocupan lo suficiente en seguir siéndolo. Por suerte, la Argentina debutó prescindiendo de semejante traición futbolera.

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