Por Mariano GrondonaCuando dos personajes unifican por completo sus acciones, se crea un nombre compuesto para identificarlos. Al promediar el siglo Veinte, por ejemplo, era tal la proximidad doctrinaria entre dos grandes escritores católicos ingleses, el ensayista Gilbert K. Chesterton y el historiador Hilaire Belloc, que sus críticos los imaginaron bajo la forma de un animal mitológico, el "Chesterbelloc".
Algo similar está ocurriendo hoy con la canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés Nicolás Sarkozy, a quienes la prensa ha empezado a imaginar bajo la forma de un ser bidimensional, el "Merkozy".
Que las primeras letras de Merkel figuren como el prefijo de esta denominación conjunta, mientras las últimas letras de Sarkozy figuran como su sufijo, no es por otra parte casual. Después de todo, la locomotora del binomio es Merkel, en tanto que Sarkozy es sólo el primer vagón del convoy de veintiséis naciones que integran, además de Alemania, la Unión Europea (UE).
De estos veintisiete países, hay diez y siete que marchan en la parte delantera del convoy porque, aparte de pertenecer a la UE, comparten su moneda común que es el "euro". Pero la defensa del euro se ha visto últimamente tan comprometida (la edición de The Economist del 2 de diciembre se pregunta en tapa, por ejemplo, "¿Es éste el fin?") que a veces uno se ve tentado de comparar la empresa de los que se obstinan en defender al euro con la alocada carga de Don Quijote de la Mancha contra los molinos de viento.
Al frente de esta acción casi desesperada, que hace recordar a la famosa carga de la Brigada Ligera en la guerra de Crimea, se halla "Merkozy". Es que la UE no tiene hoy "dos" sino "tres" velocidades. Entre los diez y siete países del euro, en efecto, sólo cinco han merecido de las calificadoras Standard & Poor´s y Moody´s la "triple A" que ellas adjudican a los gobiernos de máximo rigor fiscal: Alemania, Finlandia, Luxemburgo, Holanda y Francia, debiéndose observar al respecto que la Francia de Sarkozy está en la "zona de promoción" porque dichas calificadoras podrían mandarla al descenso de esa suerte de "primera B" que es la siguiente categoría de "AAA-", donde ya se aloja Austria. Con esta posición intermedia, Francia cumple en cierto sentido el rol de conectar a la vanguardia con la retaguardia de los "eurodefensores".
Algunas naciones que se hallan en la "cola" de los "eurodefensores" como Grecia e Italia, vivirían con inmenso alivio que la eventual muerte del euro les permitiera lo que en vida del euro les está prohibido, a saber "devaluar". Recordemos cómo la Argentina salió aunque fuera desordenadamente en 2002 de su propia crisis mediante una gigantesca devaluación. Tomar esta medida de última instancia les es imposible, empero, a los países más débiles del euro. Para resistir esta tentación, Grecia, Italia y otras naciones fiscalmente en riesgo necesitan recordar, "a contrario sensu", que el abandono del euro equivaldría a disolver pura y simplemente la Unión Europea, a tirar por la borda el más de medio siglo de esfuerzos que costó construirla desde su iniciación en 1957.
Que "Merkozy" se empeñe pese a todo en salvar la unidad de Europa, responde a su vez a que ella ha sido posible hasta ahora como consecuencia de un episodio mayúsculo de la historia: la reconciliación de Alemania y Francia. No se olvide al respecto que estas dos naciones fueron las protagonistas de tres guerras que conmovieron al mundo. La primera de ellas fue la guerra franco-prusiana de 1870-1871, durante la cual el canciller Otto von Bismarck derrotó a Luis Napoleón III. La segunda fue la Primera Guerra Mundial de 1914-1918 y la tercera fue la Segunda Guerra Mundial de 1939-1945. Podría decirse entonces que la reconciliación franco-germana está en la base de la larga paz mundial de la que gozó, con sus idas y vueltas, el mundo contemporáneo. Ese "Quijote bidimensional" que es "Merkozy" tiene, por lo tanto, una razón de ser para seguir luchando que le viene del fondo de la historia..

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