Por: Luis Gregorich.La acelerada sucesión de episodios electorales puede compararse, según se crea más conveniente, con una partida de póquer o con una escalera empinada (la relación semántica entre las dos opciones no es casual).
En el póquer, aunque hay distintas modalidades, gana siempre el juego el que tiene la mejor combinación de cinco cartas. En las variantes Texas y Omaha, las más jugadas hoy, siempre hay cartas tapadas que se van descubriendo y que se combinan con las de la mano. De esta forma, no hay ganador hasta que se descubra la última carta.
En la Capital, el jefe de gobierno, Mauricio Macri, de una orientación política de centroderecha, ha sido reelegido, con una mayoría categórica de votos, en la primera y la segunda vuelta, por sobre Daniel Filmus, candidato del gobierno nacional. Hoy se discute acerca de cuántos votos macristas podrían inclinarse, en las presidenciales, en favor de la Presidenta. Sin embargo, dada la clásica independencia y volatilidad del voto porteño, tampoco es seguro que todos los votos de Filmus queden en el campo cristinista.
En Santa Fe, el ganador a lo Pirro fue el socialista Antonio Bonfatti, que quedó en minoría legislativa. Quien cosechó los mayores aplausos fue el segundo, el humorista Miguel del Sel, sin antecedentes políticos. Fue pobre la actuación de Agustín Rossi, representante de la presidenta Cristina Kirchner. Un buen aporte de estos comicios fue el uso de la boleta única, cuyo mérito principal es separar adecuadamente los candidatos a cargos ejecutivos de los candidatos legislativos, si bien el formato resultante es de una especie de lista sábana atenuada, como lo demuestra el triunfo de la cristinista María Eugenia Bielsa en la elección para diputados provinciales.
Ahora falta descubrir dos cartas: la del domingo 7 en Córdoba, con pronóstico reservado, pero con predominio en las encuestas de José Manuel de la Sota, peronista ligeramente disidente y ex gobernador, y la del domingo 14, con las ya mencionadas elecciones de alcance nacional, las abiertas obligatorias. Estas últimas, con todos los candidatos presidenciales designados y confirmados por los respectivos partidos y alianzas, resultan tan plausibles como el mejor teatro del absurdo, pero sirven como demostración de fuerza e incomprensible (para la mayoría de la población) ensayo general de las "verdaderas" elecciones nacionales del 23 de octubre.
De acuerdo con cómo se han dado las cartas hasta hoy, incluida Córdoba, donde no hay candidato del oficialismo nacional, la oposición parece estar entusiasmada y estimulada. Ha ganado, o ganará, en tres de los cuatro distritos más poblados de la Argentina. Sin embargo, la oposición, como bloque unificado y en esa medida exigente y poderoso, no existe. Los que han triunfado, o triunfarán, son candidatos locales, además distanciados ideológicamente entre sí. Mauricio Macri es el único que proyecta un liderazgo nacional, pero enderezado hacia el 2015. Por otra parte, el distrito que falta de los cuatro, la provincia de Buenos Aires, tiene más votantes que los otros tres reunidos, y allí las encuestas que se conocen son catastróficas para los opositores.
Ingresamos aquí la metáfora de la escalera empinada, y agregamos que está compuesta por cinco peldaños, tres de los cuales la oposición ha franqueado cómodamente, mientras se dispone a pasar el cuarto y espera, con cierta displicencia, la prueba de fuego del último, el más empinado y resbaloso de todos, y que podría desbarrancar a cualquiera que lo afronte con frivolidad. Es necesario que la oposición dé pasos firmes y convencidos hacia algunas formas de unidad ya, en las próximas semanas, para que en octubre tengamos una reñida competencia y no un mero trámite de números previsibles.
Por estos días, los distintos candidatos presidenciales de la oposición han iniciado una campaña de spots televisivos, aprovechando los espacios legalmente disponibles en los medios. Hay que decir que lo que se ha visto hasta ahora es de una pobreza imaginativa y de una falta de creatividad alarmante. Plañideros autoelogios se alternan con promesas difíciles de cumplir, articuladas en listados de realizaciones poco creíbles. Y todo basado en discursos trillados. Es cierto que estas piezas de propaganda nunca resultan decisivas en una elección. Pero pueden diluir afinidades y sugerir que quienes las emiten tienen, en el fondo, poca confianza en sí mismos.
Y, sin embargo, se percibe una visible transformación del clima político. El automatismo del "Cristina ya ganó" ha empezado a esfumarse. No se depende más de la última carta de la mano ni del azar que la determina, pero conviene rechazar el atolondramiento que implicaría una caída en el último peldaño.
La oposición, si mejora su discurso, si alcanza razonables consensos, si transmite una firme voluntad para administrar el futuro, si demuestra capacidad de sacrificios personales, llegará a octubre con posibilidades reales de ganar. ¿Es mucho pedir? Lo que no sobra es tiempo.








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