Por Alfredo Zaiat“Es totalmente falso decir que la emisión genera inflación”, sentenció Mercedes Marcó del Pont en la entrevista publicada en este diario el domingo pasado.
En esta misma columna de hace cuatro sábados se afirmó que considerar que la emisión de dinero se traduce en aumentos de precios, en cualquier circunstancia y contexto, es uno de los mayores éxitos de la ortodoxia en cuanto a influencia en la sociedad sobre el abordaje de temas económicos. Es una idea que está marcada a fuego, incluso en miembros de la heterodoxia. Si aumenta el gasto público, es inflacionario. Si se financia al Tesoro, es inflacionario. Si se utilizan reservas para pagar deuda, es inflacionario. Para la ortodoxia, toda intervención del Estado, en última instancia, es inflacionaria, aunque con excepciones. Por ejemplo, cuando rescata al sistema financiero o cuando financia, mediante líneas de créditos a tasas subsidiadas o beneficios fiscales, a grupos empresarios. Se revela así que la discusión no es teórica sobre la orientación de la política monetaria, sino que es otra eminentemente política referida a qué tipo de participación se pretende del Estado.
Miles de comentarios descalificadores en portales de medios cuestionaron a Marcó del Pont a partir de esa frase. Un hashtag en Twitter sobre el tema se mantuvo durante un día entre los más populares. Hubo artículos en tono escandalizado y comentarios varios evaluando el descuido de la titular del Central. Muchos de ellos siguen atrapados por la memoria de desquicios monetarios y financieros del pasado que, vaya paradoja, fueron provocados por quienes pretenden erigirse en guardianes del orden monetario. En el largo período que predominó la ortodoxia en el Banco Central fue cuando más descalabros se registraron en el sistema monetario y bancario. Desde 1976, cuando la dictadura liberalizó el mercado financiero y el Banco Central quedó en manos de los liberales, se sucedieron crisis bancarias, estafas a ahorristas, estatización de la deuda externa privada, estallidos inflacionarios, cambios de moneda. Los protagonistas de esas debacles, como sus herederos de ahora, son quienes encienden luces de alerta sobre los cambios operativos y conceptuales en el Banco Central. Es una reacción de autopreservación extraordinaria teniendo en cuenta el fracaso del monetarismo, naufragio al que no es necesario apelar a la experiencia argentina para corroborarlo, sino que basta con analizar el actual descalabro europeo.
La reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y el desafío cultural, con sólido respaldo teórico y práctico, sobre la emisión de dinero y la inflación, abre una nueva etapa, que en los hechos ya había empezado y que ahora se ha institucionalizado. La cantidad de dinero de una economía no tiene relación directa con la inflación. En la definición de la magnitud de la masa monetaria de la economía intervienen la tasa de interés, la tasa del crecimiento económico, el grado de utilización de los factores de producción, el grado de monetización, la velocidad de circulación de los medios de pagos. Las bancas centrales no controlan la cantidad de circulante, sino que puede intervenir en ese sentido manejando la tasa de interés o el tipo de cambio. Las metas cuantitativas no son una herramienta para gestionar la política monetaria.
Esta concepción se basa en renovadas ideas propuestas por economistas enrolados en la escuela poskeynesiana. Entre sus aportes se destaca que definir los niveles de tasas de interés por parte del Banco Central es clave porque estiman que esa variable es relevante en la distribución del ingreso por su efecto sobre el crecimiento y el empleo. Afirman que los aumentos de precios dependen del resultado del conflicto entre los trabajadores y las empresas por la distribución del ingreso. En esa tensión la fuerza de los trabajadores está vinculada con su grado de organización, y aumenta cuando es baja la tasa de desempleo. En tanto, el poder de las empresas para compensar el alza del salario nominal subiendo precios para mantener su tasa de ganancia depende de la competencia en la economía (con más margen en mercados oligopólicos o monopólicos), de la productividad y de la correlación de fuerza con los sindicatos. Otra de las bases de la economía poskeynesiana es que la demanda agregada (consumo e inversión) está muy relacionada con la tasa de interés. Si ésta aumenta, baja esa otra variable, y viceversa. A la vez, la tasa de desempleo depende inversamente de la demanda agregada. Esto es, si aumenta el gasto disminuye el desempleo. También la desocupación está relacionada positivamente con la tasa de interés: a mayor tasa menor demanda, por lo tanto, mayor desempleo.
Esta esquemática reseña sirve para exponer que la tarea principal de la política monetaria del Banco Central es la intervención en el nivel de la tasa de interés, y no en la expansión cuantitativa del dinero. Existe divergencia entre miembros del poskeynesianismo sobre cómo definir el nivel de la tasa de interés. Unos proponen que en términos reales debe ser cero, o sea la tasa nominal igual a la inflación esperada. Otros sugieren un nivel “justo”, en el cual la distribución del ingreso sea neutral, en cuyo caso deber ser igual al promedio de la productividad del trabajo. En una y en otra opción, ese marco de política monetaria favorece un mayor grado de libertad de la política fiscal y la política de ingresos. El poskeynesianismo considera que la economía no tiene una tendencia natural al pleno empleo, entonces propone la intervención estatal para alcanzar ese objetivo. Otro postulado importante es que la producción se ajusta a la demanda y, por ese motivo, el incremento del consumo (público y privado) es el principal incentivo a la inversión. Es decir que a corto y largo plazo la economía está dirigida por la demanda; no por las restricciones en la oferta.
La escuela poskeynesiana no se plantea como un cuerpo de ideas de verdades absolutas, sino que lo desarrolla en un marco que es definido como de incertidumbre total, donde el futuro es imprevisible, puesto que está estrechamente vinculado con el del tiempo histórico. Definición que colisiona con los postulados tradicionales. En Teorías monetarias poskeynesianas, los economistas Pierre Piégay y Luis-Philippe Rochon afirman que “es necesario desconfiar de los que pretenden detentar la exclusividad –y, por supuesto, la tenencia de la verdad– sobre teorías, paradigmas, sistemas, sean cuales fueren. Es necesario desconfiar, sobre todo, de los que pretenden poseer el verdadero sentido, derivado de una hipótesis única”. Para concluir que la complejidad del sistema económico actual invita a ser prudentes cuando se trata de sugerir un análisis. Ambos destacan que su intención es más modesta: “Mostrar que las teorías monetarias poskeynesianas son fieles a ciertos aspectos del análisis de Keynes y cuáles de ellos constituyen importantes avances”. Modestia de la que la ortodoxia carece pese a sus rotundos fracasos.

Comentá la nota