La política y la paritaria que no tienen techo

Los efectos del aumento de las dietas, la crisis fiscal y las provincias. Bonfatti viajó a reunirse con Abal Medina en un intento de oxigenar la relación con la Nación. El gobierno provincial no tiene mucho margen para la confrontación.
La autoparitaria del 100 por ciento de los legisladores nacionales, la emergencia de afloraciones represivas, y el renovado anclaje del discurso político en la agenda empresarial describen el actual momento del modelo de la posconvertibilidad. El rulo que dibuja sobre sí mismo en busca de restaurar, ajustar y, en última instancia, volver sobre los pasos del programa que surgió como producto de la crisis de 2001.

En un contexto de ajuste, los reflejos noventistas del proyecto X, los palos a los manifestantes contra la minería del cielo abierto, la impugnación de los reclamos sindicales y el ombliguismo de la clase política, encadenan un proceso descubierto ya en la previa al cronograma electoral del año pasado.

Un reflejo termidoriano sobre el programa de 2001 que, curiosamente o no tanto, se aceleró con los resultados electorales, cuando casi en un 80 por ciento se votó a expresiones políticas que se consolidaron como representantes de esa etapa, con el 54 por ciento de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a la cabeza.

La clase política tradicional, la que está profesionalizada en distintos grados, hizo una lectura extrema de esa montaña de votos. Y se le subió a la cabeza. No sólo dimensionó el enorme margen de maniobra que le otorgaba para pararse frente a los poderes fácticos que hasta ayer se ilusionaban con un retorno al espíritu de los 90, sino como la curación definitiva del síndrome del "Se vayan todos".

Esta consigna tan contundente, polémica y compleja como la de la "sintonía fina" marcó la cancha a la política y la economía de los 90. Forzó una renovación, rescató discursos y tradiciones épicas, recuperó paradigmas económicos y recreó instituciones sociales que construyeron como realidad un modelo de gobernabilidad progresista, que sin descuidar la restitución de las condiciones de extraordinaria rentabilidad a los grandes grupos capitalistas, les impuso pisos distributivos que garantizaran su propia sustentabilidad. Y, con la sangre de principios de siglo todavía fresca, elevó a la categoría de tabú la represión de la protesta social.

Como marco ideológico discursivo, ese utillaje se conserva, pero la acción política que abriga se transforma. Salvando las distancias, es como la historia del PRI y la revolución mexicana. La parafernalia ideológica disfraza la tarea de domesticar al movimiento de origen.

Está claro que este no es un proceso lineal. De allí la centralidad del concepto de sintonía fina, el dispositivo que propone el ajuste no como directiva cerrada sino como una propuesta envenenada de disputa política y social. No hay dudas de su significado último. Los discursos presidenciales del último año, el desagio de las autoridades laborales nacionales y provinciales, la intervención en las paritarias y la identificación de la estrategia antiinflacionaria con los techos en la negociación salarial, la describen. Así la viven los trabajadores de la región que soportan inermes la nueva ola de telegramas y así lo entienden los intelectuales orgánicos de esta etapa, como el presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), José Ignacio de Mendiguren.

Pero aun dentro de esa lógica, la sintonía fina es un laberinto de disputa, donde alumbra también una nueva política industrial, de comercio exterior, de política externa, de administración cambiaria y de distribución de subsidios que, aunque tardíamente en muchos casos, remiten a los primeros fundamentos del modelo.

En los últimos tiempos impulsa, incluso, un nuevo "federalismo", auspiciado desde el poder central en el caso de los gobiernos provinciales que se organizaron para erigirse en guardia pretoriana de las mineras, o en el de los Estados petroleros que redescubrieron la cruzada para defender lo que queda del petróleo.

En esta nueva sintonía federal intentó acomodarse el gobernador santafesino, Antonio Bonfatti, cuando viajó a reunirse con el jefe de Gabinete de la Nación, Juan Manuel Abal Medina, en busca de oxigenar una relación que hasta ahora se desenvolvió con fuerte espíritu rivadaviano. Abundante en chicanas de caja, como el no pago de los aportes que la Nación debe hacer a la Caja de Jubilaciones, y burocráticas, como el boicot al aeropuerto de Rosario. Cómo armonizará esta nueva estrategia el gobernador con el creciente antikirchnerismo de Hermes Binner a nivel nacional, será parte, probablemente, de otro tipo de sintonía fina al interior del socialismo.

La alianza gobernante en la provincia no tiene mucho margen para abrir frentes de confrontación. Sin plata, sin luz y sin brillo, atraviesa el verano caliente intentando convertir la debilidad en fortaleza, poniendo la crisis fiscal como arma de negociación con contratistas, gremios públicos y opositores para financiarse, moderar la puja salarial y aumentar impuestos.

Y así navegar de la mejor manera posible en las aguas encrespadas de la desaceleración económica y el ajuste, del que sólo parecen escapar los dueños del capital, los funcionarios y los representantes que consideran que su trabajo vale más que el de los que quieren recortar. Una certeza encriptada en la autoparitaria de los legisladores nacionales pero también en la decisión del gasto político de los distintos niveles de la administración pública o en el privilegio de los jueces que no pagan impuesto a las ganancias. Una concepción de la tarea política que, presentada con la perversa y anacrónica bandera de "no dejar la política en mano de los ricos y los ladrones", lejos de combatir con las formas aristocráticas de representación, no hace más que abofetear a los militantes de a pie que ven en la política una herramienta de transformación y no un servicio tarifado no sujeto a regulación.

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