Por Emilio J. CárdenasEx embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
La palabra narcisismo es sinónimo de arrogancia, vanidad y egocentrismo. Proviene de la mitología griega. Concretamente, de la conocida leyenda de Narciso, un joven atractivo que buscaba afanosamente de quien enamorarse
La leyenda sintetiza todo lo trágico que hay en el narcisismo: Narciso queda congelado en su propia admiración, incapaz de acercarse a nadie más y, como si fuera poco, lastima terminalmente a Eco sin conmoverse. Cabe advertir que supone una visión inflada y groseramente exagerada de uno mismo, que no sólo impide ver las deficiencias propias, sino que además no permite advertir las virtudes y bondades de los demás.
Es notorio que algunas de nuestras principales figuras del mundo de la política parecen padecer este mal. Lo que se advierte en la existencia de una noción grandiosa de sí mismos, que desgraciadamente no responde a la realidad, pese a que ellos no lo advierten.
Presos de una exagerada auto-estima, se sienten superiores. Suponen que no pueden equivocarse, como cualquiera. Todo empieza y termina en ellos. Su verdad deviene la única. Los demás, si disienten o no concuerdan con ella, simplemente están equivocados. Relacionalmente, esto genera una total incapacidad de escuchar. Y, peor, la imposibilidad de reconocer errores propios y saber soportar críticas, que se toman como insultos o agresiones.
Por todo esto los narcisistas no sólo son -con frecuencia- incapaces de cambiar sus conductas, sino que suelen tomar riesgos exagerados, ya que suponen que no pueden equivocarse. Lo que es obviamente peligroso para los gobernados o administrados, que en algún momento pagarán por sus errores.
El narcisismo no es auto-estima, tampoco serena confianza en uno mismo. No es sano optimismo. Es una auto-admiración que exige subordinación y sumisión y se alimenta en la obsecuencia. De allí que los que lo padecen pueden perder fácilmente noción de la realidad y caer en la propia fantasía. En paralelo, el ambiente facilita las cosas. Culturalmente nuestra sociedad padece de lo que luce como una creciente epidemia de narcisismo. El aumento exagerado de la cirugía plástica; la pasión descontrolada por la cosmética; la obsesión por las marcas; la curiosidad malsana por sumergirse en el mundo frívolo de los “famosos”; la adopción de nombres inusuales para los hijos, apuntando a marcar de inicio una diferencia; el ‘inflar‘ el ego de los hijos; el aumento de la falta de respeto y de la deslealtad, que ya no merecen la condena que esas actitudes antes generaban, son ejemplos de que, de alguna manera, buena parte de nuestra sociedad puede haber caído en el fenómeno del narcisismo.
Por esto, quizás, la egolatría de los dirigentes narcisistas (que para algunos pocos es insoportable) no provoca en el conjunto de la sociedad el nivel de rechazo generalizado que debiera generar.
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