Por Fernando LabordaLa sorpresiva irrupción en el escenario político de la hasta hace poco ignota senadora oficialista Adriana Bortolozzi, quien permitió con su presencia que la Cámara alta saliera de su parálisis y declaró públicamente que siente "miedo", añadió un toque de dramatismo a la interminable pelea por el control del Congreso.
Días atrás, el titular de la Asociación de Magistrados, Ricardo Recondo, denunció la sistemática presión del gobierno kirchnerista sobre los jueces. Entidades periodísticas han expresado reiteradamente que hay una política tendiente a silenciar a la prensa. Y en un contexto en el cual el grupo gobernante parece empeñado en hostigar a quienes se oponen a sus designios, semanas atrás fue incendiado en Caleta Olivia, Santa Cruz, el automóvil de Adela Gómez, una periodista que acostumbra investigar al poder político provincial. No se escuchó ninguna voz de la Casa Rosada que condenara ese hecho. En sus pretendidas clases de periodismo, los Kirchner suelen recalcar que la prensa sólo debe limitarse a informar; no conciben el periodismo de opinión y mucho menos el de investigación, especialmente cuando se trata de investigarlos a ellos.
La semana última, distintos representantes de sectores empresariales y sindicales se negaron a consensuar un documento sobre la pobreza impulsado desde la Comisión de Justicia y Paz del Episcopado. La razón era obvia: su temor a ofender al Gobierno y a sufrir alguna clase de represalia oficial.
La política del miedo comienza a calar profundamente en algunos estratos de la sociedad. El ex presidente Eduardo Duhalde sorprendió anteayer a quienes lo escuchaban en un almuerzo efectuado en el Club Americano, cuando confió: "Conozco empresarios importantes que tienen pesadillas porque temen quedarse un día sin empresas. Piensan en Chávez y su frase preferida: exprópiese".
Infundir miedo se ha convertido en el hobby preferido del Gobierno. Esa estrategia se combina con los abusos de poder que le da el uso discrecional de la caja. Ultimamente, para inyectar en los gobernadores el temor a no recibir fondos si no cooperan persuadiendo a los legisladores nacionales de sus distritos para que voten como se espera de ellos en Olivos. La extensión de los tentáculos kirchneristas hacia entidades que deberían manejarse con independencia, como la AFIP o el Banco Central, va en igual sentido. Y si la persuasión no funciona, siempre queda lugar para la prepotencia tan clásica de Guillermo Moreno, los escraches y piquetes, además del espionaje denunciado hasta por ex funcionarios K.


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