Por Carlos PagniEn Brasil son muchos los analistas que reprochan a los constituyentes de 1988 haber hecho coincidir las elecciones presidenciales con los campeonatos mundiales de fútbol. Por culpa de esa superposición, las campañas brasileñas adquieren una volatilidad exasperante. Así de fuerte es allí el vínculo entre fútbol y política.
Son hipótesis. Es imposible saber si el fútbol proyecta sus estados de ánimo de manera tan automática sobre la política. Sin embargo, casi todos los dirigentes con alguna fama, en una mueca de pasable demagogia, se sirven del Mundial como insumo de campaña. Aparecen en los medios como hinchas apasionados, pegados al televisor en sus oficinas o gritando los goles en un bar en el que jamás ingresarían si no fuera porque hay un fotógrafo dispuesto a retratarlos.
Pero la política no busca al fútbol sólo para atraer a una sociedad cada vez más veleidosa con quienes buscan representarla. Estas dos actividades se comunican por los fondos en un mismo entramado de poder. Mauricio Macri no gobernaría Buenos Aires si antes no hubiera estado al frente de Boca, con un staff bastante parecido al que lo acompaña en la ciudad -hasta Ciro James, parece, hizo los palotes en la Bombonera-. Gracias a esa experiencia, el alcalde cultiva la amistad de un prócer del azul y oro como Enrique Nosiglia, come asados con Hugo Curto, y abrió lazos hacia Duhalde a través de Carlos Ben, secretario de actas del club y encargado de prensa del ex presidente. También hay que buscar en Boca el origen de algunas contradicciones políticas de Macri. ¿O la disputa porteña con Carlos Heller no nació allí?
Daniel Passarella venció en River a un aparato montado por los Werthein, el diputado kirchnerista Juan José Alvarez y el ministro porteño Diego Santilli. Hugo Moyano controla parte de la barra brava de Independiente, y su yerno, Claudio Tapia, preside Barracas Central. Pero para su proyecto político Moyano creó Camioneros Fútbol Club, que juega en primera C con un despliegue económico de primera A. Ahora, los chicos de Moyano bajan de los colectivos en las canchas como lo hacían en los congresos sindicales, al grito de "camioné?, camioné?" Sergio Massa es intendente de Tigre también gracias a que maneja el club Tigre. Y Juan Zanola ya se había entrenado en la bancarrota de Huracán antes de llevar a la quiebra a la Bancaria. Cuando Néstor Kirchner y Alberto Fernández quisieron vengarse de Luis Barrionuevo, lo fueron a buscar a Chacarita, no al Sindicato de Gastronómicos. Y cuando a Kirchner los médicos le anunciaron que lo operarían de la carótida, contestó: "Entonces, apúrense que a las 8 juega Racing". Racing consiguió el financiamiento del Banco Hipotecario por una orden del santacruceño a Diego Bossio. En cambio, la Presidenta mira el deporte a la distancia. Aunque debió interesarse un poco más en 2005, cuando sacó a doña Ofelia Wilhelm, su madre, de la riesgosa lista armada por el polémico Juan José Muñoz en Gimnasia y Esgrima La Plata.
Esta familiaridad entre fútbol y política recorre la historia desde los años 30. Pero tal vez nunca -si se exceptúa el Mundial del 78- fue tan intensa como en la copa que se está jugando en Sudáfrica. El Gobierno depende de su alianza con la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) para iniciativas cruciales. Gracias a la estatización de las transmisiones de los partidos, por ejemplo, Kirchner cree haber obtenido una plataforma inigualable para publicitar su candidatura para 2011. Esa relación económica con la AFA intriga a diputados de la oposición. Algunos fueron a pedir explicaciones a Julio Grondona. Un par de ellos está ahora en Sudáfrica, hinchando por la Argentina. Es cierto, todo pasa.
Confianza en la selección
Los Kirchner y Grondona necesitan un gran desempeño de la selección para avanzar en el segundo tramo de su business plan: el régimen de apuestas deportivas para el que ya se prepara Cristóbal López, esa especie de ministro de ruletas y tragamonedas del kirchnerismo.
Aníbal Fernández es una pieza clave del montaje, por su estrechísima relación con el quilmeño José Luis Meiszner, mano derecha de Grondona en la AFA. Meiszner es el padre del titular del Registro Nacional de Armas, a quien Elisa Carrió acusó de apañar a Martín Lanatta, presunto autor intelectual del asesinato de Sebastián Forza y otros dos empresarios en General Rodríguez.
En las relaciones del kirchnerismo con el fútbol aparecen, a partir de estas referencias, sombras mucho menos edificantes, como las que rodean a la deportación de barrabravas argentinos, por razones penales, desde Sudáfrica.
El ex presidente de Vélez Sarsfield, Raúl Gámez, dijo que esos hinchas están apadrinados por Fernández, la AFA y la Policía Federal. "El Gobierno tiene características de ese tipo, de comprar mano de obra violenta para algunas marchas políticas", explicó. Fernández, en uno de sus habituales ataques de ira, querelló a Gámez. Pero su detractor no es un improvisado. Si bien fue barra brava del Fortín en tiempos en que ese rol no tenía el carácter patibulario de estos días, ganó fama de corajudo en un cabaret de Rosario, cuando se agarró a trompadas con Carlos Monzón. Más allá de leyendas, Gámez fue un gran opositor de Grondona en la AFA. Sobre su gestión en Vélez nunca pesaron acusaciones morales, y en su entorno nacieron dos estrellas de la dirección de equipos: Carlos Bianchi y Marcelo Bielsa.
Las deportaciones desde Johannesburgo y las acusaciones de Gámez llevaron los reflectores hacia el engendro -como lo llamó Fernández- de Hinchadas Unidas Argentinas. Se trata de una ONG liderada por el kirchnerista Marcelo Mallo, a la que la Justicia investiga por presuntas vinculaciones con la Oficina Nacional de Control Comercial Alimentario (Oncca). Los Kirchner ya habían insinuado que podían concebir a la barrabrava como una institución modélica por el papel que le asignaron en su administración a Guillermo Moreno y sus muchachos. Pero lo que parecía impensable es que formalizaran esa axiología registrando entre sus organizaciones sociales a una liga de agitadores del tablón.
De todos modos, el Gobierno no había imaginado el Mundial como una vidriera de sus contactos con el hampa. Al revés: quiso que fuera un velo para algunas operaciones controvertidas. El movimiento de la pelota impediría ver que el canje de Amado Boudou viene siendo un fracaso. Moreno organizaría una nueva agresión en Papel Prensa para el día del debut del seleccionado. Y los Kirchner avanzarían sobre la asamblea de Gualeguaychú.
Esta operación parece sobrepasar a Aníbal Fernández. Se notó cuando tomó del brazo a Julio Alak para sacarlo de una conferencia de prensa, sin importarle que el ministro de Justicia estaba contestando una pregunta. O cuando, en un asado del viernes pasado, Kirchner lo hostigó por haber tardado medio día para que el procurador del Tesoro, Joaquín da Rocha, llegara al Litoral, pues fracasó un intento en avión y otro en helicóptero. Tal vez el fútbol venga, de nuevo, en auxilio de Fernández.
El comerciante Abel Martínez Garbino lidera la ONG Ciudadanos Movilizados, que querelló a los piqueteros de la asamblea. También preside la Asociación del Fútbol de Gualeguaychú. Por su parte, el gobernador Sergio Urribarri encabeza la liga de clubes de Concordia. Ambos son amigos de Grondona, amigo de Fernández. ¿Hay que esperar del deporte la solución que no encuentra la política?
























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