El poder sindical

Daniel Muchnik.

En las encuestas de imagen, salvo escasas excepciones, los sindicalistas se arrastran por el suelo. La población, en general, les desconfía. La historia de ese sindicalismo, desde el regreso de la democracia está preñada de acusaciones de corrupción y enriquecimiento.

Se pueda probar o no semejante delito, lo cierto es que la administración de Carlos Menem, liquidadora de los activos estatales, los transformó en empresarios ricos, en socios de los capitalistas que se quedaron con las empresas privatizadas. Después se fueron agregando otras acusaciones, como esa que sugiere el manejo espurio de las obras sociales, que tuvo como protagonistas en las denuncias a Patricia Bullrich y a Graciela Ocaña. También está pendiente por aclarar la complicidad de algunos de ellos con el poder militar y la represión en tiempos de la Dictadura.

Hasta la aparición en escena de Hugo Moyano, el dirigente camionero, los sindicalistas, desprestigiados, no representaban un polo de presión política.Eran abúlicos y anodino. En los años ochenta la CGT y Saúl Ubaldini exageraron los reclamos y perturbaron el diálogo ante el gobierno de Ricardo Alfonsín. En los años noventa cuando todos aplaudían de pié a la Ley de Convertibilidad, cuando no formulaban quejas frente al crecimiento descomunal de la desocupación (que llegó al 17 por ciento de la población activa en 1997) y acallaban los reclamos de las bases, Moyano, como su socio de entonces, Juan Manuel Palacios, le hicieron frente al poder. Sacaron documentos, cuestionaron la fantasía del uno por uno, reclamaron por fuentes de trabajo y salieron a defender la industria nacional, que había sido acorralada y mutilada por Domingo Cavallo.

Moyano sostenía entonces que una fábrica cerrada significaba hogares sin trabajo y sin futuro, gente arrojada a la vera del camino, los que ante el avance de la tecnología no volverían nunca más a manipular una máquina. Pero Moyano no fue el único de aquella increíble movida. Víctor de Gennaro, desde la CTA, movilizaba la protesta como pocos, organizaba marchas en Buenos Aires, en el interior y de las provincias hacia la capital administrativa de la Nación. Lo que diferenciaba a uno del otro era la formación intelectual y política, donde de Gennaro se movía a las anchas. Pero Moyano tenía los camiones, un coraje singular y la opción de paralizar el transporte y la producción en todo el país.

Con los años Moyano fue construyendo su propia estatua, su figura inconmovible. Dotó a su gremio de un sentido de la combatividad y la presión pocas veces visto. Absorbió afiliados a otros gremios, construyó su figura como un ejemplo de desmesura. Concilió con el ex presidente Kirchner, a través de intensos y periódicos diálogos, pero mantuvo sus reclamos que se plasmaron directamente en “aprietes”. Y consolidó, precisamente el “apriete” como método terrible pero eficaz de lucha, para conseguir lo que quería. Para enfrentarlo hay que tener un poder de similar envergadura. Hoy, el gobierno, en la vereda de enfrente de los intereses de Moyano ¿tiene ese poder?

El gobierno conserva en sus manos trámites judiciales que podrían ponerlo a Moyano en un serio apriete. Pero Moyano ha montado una movida política de alto vuelo. La convocatoria a Plaza de Mayo contra la presión inaudita del impuesto a las ganancias sobre algo más de 2 millones de trabajadores y de 200.000 jubilados y pensionados y que castiga a profesionales y al resto de la clase media es una bandera que unifica, a la cual sólo los seguidores del gobierno pueden oponerse. Ha divido al país en dos.

Está claro que el gobierno se ha enredado en una pésima gestión administrativa. Los últimos meses, las medidas oficiales han entorpecido el trabajo y la producción industrial, con el control de importaciones y el control de cambios y una persecución alocada contra aquellos que buscaban refugiarse de la inflación comprando dólares... Desde el 2003 que se viene prometiendo una reforma impositiva que no se la ve por ningún lado. La presión fiscal, general, ha trepado del 22 por ciento del Producto Bruto Nacional al 35 por ciento. La base no modificada del Impuesto a las Ganancias puede hacerle perder a demasiados trabajadores medio aguinaldo o un aguinaldo entero. Pensar que se está hablando de un impuesto que sólo pagaban los ejecutivos y los muy altos sueldos. Nacido en la década del treinta como impuesto a los réditos, el Perón de la tercera presidencia lo llamó Impuesto a las Ganancias. Sin duda que, por sus características actuales, se trata de una gabela que se contradice con los principìos del peronismo histórico.

¿Cómo termina la película? Modifique o no el gobierno lo que reclaman los obreros y la clase media, el ganador de este encuentro es Moyano. A partir de aquí se agudizarán los problemas en torno al control del poder.

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