“Pobre México, tan lejos de Dios, tan cerca de Estados Unidos”, dijo Porfirio Díaz. Con justicia, en los tiempos que corren, la frase podría aplicarse a muchas ciudades del interior. Quizá no tanto el tema de Dios, pero si por lo de la cercanía a los grandes centros poblacionales que están “exportando” sus miserias.
El gobierno concentró todos los recursos para evitar que esa capital, donde viven veinte millones de almas, entre en estado de anarquía.
Ahora bien, mientras la capital se va blindando y volviendo “segura”, el interior queda desguarecido, librado a su suerte. Ciudades como Monterrey, hasta hace poco pacíficas y con una clase media acomodada, están a punto de convertirse en una suerte de “estado fallido”; es decir, zonas liberadas en las que la policía puede hacer poco y el delito pasa a ser parte de la vida económica de la comunidad. Para colmo de males, el gobierno movilizó al ejército y, ya se sabe, las fuerzas armadas son el último bastión de defensa de un país. Si ellas fallan, caen todas las barreras (por eso los gobiernos evitan movilizarlas). Y no sólo están fallando, sino que en ciertos lugares se encuentran diezmadas.
Mutación delictiva
Aunque a diferencia de Argentina, ellos deben lidiar con el narcotráfico a gran escala, el delito es un problema grave y creciente a nivel universal, cuyas pautas de funcionamiento operativo tienden a cambiar. Por lo general, antes seguíamos esta lógica: Las grandes urbes son peligrosas y el interior, más allá de algún que otro episodio aislado, sigue siendo un espacio seguro.
El tema es que la experiencia mundial habla de una mutación en la conducta de los delincuentes que, corridos de las áreas de alta concentración de población, eligen el interior en busca de nuevas víctimas; espacios donde encuentran a la gente más relajada y a las instituciones con la guardia baja.
La sucesión de hechos delictivos que conmueve a Junín es una señal de alerta. Uno puede pensar que se trata de una ola de robos aislados que va a pasar, o entender la realidad dentro de un contexto más amplio. Estamos en una ciudad importante, con mucha vida comercial y una clase media que resulta “tentadora” a los ojos de la delincuencia que puede entrar y hacer de las suyas sin demasiado problema, ya que su accionar todavía sorprende y desconcierta.
Los 260 kilómetros que la separan de Buenos Aires podían ser un puente “separador” años atrás; hoy por hoy es una vía de conexión que deja a todos expuestos.
Además, el mito de que la Ruta 7 no tiene escape resulta discutible debido a la falta de coordinación y hasta de vigilancia (la recorro todas la semanas y hay kilómetros y kilómetros en los que se ve a nadie”.
Tranquilidad, una
trampa invisible
En lugar de intentar conservar la tranquilidad de la zona y negar lo que está ocurriendo, las autoridades deberían entender que esa tranquilidad, históricamente un diferencial que hablaba del estilo de vida juninense, es hoy una trampa invisible que los delincuentes tienen muy en cuenta.
No se trata de sembrar paranoia, pero aunque pueda resultar políticamente incorrecto, la comunidad debería levantar el nivel de alerta y entender que, poco a poco, se está convirtiendo en presa fácil de una delincuencia que tiende a buscar espacios menos hostiles sobre los que opera con idéntico grado de brutalidad.
El asalto a los tres jóvenes en avenida Intendente de la Sota y Alberdi que ocurrió el jueves por la noche (ver recuadro), tiene todas las características violentas y salvajes de los hechos que ya son costumbre en el Gran Buenos Aires.
Perturba también que los chicos hayan sido asaltados por respetar las normas de tránsito (pararon en un semáforo), lo que vuelve el asunto mucho más dramático. Cerca de Buenos Aires y rindiéndole culto a un estilo de vida que la delincuencia aprovecha, Junín está en peligro.

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