La plasticidad del discurso

Por: Ricardo Kirschbaum.

La Presidenta ha recurrido a una sugerencia del Fondo Monetario para justificar el uso de las reservas para pagar la deuda. Así, Cristina Kirchner, ante empresarios en Washington, recurrió a una simbología muy poco grata para la militancia que la sostiene: el FMI, el pago de la deuda y Washington.

De hecho, la normalización de la relación del país con el mundo, profundamente alterada desde el default, es un paso obligado: el aislamiento no es sostenible a largo plazo. El análisis de cómo el Gobierno coloniza la verdad para preparar el escenario a sus intereses y hacer digerible estas decisiones es ilustrativo de cómo se adecuan los principios a las necesidades pragmáticas de la administración.

La política está plagada de estas paradojas y contradicciones entre la teoría y la realidad. Como el apoyo de la izquierda que simpatiza con el Gobierno con el pago de una deuda a la que ese sector calificaba hasta hace poco de "ilegítima". O, en ese mismo sentido, la pretensión de presentar la grosería de que la cadena oficialista de medios, cada vez más extendida, es el ejemplo más evidente de la diversidad informativa. Son dos cuestiones, entre muchas, de la plasticidad del discurso oficial para avanzar en temas complejos sin despertar reacciones entre sus adictos más fanáticos, ocupados como están en encontrar en cada opositor la bestia negra a la que se debe destruir, o adviertan que lo que apoyan hoy era lo que criticaban ayer.

No es, ya se sabe, el caso de otros tránsfugas que han saltado del libre mercado al keynesianismo por pura conveniencia personal y que harán, seguramente, el camino inverso apenas sientan que se les escurre el poder.

La polarización extrema es la que disimula el cambio de políticas y pone sordina al debate, sustituyéndolo por la amenaza de un peligro mayor.

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