Por: Mariano Grondona.Cuando Roma era joven, entró en conflicto con la vecina ciudad de Alba. Para evitar una sangrienta guerra entre ellas, las dos ciudades acordaron que las representaran tres guerreros por cada una, en un duelo mortal. La elección de Roma recayó en los hermanos Horacios, en tanto que Alba eligió a los hermanos Curacios.
Haya conocido o no esta antigua leyenda, Néstor Kirchner ha empezado a reproducir la estrategia de Horacio. Solitario en su duelo por el poder, tiene enfrente a tres modernos Curacios: Mauricio Macri, quien ya se lanzó en procura de la presidencia; el candidato que surja de la interna radical entre Ricardo Alfonsín y Julio Cobos, y quien resulte al fin el candidato del peronismo federal. Sumados, nuestros Curacios son más que nuestro Horacio. Pero, como corren con diversos ritmos, podrían ser vencidos uno por vez.
Y así es como Kirchner ha concentrado su primer despliegue de energía contra Macri. Lo ha hecho al promover el procesamiento del jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires con la complicidad de aquellos jueces que todavía le responden, comenzando con el juez Norberto Oyarbide y siguiendo con los miembros de la Cámara Federal Jorge Ballestero, Eduardo Freiler y Eduardo Farah, quienes acaban de confirmar el procesamiento que dictó Oyarbide contra Macri, al que sólo le queda ahora recurrir a la Cámara de Casación, última instancia en materia criminal, para no tener que enfrentar un juicio oral por las escuchas ilegales que se le imputan. Aun si Macri pudiera prevalecer en esta instancia, pasaría un buen tiempo a la defensiva y esto es a lo que en definitiva aspira el ex presidente: no tanto a encarcelar a Macri, algo imposible aunque le gustaría, sino a desgastarlo por el mayor tiempo posible para que no llegue en buenas condiciones a la confrontación final.
Más, pero desunidos
Desde el momento en que cada uno de ellos, llevado por su narcisismo, buscaba ser reconocido como el principal vencedor de la contienda, la falla capital de los Curacios fue no coordinar sus acciones. Si hubieran decidido luchar juntos, habrían vencido. Del mismo modo, nuestros opositores no persiguen uno sino dos objetivos: un objetivo que les es común es derrotar a Kirchner, pero cada uno de ellos busca además derrotarlo a su manera y en su propio beneficio. Esto se vio en las reacciones divergentes de los opositores al conocerse la confirmación del juicio a Macri. En la Legislatura porteña, así, en tanto que los diputados macristas cerraban filas en torno de su líder, otros diputados pedían investigarlo pese a no ser kirchneristas. Lo mismo había ocurrido cuando parte de la oposición apoyó al Gobierno, que proponía en el Congreso la expropiación de los fondos de los jubilados en beneficio de la Anses, a lo mejor sin advertir que su opción ideológica en favor de la estatización de esos fondos sería utilizada por el kirchnerismo para ampliar decisivamente el poder de la "caja" con olvido de los jubilados, esos eternos postergados. Lo mismo acaba de ocurrir también cuando Kirchner dividió otra vez a la oposición al apropiarse de la bandera del matrimonio gay y obtuvo una estrecha victoria en el Senado gracias a votos tan "opositores" como los de Sanz, Morales y otros senadores no kirchneristas. ¿Cuál es entonces la intención principal de los opositores, vencer a Kirchner o competir entre ellos?
Al no mostrarse desgarrado, en cambio, por opciones ideológicas o morales, Kirchner tiene a su favor la unidad de propósitos, ya que sin dejarse seducir por ningún principio, únicamente busca ampliar su poder, como sea, en dirección de 2011. Parece cumplirse de este modo la negra profecía que concibió el autor "maquiavelista" Gaetano Mosca al decir que no creía en la democracia, que consagra solemnemente el predominio de la mayoría sobre la minoría, porque en ella una "minoría organizada" prevalece sobre una "mayoría desorganizada". Habiendo sometido a sus partidarios a una férrea disciplina detrás de su obsesión por el poder, Kirchner, pese a ser minoritario, obtiene entonces una victoria tras otra a costa de la mayoría opositora, y el único remedio que le queda a ésta contra él parece ser, de un lado, reunirse en torno de banderas comunes como lo es hoy la de apoyar la meta del 82 por ciento a la que aspiran los jubilados, quitándole la iniciativa al Gobierno, y, del otro, que la sociedad, escandalizada por la desaprensión del kirchnerismo, termine condenándolo otra vez como el 28 de junio de 2009.
¿A quiénes ayuda Dios?
Quizá Kirchner tampoco leyó a Mosca, pero aunque no lo hubiera leído parece seguirlo al pie de la letra. Dice un cínico refrán que "Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos". Tomando a Mosca, hasta podría decirse que "Dios ayuda a los malos cuando, a pesar de ser menos, están mejor organizados que los buenos". Consciente o inconscientemente, ¿sigue Kirchner esta inquietante consigna? ¿Es posible que haya pensado que la sucesión de pequeñas victorias que va obteniendo frente a una oposición no coordinada comunica la impresión de que es invencible porque sólo un luchador sin reglas ni escrúpulos como él es capaz de domar el potro sin frenos de la dispersa Argentina?
Si al fin logra su propósito, podría ocurrir que después de las elecciones, ante la perturbadora visión de un país empujado ya sin trabas al chavismo, los opositores cayeran finalmente en la cuenta de las consecuencias catastróficas de su desunión. Pero, entonces, como ya ocurrió en Venezuela, sería demasiado tarde. ¿De qué valdrían en tal caso las lamentaciones?
Según una aleccionadora fábula, una familia de liebres, al verse acometida por una jauría de perros, se puso a discutir si sus atacantes eran o no eran galgos sin advertir que, fuera cual fuere su naturaleza, los agresores se les estaban viniendo encima. Gracias quizás a su íntimo desprecio por la naturaleza humana, Kirchner ha percibido antes que nadie lo débiles, lo frágiles que son tanto sus seguidores como sus contrincantes. Que algunos de ellos son sobornables y que a otros el miedo los paraliza. Ante la audacia de la campaña kirchnerista, la única solución que tienen a mano los opositores es revisar sus prioridades. ¿Quieren resistirla antes que nada porque los amenaza un peligro común, o siguen soñando no sólo en resistirla, sino también en prevalecer sobre el resto de los opositores? Unicamente una verdadera higiene de los conceptos les permitiría advertir que lo esencial para la república democrática que aún tenemos será derrotar al hiperpresidencialismo que la amenaza y que sólo después habría que decidir, como un objetivo secundario, a quiénes les corresponderá el próximo gobierno. Si los Curacios hubieran pensado así, habrían derrotado al solitario Horacio, pero, al menos hasta ahora, mientras nuestro nuevo Horacio ha aprendido la lección de su remoto predecesor, nuestros nuevos Curacios aún no han recogido la enseñanza que a pesar de ellos les legaron sus infortunados antecesores.






Comentá la nota