Se hará el lunes por la tarde, según lo decidió el juez de la causa, Alejandro Grippo. El otro sitio a relevar serán los pabellones adonde dormían los menores, y los baños. Karlic, citado como testigo, avisó que está fuera del país, con lo cual su testimonio se aplazó sin fecha.
El primero está seriamente comprometido en una causa penal por corrupción de menores mientras ejerció el cargo de prefecto de disciplina en el denominado Seminario Menor, una escuela secundaria confesional orientada al sacerdocio.
Se trata de la petición de unos de los abogados querellantes, Marcos Rodríguez Allende, que apunta a determinar el lugar exacto donde dormía Ilarraz, único acusado por las cinco víctimas que declararon en la Justicia como autor de los abusos, qué dimensiones tenía, cuántas dependencias, y cómo se comunicaba su lugar de residencia con el pabellón adonde dormían los pupilos de primero y segundo año de la secundaria.
“Pedimos la prueba a los fines de poder conocer con mayor precisión los lugares donde se habrían desarrollado los abusos. Por ejemplo, el dormitorio de Ilarraz, un pasillo que algunas víctimas mencionan, la oficina de Ilarraz, conocer los baños, y también los pabellones, adonde dormían los menores”, dijo Rodríguez Allende.
Esa prueba, a juicio del abogado, “resultaría muy útil y pertinente, para dar un conocimiento con mayor precisión del lugar, y que esto nos sirva a todos, al juez, a los fiscales, al defensor y a los querellantes”.
La inspección judicial, una observación in situ, anticipó, se hará el lunes, en horas de la tarde. Y será previo al relevamiento fotográfico y de planimetría que hará la Policía de Entre Ríos en el Seminario.
La puerta, la llave. Ilarraz usó con todas sus víctimas un mismo modus operandi: buscaba a aquellos más vulnerables, que estuvieran como pupilos en el Seminario Menor, rubios la mayoría, y los empezaba a seducir con la estrategia de una amistad profunda. La táctica que usaba era: primero debía conocer su cuerpo para recién después conocer su interior.
La consumación de esa perversión era posible debido al nexo que Ilarraz establecía con sus alumnos; era el director espiritual de casi todos, y también su confesor. “En reiteradas oportunidades, Ilarraz nos iba llamando de a uno y en su habitación nos hacía diferentes preguntas acerca de cómo estábamos, de cómo estaba compuesta nuestra familia, qué necesitábamos, por qué habíamos decidido a ser sacerdotes, con lo cual conocía todas nuestras cosas”, declaró una víctima el 5 del actual en la Justicia.
Así comenzaban las “amistades” de Ilarraz con sus pupilos; eran amistades de relación física, sobre todo. El primer zarpazo ocurría casi de madrugada, en la oscuridad del pabellón de los seminaristas: el cura se sentaba junto a la cama de una de las víctimas, a la hora que todos dormían, y aquello era la iniciación sexual de estos chicos. La víctima que el viernes 5 relató el horror que vivió en el Seminario dijo que el sacerdote se acercó, “se metió debajo de las sábanas y comenzó a hablarme de la amistad profunda que había entre los dos, y a medida que iba hablando, colocó su mano sobre mi vientre y rozaba el calzoncillo, hasta lograr excitarme. Luego me bajó el calzoncillo y me comenzó a tocar, a masturbar, y me besaba el rostro y el cuello. Luego, tomó mi mano, la puso debajo de su calzoncillo, y me hacía que lo masturbara”.
La turbación del chico fue grande, aunque Ilarraz lo calmaba siempre con el mismo argumento: entre los amigos no estaba mal visto demostrarse afecto mediante abrazos, besos y todo lo que viniera después.
Todo seguía después en el dormitorio del cura, adonde Ilarraz citaba con frecuencia a alguno de los chicos, y pasaba de la charla de confesionario a la búsqueda de satisfacer sus apetitos sexuales, ora en la cama de su dormitorio, ora en el baño.
“La última vez que estuve con Ilarraz, fui con otro compañero, y él le dijo a mi compañero que se fuera, que después lo iba a volver a llamar, y cerró la puerta con llaves”.
Otra víctima contó en la Justicia: “Ilarraz nos generaba mucha confianza cuando nos acercábamos a él, ya que te daba la llave de su automóvil o te decía que si vos querías algo, fueras a su habitación; incluso algunos de mis compañeros tenían llave de su habitación”.
Pero también les decía esto otro: “Siempre me decía que para llegar a tener una buena amistad, teníamos que entregar el cuerpo”.
Las paredes no oyen. Ilarraz ocupaba una habitación contigua al dormitorio del rector del Seminario, Luis Alberto Jacob; sólo los separaba una pared. Cuando en 1995 fue a declarar a la investigación diocesana que mandó realizar el arzobispo Estanislao Karlic a partir de las denuncias de las víctimas, monseñor Jacob –quien hoy es párroco en Nuestra Señora de la Piedad– dijo que nunca supo nada de los abusos en todos los años en los que fue rector, de 1986 a 1992, el mismo tiempo que Ilarraz estuvo en el Seminario como responsable de los menores.
“Se veía que el cuarto lo frecuentaba un grupo de muchachos, a veces de noche, y a veces de día, sacaba algunos a pasear en el auto, a veces los llevaba a la cancha, a veces a algún viaje, pero no veía nada fuera de lugar en estos hechos, salvo el que manifestaba cierta mayor amistad”, dijo entonces.
El segundo abuso de las víctimas fue ese, precisamente: el desentendimiento de parte de las autoridades del Seminario. Así, cargaron solos con su propia cruz. Y el dolor los acompañó siempre, hasta ahora. Es que para las víctimas, desprenderse del recuerdo de Ilarraz no fue una tarea sencilla; menos aún, alejarlo de su círculo más próximo.
Para las familias de estos chicos, que entonces tenían entre 13 y 15 años, el cura era una figura de peso, ya que era quien guiaba a sus hijos por el camino de la vocación religiosa, y a él se los confiaban.
Sabía cómo enredarse entre los afectos más próximos de sus víctimas, y esos lazos perduraron mucho más allá de la relación intramuros en el Seminario. Incluso, “persiguió” a una víctima en su exilio en Chile, adonde había viajado con su familia. Allá recibía postales de Ilarraz, y hasta allá también fue Ilarraz cuando volvió de su periplo por Roma, adonde estuvo entre 1993 y 1997. Una vez, hasta se hizo presente para bautizar a un sobrino de una de sus víctimas.
Karlic avisó que está de viaje
La cédula que envió a la Curia el juez de Instrucción Alejandro Grippo para que el cardenal Estanislao Karlic elija de qué forma va a declarar en la causa penal que se sigue al cura Justo Ilarraz recibió una respuesta curiosa. Le respondieron que el cardenal no está en Paraná, sino de viaje, en Roma, por lo cual le manifestaron eso: nada. Grippo pretendía conocer si Karlic se ampararía en los fueros especiales que establece el artículo 250º del Código Procesal Penal, y declarar sólo por escrito, sin presentarse personalmente. Y luego, sí, fijar fecha para esa declaración. Un empleado de la Curia, sin embargo, envió la respuesta que nadie esperaba: que el cardenal no está, y que la consulta no podría ser evacuada. La declaración de Karlic fue pedida por el querellante Milton Urrutia. El cardenal fue muy cercano al cura acusado de abusos. Vivió en la residencia episcopal de la Costanera Alta tras ordenarse como cura, en 1984, y al poco tiempo, en 1985, se le asignó la tarea de prefecto de disciplina en el Seminario Menor. En 1993, luego de que Ilarraz abandonara ese cargo, Karlic le firmó el permiso para que se fuera a Roma, a formarse. El sucesor de Karlic, Mario Maulión, autorizaría en 2004 la excardinación que le permitió a Ilarraz en los últimos años ejercer como cura en Tucumán, luego de ser expulsado de la diócesis de Paraná.
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