Un gran acontecimiento para el país sin dudas ha sido la anunciada, y durante largo tiempo esperada por muchos, recuperación de la empresa YPF por parte del estado argentino. Este hecho se enmarca inequívocamente en una matriz política cuya esencia fundamental es la revalorización de lo nuestro y la recuperación de la autoestima que nuestra nación parecía haber perdido en otros tiempos aciagos para la conciencia nacional.
Antes de profundizar más, conviene aventar los temores, algo exagerados por parte de sectores del poder económico mundial y local acerca del rumbo que esta política podría marcar. En primer lugar, no es cierto que la expropiación de la mayoría de las acciones implique “arrojar por la ventana” a los capitales privados que actualmente concurren al desarrollo de la empresa y de la economía nacional en general, sean locales o externos. No debieran temer ya que gran parte de la empresa continuará abierta al capital privado y además, en un mundo capitalista globalizado como en el que vivimos, se hace muy necesaria y hasta deseable la participación de capitales privados; los nacionales deben acabar constituyendo una burguesía nacional productiva al servicio de los intereses del país y los extranjeros, buscando a la vez el propio beneficio, acabaran aportando siempre al desarrollo nacional y enriqueciendo la relación de nuestro país con el resto del mundo. Se equivocan quienes ven en esta decisión soberana de nuestro país una amenaza al sistema capitalista y la vuelta a un esquema “sovietizante”. En segundo y último lugar, es injustificado el temor de aquellos que creen ver en esta maniobra un avance estatista sobre el estado de derecho y la legítima seguridad jurídica, pues nada más legítimo que un país que recurre a mecanismos legales previstos en sus leyes fundamentales para recuperar una parte importante de su aparato económico, como puede ser la empresa petrolera más grande y tradicional del país y creada hace ya 90 años por la decisión audaz de un mandatario constitucional, con el objetivo de garantizar a través de políticas públicas firmes el autoabastecimiento energético .
Eso sí, no deben considerarse infundadas las inquietudes de ciertos sectores de la población acerca de los eventuales costos para el país que esta medida acarrea. Durante años, la negligencia de la burocracia estatal primero y luego la falta de control sobre los capitalistas privados mermaron el funcionamiento de la empresa convertida en exquisito botín y debilitaron la capacidad energética de nuestro país. Por eso, este será un gran desafío para nuestro país, pero todo desafío implica una gran oportunidad. Está en los argentinos demostrarle al mundo entero nuestra capacidad para manejar nuestro destino, y esta empresa ha de ser un ejemplo. Personas capaces y honestas debieran estar al mando y el estado nacional y las provincias deberían garantizar la ingeniería financiera y el marco jurídico para que esta compañía pueda llevar a cabo la tarea que le fuera encomendada nueve décadas atrás y que nació de la visión de un presidente audaz cono Hipólito Yrigoyen y del sueño de un militar patriota como el general Enrique Mosconi, que marcó el camino para otra repúblicas hermanas del continente.
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