Por Julio AlgañarazArmaron un circo en la Plaza San Pedro y el Papa rió con ellos.
Saltimbanquis, acróbatas, “majorettes”, domadores, payados, hicieron ayer un gran espectáculo con piruetas y contorsiones delante del Papa Benedicto XVI, extasiado como pocas veces se lo ha visto con un espectáculo de la gente de circo de una docena de países europeos y Estados Unidos. Fue de tal envergadura que el espectáculo reunió a ocho mil artistas itinerantes en la gran sala de audiencias del Vaticano.
Es tradición que los pontífices reciban a los artistas circenses, pero por primera vez en la plaza de San Pedro se instaló una carpa de circo, una calesita y un teatro de títeres.
Es igualmente histórico que los papas de Roma reciban en audiencia a los artistas itinerantes para demostrar que ellos también pertenecen a la Iglesia. Ayer fue el encuentro más multitudinario y hubo un momento extra, muy aplaudido, cuando dos grandes cachorros de león fueron presentados por sus domadores al pontífice y Benedicto XVI, lejos de inquietarse, los acarició sonriendo.
Muchos recordaron cuánto amaba a la gente de circo su predecesor Juan Pablo II. El Papa polaco –que llegó a reinar en la iglesia católica un cuarto siglo hasta 2005– reía abiertamente con los juegos de los payasos, aplaudía a los acróbatas y charlaba largamente con los circenses.
Lo mismo hizo Benedicto XVI, hasta quien llegaron los itinerantes tras desfilar bajo la lluvia por los 500 metros de la vía de la Conciliación, que une el río Tiber con la plaza de San Pedro. Bandas de música, espectáculos, payasos que divertían a los chicos pese al agua que caía porque fue un día especial para ellos en San Pedro.
Estaban también los artistas callejeros y de los parques de diversiones, los “madonaros”, que diseñan con notable talento en las veredas figuras religiosas de famosas pinturas con tiza de colores a cambio de propinas. Y no faltaban los titiriteros que llevaban los títeres en la mano, muy festejados también por el Papa.
Benedicto XVI destacó la función social de los artistas itinerantes y la generosidad “que no siempre la sociedad actual sabe apreciar” de la gente del circo.
El Papa aprovechó su mensaje para pedir “tutelar a los trabajadores” y solicitó, especialmente, a los empresarios dueños de los circos que se preocuparan de tratar “adecuadamente”, con humanidad, a los animales que participan de los espectáculos, garantizando “su bienestar”.
El Papa elogió a “la gran familia del circo”, por “su alegría recreativa, la gracia de las coreografías, el ritmo de la música” y otros elementos del “lenguaje particular y específico de su arte”.
Al grito de “¡Benedetto, Benedetto!” los circenses ovacionaron a Joseph Ratzinger, de 85 años, cuando reiteró que las autoridades de las naciones deben proteger a la gente del circo y a los otros artistas itinerantes.

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