El organismo denunció la persecución de jueces que condenaron el golpe por parte de la Corte Suprema y la violencia sistemática ejercida en contra de periodistas y activistas de la Resistencia. También condenó la impunidad de los represores.
Desde la presidencia de Ricardo Maduro, el predecesor de Zelaya, la Corte Suprema tiene la prerrogativa de trasladar y hasta despedir a cualquier juez, argumentando irregularidades en su trabajo. En Honduras el Poder Judicial no tiene un órgano que se ocupe de los procesos disciplinarios como el Consejo de la Magistratura en Argentina. Todo recae en la voluntad de la Corte Suprema, la misma que legitimó el golpe contra Zelaya y rechazó juzgar a la cúpula militar. “La mayoría de los jueces de la Corte no son jueces de carrera, eran abogados litigantes que representaban a las grandes empresas. Fueron nombrados, no por su probada trayectoria, sino por su probada militancia”, denunció Bertha Oliva, dirigente del Cofadeh, una de las principales organizaciones de derechos humanos del país.
En diálogo telefónico con este diario, Oliva recordó que fueron jueces como los hoy sancionados y en huelga de hambre los que ayudaron al Cofadeh y las otras organizaciones a sacar de la cárcel y las comisarías a las decenas de opositores que todos los días eran detenidos por la dictadura. “Algunos incluso actuaron de oficio. Iban a las comisarías y veían las detenciones ilegales y los malos tratos. Redactaban los hábeas corpus y se los enviaban a otros jueces para que los ejecuten”, relató, con una mezcla de bronca e impotencia.
La complicidad de la Justicia está presente, sin ambigüedades, en el comunicado de la CIDH. “Hemos manifestado nuestra profunda preocupación por la ausencia de investigaciones efectivas que conduzcan al esclarecimiento de estos hechos”, sentenció la comisión, entre sus primeras impresiones. Según el órgano de la OEA hasta ahora sólo una persona está detenida por violaciones a los derechos humanos y 12 han sido imputadas por cargos similares. Pero esos magros resultados ni siquiera coinciden con los de la Cofadeh. “No tenemos conocimiento de ningún detenido ni procesado. En cambio, hay 147 procesados por atentar contra la seguridad del Estado, cuatro de ellos aún detenidos. La mayoría son miembros de la Resistencia”, contó Oliva.
Las conclusiones de la visita de la CIDH no sorprendieron a ningún defensor de los derechos humanos hondureños, pero sí deben haber descolocado al creciente número de mandatarios que aseguran que en Honduras se vive en democracia y, por eso, abogan porque el pequeño país vuelva a ser aceptado en las instituciones y los foros internacionales. Del informe final de la CIDH dependerá mucho las negociaciones para levantar la suspensión que impuso la OEA, días después del golpe.
Como parte de esa campaña, Porfirio Lobo, el flamante presidente hondureño elegido al amparo de las fuerzas armadas, jura y rejura que se trata de criminales comunes, de las tan temidas bandas juveniles, las maras. El informe de la organización internacional Casa Alianza no discrimina al analizar los 157 asesinatos de niños y jóvenes; sólo habla del creciente nivel de violencia en la sociedad. Pero para Oliva, la discriminación es necesaria. “Hace unos domingos amanecimos con la noticia de que seis jóvenes habían sido asesinados. Tres de ellos eran miembros de la Resistencia, pero la policía dijo que todos eran mareros. Ahí murió el asunto; si son mareros, a nadie le interesa investigar”, explicó la dirigente.
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