Patria caníbal

Por: Norberto Firpo.

Hay mucha gente pobre que participa en marchas callejeras, de protesta, sin tener en cuenta que perjudica a mucha otra gente pobre. En efecto, procesiones de esta clase consiguen dos cosas: que cierta gente llegue al cine con la película empezada y que mucha otra gente se las vea en figurillas para ir a trabajar.

Algo es del todo cierto: quienes programan estos tristes desfiles procuran, en buena medida, trastornar el orden público, provocar broncas ajenas y gratuitas e impedir o dificultar el ejercicio del respeto al prójimo.

"Las cotidianas marchas de protesta, a paso de bombo, son propias de sociedades en falsa escuadra, mal administradas. Y si tales berrinches gozan del implícito okey oficial es porque sólo de manera sesgada, de chanfle, afligen al sistema democrático", intuye el sociólogo peripatético Estroncio Peribáñez, experto en bravatas urbanas. A su entender, sin embargo, la habitualidad de batifondos de esa gama acaba precipitando el hartazgo del viandante, una mufa sumamente criolla que suele derivar en extravíos de la cordura y de la tolerancia. Y agrega: "De común, las manifestaciones de protesta expresan prepotencia, o sea, inmadurez cívica, con el agravante de que suelen brindar cómodo abrigo a cuanto vándalo ande por ahí, medio aburrido".

Quienes acreditan más experiencia en la programación y ejecución de marchas de protesta juzgan que el éxito de un zafarrancho correctamente perpetrado obedece a tres deberes: la marcha debe ser virulenta, debe causar menoscabo a la apenas relativa tranquilidad del alrededor y debe convertir en incautos rehenes a la mayor cantidad de transeúntes y parroquianos.

Peribáñez supone que la Argen-tina expone hoy, como nunca antes, cierto rasgo distintivo, no demasiado acorde con su investidura de nación más o menos civilizada: "Dicho mal y pronto, se trata de un país caníbal -define-; un país que se agrede a sí mismo con la misma enjundia que demostró alguna vez ante enemigos verdaderos? Vean lo que pasa en la política, con dirigentes y funcionarios sumidos en el chiquitaje ramplón, enzarzados en el puro agravio, sufrientes de cólera intestina y echándose culpas que, graciosamente, siempre son ajenas y jamás comparten? Y vean lo que pasa en ámbitos tan diversos como el de la educación y el de la seguridad, en los que el principio de autoridad y la virtud de sacarle jugo a la mente sufren olímpico desprecio".

Según Peribáñez, la Argentina parece dispuesta a devorarse a sí misma, a dentelladas, tarascón a tarascón. "Pero, ¡ojo! -previene-, las consecuencias pueden ser graves. Quizá sea éste un país indigesto, con excesiva grasa trans.

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