Paso bajo nivel: ¿La obra más esperada?

Paso bajo nivel: ¿La obra más esperada?
Los cruces y puentes son un verdadero desafío para los psicólogos. Por un lado, todo el mundo los demanda; por otro, una vez que su concreción está a la vuelta de la esquina empiezan a surgir cuestionamientos que poco tienen que ver con los temas arquitectónicos o de ingeniería.
Por ejemplo, muchos ingenieros están convencidos de que el mítico puente Buenos Aires-Colonia no se construye simplemente porque alguien no quiere. Y ese “alguien” serían los uruguayos quienes, por la relación ambivalente que tienen con nosotros, lejos de buscar acercarse, prefieren mantenernos (especialmente a los porteños) relativamente alejados de sus impecables costas. Nadie lo dice directamente, pero cuando una obra se dilata demasiado en el tiempo, siempre hay algo más que falta de recursos económicos, problemas técnicos u otro tipo de límites que si hay voluntad el hombre vence con creces.

Los franceses aseguran que el mayor desafío del Eurotunel no fue perforar toneladas de roca sino convencer a los ingleses para que renunciaran a su histórica condición de isla. Y así sobran los ejemplos en la historia.

El paso bajo nivel que unirá el Centro con Villa Belgrano fue “vendido” por todos como la concreción de un viejo y postergado sueño de todos los juninenses. Ahora bien, ¿es coherente que una construcción relativamente sencilla se dilate cien años? Con todo respeto y sin querer “pincharle el globo” a nadie, la idea de una aspiración largamente postergada no cierra, y dado que conocerse a sí mismo en lo personal y como comunidad resulta sano, salimos a investigar qué significa realmente el paso bajo nivel y cuál será su impacto real en el marco de una ciudad que siempre vivió dividida en dos.

Barreras psicológicas

Hay barreras naturales y psicológicas. Y las últimas suelen tener el mismo poder que un río ancho dividiendo dos costas. Está probado que con sólo poner barreras de ingreso a un sector de cualquier supermercado (esas de plástico que evitan el robo de mercadería) la circulación disminuye en un 30%. Se lo llama la lógica del espantapájaros: Dos pequeños columnas hacen que las personas elijan no pasar por ahí. Los supermercadistas suelen enloquecer porque si bien disminuyen la cantidad de robos, también afectan el “libre tránsito” que, por supuesto, va asociado a la mayor cantidad de compras.

A veces semejante división está dada por una avenida. La simple idea de cruzar hace que los negocios que están de la vereda de enfrente vendan mucho menos. Pero no es “miedo” a los autos o las motos, simplemente funcionan a manera de marcación de territorio; al fin del día no dejamos de ser animales territoriales.

Desde hace décadas las vías dividen la ciudad, y esa división tiene componentes que, hay que decirlo, incluyen también cuestiones relacionadas al status y el nivel social de los habitantes de uno y otro lado.

Ya en las épocas de gloria del ferrocarril vivir de un lado o del otro tenía una significación “jerárquica” (los jefes más tirando al centro), y el precio de la tierra y las casas (hace poco tocamos un tema parecido), fluctúa según de qué lugar se esté. Racionalmente no hay ningún componente que justifique esa separación y tampoco las vías alcanzan a ser una división tan tajante como se las quiere presentar, son más que nada una molestia. Sin embargo, y quizá por ese costado de “fuerte” que sigue en el ADN juninense sin que nos demos cuenta, un cruce se posicionó en ese lugar de “muro de Berlín” que correspondería más a la cordillera de los Andes.

Ahora bien, con el paso bajo nivel a punto de ser concretado, es interesante saber qué efectos (siempre hablando de lo psicológico) traerá sobre la vida de los juninenses.

Gente grande

Primer punto: Todos consideran que la realización está bien y es necesaria para facilitar la circulación, en especial de aquellos que “vienen” (por la fuerza comercial del “centro”). Desde lo racional sobran aplausos, medallas y besos.

Pasado este umbral básico empiezan a percibirse algunas cuestiones muy interesantes y reveladoras. De un lado y otro de la “frontera”, para los menores de cuarenta se trata de una obra interesante que hará más práctico el tránsito.

Punto; es decir, los jóvenes ya no cargan ningún tipo de valija simbólica, se diría que ni siquiera la entienden demasiado. Un paso a nivel útil y listo.

Eso sí, ni bien se va indagando por encima de la cuarta década, y después de batallar para que las personas digan lo que sienten (utilizando técnicas que liberan el inconsciente), la viejas antinomias juninenses surgen tímidas pero con fuerza.

Los estudiosos dicen que, en materia de puentes y cruces, siempre hay un sector que lo “quiere menos” y otro que lo percibe como una verdadera conquista. ¿Traducción? Ganadores y perdedores.

Bueno, en este caso los “uruguayos” son la gente del centro (siempre hablamos de los mayores) que si bien avalan la construcción, en algún lugar sienten nostalgia de los viejos tiempos y, lo que es aún más interesante para ver cómo funciona la sociedad juninense, fantasean con que puede haber una pérdida de valor o al menos algún tipo de equiparación con aquello que siempre fue “otro”.

Igual que los ingleses, el centro “grande” (en términos de edad) sufre un poco a la hora de dejar de ser una isla. Aunque parezca descabellado, estas cosas tienen una fuerza tal que a veces se convierten en argumentos de venta. En 2001, las inmobiliarias de Puerto Madero decían que lo bueno de vivir ahí era que ante cualquier problema social se cortaban los puentes y quedabas aislado; relato que, además de racista y torpe, era ridículo porque por atrás esa zona se conecta con el grueso del Gran Buenos Aires.

Ahora bien, si el centro se siente un poco “invadido”, la gente de Villa Belgrano (también entre los mayores) ve al cruce bajo nivel como una verdadera conquista largamente anhelada. “Por fin se hizo justicia”, y el concepto de justicia parece superar la idea de “cruzar mejor”; de nuevo, hay gente que parece frente a la caída de un muro.

En el Junín de cuarenta para arriba, el cruce es la solución final a un viejo y particular “conflicto limítrofe”. Por supuesto, y desde el inconsciente, un poco de dolor por ceder queda ahí en la zona del centro. Donde los jóvenes ven practicidad, ellos perciben la disolución definitiva de un mundo bipolar que aunque ya no existe, sobrevivía en las vías; y lo hacía con orgullos varios en ambas áreas. Porque para cierto sector estar “del otro lado” también era glorioso. Lo cierto es que se tardó añales en romper esa división imaginaria que el paso bajo nivel viene a sepultar (con todo lo que eso significa). Curioso que ocurra una vez que el ferrocarril, motor que le dio vida a Junín, está muerto. Quizá sea eso y no la barrera lo que se está enterrando, y la ciudad haya decidido afrontar una nueva etapa donde el cordón umbilical con los trenes se corta de manera definitiva. Y quizá sea bueno que todo esto, movilización psicológica incluida, ocurra de una buena vez.

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