Hace casi un año se ampliaron los límites de la capital para que cuatro barrios de la comuna de San Felipe pasen a otra jurisdicción. Los vecinos esperaban cambios más drásticos en la seguridad y los servicios públicos. Sin embargo, afirman que aún no los vivieron.
No tan diferente
El ingreso a la zona lo marca un puente sobre el canal Sur, sobre la avenida Alem (altura 3.500).
Las calles son todas de tierra y prácticamente intransitables. Algunas de ellas no pueden ser recorridas más que a pie porque parecen lodazales. De hecho, la única línea que ingresa al barrio (141) amenaza cada tanto con dejar de hacerlo por esta situación, según los vecinos. Jorge Fernández (47) y Magdalena Bracamonte (47) recuerdan haber hablado con LA GACETA hace un año. "Mucho no cambió esto", dicen al unísono a modo de balance. El matrimonio que vive en el Miguel Lillo I toma mate tras las rejas: "hay muchísimos robos. Ya nos sacaron el lavarropas y una bicicleta. Las comisarías nos quedan lejos: la 9° a 15 cuadras, y la de San Pablo, a 7 kilómetros", justificó el hombre. "No sabemos a quién pertenecemos. Tuvimos una reunión hace 20 días con la Policía; dicen que aún no somos de la capital, que a ellos no se lo comunicaron", añadió indignado.
Vecinos consultados coincidieron en remarcar que la Policía no patrulla constantemente los barrios, pese a que en uno de ellos (Policial IV) residen miembros de la fuerza. "Es paradójico, el nuestro se llama Policial y sólo de vez en cuando se ve un patrullero. Saltaron la tapia y se llevaron mi lavarropas", se quejó Ana Soria (29). La joven pasea con sus dos hijos por la vereda y afirma que cada vez que sus niños se enferman debe tomar un colectivo (sólo pasa hasta las 22, según afirmó) para ir al centro, por más mínima que sea la dolencia. "El CIC sólo abre hasta las 18 y no hay pediatras siempre. Si no, nos mandan a otro CIC de un barrio cercano", renegó.
Hace tres años que Etelvina Jiménez (50 años) tiene su pequeño comercio en el Policial. "Aquí cada nada roban. Son gente de los asentamientos cercanos. Aquí es barrio de nadie; nadie viene a preguntar nada. Mi marido sale a hacer las compras para el miniservice, pero no nos quieren traer las cosas acá porque dicen que por todos lados los asaltan. Lo mismo con los taxis", manifestó.
Asfalto lejano
"El centro nos queda lejísimos, pero más el asfalto. Prometieron, pero veremos qué pasa", desconfía Marta Golman (60). La mujer vive en una calle en la que desde hacía días no podían pasar vehículos porque vecinos tiraron escombros. José Paz (48), del Policial, reconoce que ahora los camiones recolectores de basura de la Municipalidad pasan varias veces por semana y que, al menos, cada tanto máquinas apisonan la tierra. "La gente tira basura donde no debe. Deberían pavimentar; eso cambiaría el barrio. Eso y más seguridad", resumió optimista. "Las boletas de impuestos son lo único que llegaron rápido", ironizó Laura Ortiz (28), una joven embarazada que vive en el Policial. "Estamos en la misma. Lo bueno es que pasa más seguido el recolector. Pero cuando no viene, pasan los carros y tiran en cualquier lado", se quejó. Adriana López (30), vecina del Buen Vivir, reclamó que por su casa no pasa el recolector y que el CIC no atiende regularmente. "Ya nos dijeron que somos de la capital, pero no nos dieron soluciones", concluyó indignada.
"Necesidades sigue habiendo muchísimas, pero hay buena predisposición de ayudar". Con estas palabras, la legisladora oficialista Beatriz Ávila consideró que los barrios avanzaron un paso porque cumplieron con el anhelo de pasar a la capital. La parlamentaria fue la autora del proyecto que amplió los límites de San Miguel y, a un año de la sanción, afirmó que -como intermediaria- mantiene contacto con los vecinos y también recibe sus pedidos. "El cambio no será de la noche a la mañana. Hay que tener paciencia", instó.


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