El director de la Escuela de Formación Política de la Universidad Nacional de Córdoba trazó un diagnóstico de la realidad nacional. Señaló que los partidos han ido perdiendo densidad ideológica y se han debilitado institucionalmente. En el Bicentenario, repasó las cuentas pendientes del país
Ese es el diagnóstico que César Tcach, investigador del Conicet y director de la Maestría en Partidos Políticos de la Universidad Nacional de Córdoba, trazó en una entrevista con este diario.
Tcach estuvo en Río Cuarto, invitado por el Instituto Cervantes en el ciclo de charlas-debate por el Bicentenario.
- ¿Cómo llegaron los partidos políticos al Bicentenario? Parecieran no tener la importancia que les asignó la Reforma Constitucional. ¿Qué importancia llegaron a tener y cómo están hoy?
- En una mirada histórica, los partidos argentinos han tenido fuertes identidades colectivas. Una gran parte de los argentinos identificó al radicalismo con la democracia política y al peronismo con la democracia social o la justicia social. Es decir, las identidades partidarias y colectivas han sido históricamente fuertes, a diferencia del caso brasileño, donde no hay partidos nacionales hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Pero lo que ha sido débil es el sistema de partidos, que tiene que ver con varias causas. Algunas que son endógenas a la propia constitución de las identidades partidarias porque tanto el radicliamo como el peronismo, con distintos matices, tendieron a identificarse con la Nación más que reconocerse como una parte. Precisamente, de ahí viene la palabra partido, de ser una parte del todo. El radicalismo yrigoyenista, por ejemplo, identificó al partido con la Nación y el peronismo no sólo con la Nación sino también con el Estado. Es decir, ese sesgo movimientista operó en detrimento del sistema de partidos.
- ¿Qué otros factores existieron?
- El papel del Ejército operó en ese sentido. La derecha argentina fue, históricamente, impotente para ganar elecciones, salvo con fraude electoral en la década del ‘30. Esta importencia de la derecha para ganar elecciones limpiamente hizo que cediese muchas veces al Ejército un papel tutelar de sus propios intereses. Otra mirada que se puede hacer de los partidos es desde el punto de vista de la institucionalización. El peronismo fue históricamente un partido débilmente institucionalizado, debido a la presencia de un líder carismático. Institucionalización significa obediencia a las reglas y no a la persona. El peronismo, un partido carismático, tendió a ser poco institucionalizado. El radicalismo tendió a ser mucho más institucionalizado. Sin embargo, hoy ambos partidos están en crisis. Los motivos de esa crisis son múltiples. Uno tiene que ver, como un dato muy reciente, con la desnacionalización de los partidos. A partir de los ‘90 y el traspaso de facultades del Estado a las provincias, por ejemplo las escuelas pero sin un correlato presupuestario, hizo que la política local tuviese cada vez más importancia. Los partidos se han desnacionalizado. El radicalismo es un partido que agrupa a distintos caudillos a nivel provincial. Y el peronismo también. A ello se le podría añadir el perfil personalista. Si uno lee las crónicas de la época del Centenario, de 1810. Muchos intelectuales de la epoca, lo que le criticaban a la política era ese sesgo caudillista, personalista.
- Es decir, el sistema político argentino está retrocediendo en términos históricos.
- Exactamente. Por ejemplo, Juan B. Justo, el fundador del socialismo argentino, hablaba de la política criolla, que era la política personalista, caudillista, clientelar, no la política basada en programas e ideales. Entonces, paradójicamente, la política partidaria de nuestros días reproduce rasgos que estaban presentes en la fase originaria de constitución de los partidos. El radicalismo, por ejemplo. El radicalismo fue el primer partido político moderno de argentina, junto con el socialista. La diferencia es que el partido radical fue un partido de estructura nacional, permanente. El radicalismo, en una mirada histórica de larga duración, se ha desinstitucionalizado. Ahora, esto es también un fenómeno de carácter mundial, no sólo argentino. Y tiene que ver con los cambios en la tecnología de la comunicacion política. Hoy los militantes son mucho menos importantes en los partidos de lo que eran antes. Porque en el pasado los militantes eran la instancia de enlace entre el partido y el electorado. Hoy, la instancia de enlace entre el partido y el electorado no son los militantes sino la televisión, los medios audiovisuales. Vale más un minuto de propaganda en televisión en horario central que 100 militantes haciendo pintadas en distintos barrios de la ciudad.
- Los partidos se han ido desideologizando cada vez más. Usted señalaba la característica movimientista de los dos grandes partidos argentinos que hace que, desde el origen, la ideología sea bastante laxa. Hoy parece intensificada esa característica, incluso desde los nombres que se usan para ir a elecciones. Por ejemplo, en esta ciudad el radicalismo y el peronismo han ido con nombres tales como Río Cuarto para Todos, Unión por Río Cuarto o por Córdoba. Son nombres que no permiten discernir ningún tipo de identidad ideológica.
- Para ese fenómeno de pérdida de densidad ideológica de los partidos hay un sociólogo alemán que acuñó una expresión que se hizo célebre: un partido atrapatodo. Para maximizar los votos tratan de buscar votantes en todos los sectores de la sociedad, aun en sectores sociales que tienen intereses contradictorios entre sí. Y a partir de esta lógica atrapatodo que tienen los partidos se desprende un principio de un pragmatismo terrible y estremecedor: para maximizar los votos hay que minimizar los principios.
- ¿Cómo impacta esa característica despues, a la hora de gobernar? Quienes ganan las elecciones llegan al poder sin haberse definido demasiado previamente sobre qué rumbo van a seguir.
- Las consecuencias de esta lógica política es que los partidos son muy débiles en relación a los grupos de interés económico y a las corporaciones. O sea, un partido A o B pueden ganar las elecciones pero, si llega al gobierno, el proceso de toma de decisiones está muy condicionado por los grupos económicos. Porque no es como en el pasado, cuando tenían un aparato o una militancia de respaldo, sino que son figuras que llegan al estrellato muchas veces gracias a los medios audiovisuales y, por lo tanto, su margen de maniobra es mucho más limitado.
- De acuerdo al mapa político actual ¿hacia dónde pueden derivar los partidos? Por un lado está el Gobierno con una figura fuerte predominante, Néstor Kirchner, y, por el otro lado, una oposición atomizada, sin posibilidades de generar una propuesta que pueda considerarse una opción.
- La historia de las coaliciones en Argentina es la historia del fracaso. ¿Por qué fracasan en Agentina y no en Uruguay o en Chile? Porque en Argentina las coaliciones son meros acuerdos superestructurales entre políticos. Están divorciadas de la realidad de las bases sociales. La coalición la arman los políticos, independientemente de los actores sociales. En Uruguay hay una identidad frenteamplista. No solamente se constituyó un frente sino que es una identidad colectiva. En Argentina estamos a años luz de eso porque implica un trabajo muy lento de construcción política, de muchos años, e implica quizás abandonar la ambición de gobernar en la próxima elección. Por ejemplo, en el caso uruguayo y en el caso del PT en Brasil fueron un proceso lento de construcción. En vez de tener una mirada de largo plazo, las coaliciones en Argentina son acuerdos pragmáticos en función del corto plazo y del interés electoral.
- ¿Es posible que el sistema de partidos termine armándose sobre la base de dos polos ideológicos, uno de centroizquierda y otro de centroderecha, como se pensó hasta no hace mucho tiempo?
- En la época de De la Rúa, sobre todo previo al triunfo de la Alianza, hubo numerosos politólogos argentinos que sostuvieron que la dinámica política en adelante iba a girar en torno de dos grandes coaliciones, una de centroizquierda -en la que estaban el Frepaso, la UCR y otros grupos- y una coalición de centroderecha que era el peronismo. Si uno recuerda que Domingo Cavallo fue el ministro del menemismo y también de la Alianza, eso corrobora la inconsistencia ideológica de las coaliciones.
- ¿Qué lectura política puede hacerse del Bicentenario? ¿Fue una fecha a la que se terminó vaciando de sentido?
- Creo que no hay que sumarse al coro festivo y de autoelogio del Bicentenario. Es más bien una ocasión propicia para tener una mirada crítica acerca de nuestro presente y nuestro pasado. Creo que en algunos aspectos se ha retrocedido: en 1910 ocupaba el lugar número 8 por el Producto Bruto per cápita y el número 13 por el Producto Bruto Interno. Las escuelas, la educación pública era gratuita, de excelencia y laica. Si uno quisiera tener una mirada “nostálgica” del Centenario podría pensar que todo lo que admiramos de aquella época de prosperidad de Argentina lo hizo el Estado. Fue el Estado el que hizo las escuelas nacionales, los colegios. Eran construidos desde el punto de vista edilicio como verdaderos palacios, lo que ponía de manifiesto la importancia que el Estado asignaba a la educación. Hoy tenemos una educación donde la universidad pública tiende cada vez más a perder terreno y en la que el Estado juega un papel menor en términos generales. Esto no significa idealizar aquella época. Mayo de 1910 se celebró con Estado de sitio, unos años después ocurrió la brutal represión a los trabajadores rurales en la Patagonia. Lo que quiero decir es que Argentina tiene en este Bicentenario dos o tres deudas centrales. Una es la ciudadanía social. Argentina ha perdido mucho en ese aspecto. Esa pérdida arrancó de un modo acentuado con la dictadura militar, con Martínez de Hoz y es un proceso de desindustrialización y de sometimiento de los sectores populares que se ha prologando hasta nuestros días con distintos matices. La otra gran deuda tiene que ver con el funcionamiento de las instituciones republicanas y democráticas de un modo correcto. Joaquín V. González, en torno a 1910 decía que en la política argentina primaba la ley de la discordia, el afán de dominio personal. Y 100 años después parece que eso no ha cambiado mucho.
PERFIL
César Tcach es investigador del Conicet, director de la Escuela de Formación Política de la Universidad Nacional de Córdoba, director de la Maestría en Partidos Políticos y coordinador del Doctorado en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de Córdoba. Entre los libros de su autoría están “Sabattinismo y Peronismo” y “La Política en consignas”.
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