Parrilli y la objeción de conciencia

Parrilli y la objeción de conciencia
La senadora nacional Nanci Parrilli ha presentado un proyecto de ley para incorporar la “objeción de conciencia” en el estatuto del periodista, y proteger así -tal sería la intención- el ejercicio pleno de la libertad de expresión, no ya en cualquier ámbito, sino dentro de las propias redacciones, y en relación al trabajo concreto, es decir, producir noticias.
La innovación legal, en caso de que fuera avalada por el Congreso, sería interesante, aunque difícil de aplicar en la práctica. Desde que se inventó el periodismo (no hay una fecha concreta de tal acontecimiento) el debate existe, y tiene que ver con la pelea entre subjetividad u objetividad, entre abstención o participación, entre profesionalidad o militancia.

No hay ninguna duda que la introducción de este aporte está guiado políticamente por la suprema guerra de todas las guerras de los últimos tiempos entre el poder político y el poder mediático: la que mantiene el gobierno de Cristina Fernández contra el multimedio Clarín. Es una guerra desproporcionada, tal vez como todas las guerras, y que salpica víctimas hacia todos lados, víctimas inocentes, claro, como también suele suceder en todas las guerras.

Apunta centralmente a lo que se entiende como el meollo ideológico del asunto: el periodista es generalmente una víctima, obligada por el despiadado patrón-medio, a escribir cosas en contra de su propia voluntad, opinar en contra de su propia opinión, sin que nunca se le de la oportunidad de dar rienda suelta a sus propias ideas, a sus propios conceptos.

Esta es la interpretación del actual gobierno: el periodista es sumiso, o bien malintencionado, o bien un mercachifle que se vende al mejor postor.

Para solucionar estas cuestiones, la senadora Parrilli ha presentado este proyecto tan interesante.

La realidad del tema es bastante compleja. Se han escrito toneladas de ensayos al respecto, pero tal vez pueda sintetizarse en un concepto que suelen aplicar los periodistas honestos: nadie puede obligar a nadie, en esta profesión, si ese “nadie” es realmente un buen periodista, convencido de su profesión. La libertad no se derrama como un mágico maná del cielo: hay que conquistarla, con trabajo, con voluntad, y con valentía.

Trabaje uno en un diarucho de pueblo, o en una multimedia multinacional multimillonaria.

En fin. Que hay dudas: no sé si conviene legislar cómo debe trabajarse en una redacción. Prefiero que en ese campo se ganen o se pierdan, en libertad, otras batallas.

No precisamente la que libra un gobierno y una empresa monopólica.

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