"No se sume al riesgo", reza, cual ironía, el cartel de obra de un edificio en construcción de Italia 1121, de cuyo cuatro piso anteayer se desplomó una pared de ladrillos de 20 metros por más...
Las viviendas afectadas por el desplome del muro comparten la misma fachada sobre Italia, respectivamente a la altura del 1127, 1129 y 1131.
Al frente de las tres, ayer, vallado por cintas de "peligro", se veía un enorme volquete donde operarios contratados por los propios damnificados intentaban despejar el pandemonio de materiales que había cubierto sus propiedades.
En una de las casas vive Obelli con su esposa embarazada de ocho meses, que al momento del accidente, a las 18.30 de anteayer, estaba dando clases de danza en el local que la vivienda tiene al frente. El susto de la chica y sus alumnas fue brutal.
A esa hora, con fuerte viento, su marido también estaba en la casa. "El ruido fue tan tremendo y las paredes vibraron tanto con el golpe que pensamos que era una explosión", contó el muchacho.
Los ladrillos, el cemento fresco y las bandejas de contención de chapa y madera del edificio de siete pisos que se levanta en Italia 1121 cayeron sobre su patio y la terraza de la familia Manassero, sus vecinos, "arrastrando todo lo que fueron encontrando al paso", resumió ayer el inspector de Obras Particulares Carlos Hyón, encargado de elaborar el informe técnico del hecho.
De hecho, los dos toldos de ambas casas, un aire acondicionado que quedó pendiendo de un hilo, los caños de desagüe, las macetas y las plantas, todo quedó destruido.
El estupor que causó el derrumbe no eclipsó, sin embargo, todas las advertencias y temores que ya venían de antes: infinidad de rajaduras y frecuentes caídas de material, tanto al interior de las casas como a la vereda.
"Hicimos cantidad de presentaciones y reclamos... A lo sumo venía el dueño de la obra, que es un fideicomiso, y nos intentaba tranquilizar diciendo que tenía todo en regla, pero basta mirar lo que se viene construyendo y todas las irregularidades que se dieron desde que empezó la demolición (de la casa en cuyo solar luego comenzó a edificarse) para que costara mucho creerle", recordó Obelli.
Su versión no difiere de la de Alejandro Manassero, que ayer barría resignadamente el pasillo contiguo a la obra junto a su hijo Agustín, quien al momento del derrumbe estaba en el supermercado y no jugando "como siempre" en la terraza con su hermano Matías y su perro Rokko. Ese sí que se salvó "de milagro": el bretón apareció entre los escombros, sucio pero indemne.
Apenas se produjo el derrumbe llegó al lugar personal de la comisaría 2ª y de la Guardia Urbana Municipal (GUM), que dictaminó el cese de actividades en la obra.
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