Por: Carlos Pagni.Desde que murió Néstor Kirchner, sus seguidores se consagraron a la canonización de su figura. La Presidenta condujo ese proceso agigantando, a fuerza de oratoria, su memoria.
La apoteosis de Kirchner es sincera y entusiasta. No podría ser de otro modo. Quien la lleva adelante no es sólo un heredero político. Es también su viuda, lo que garantiza la intervención de factores emocionales que convierten en público lo privado y en privado lo público. Desde hace un tiempo la Presidenta procura disimular ese carácter, aclarando que sus evocaciones de no son las de una esposa, sino las de una militante. Pero el nepotismo vuelve la confusión inevitable. Cuando, renunciando a cualquier forma de laicismo, insiste en sus emocionantes apelaciones al más allá, la necrología oficial termina de adquirir su sesgo arcaico, premoderno.
La transfiguración del ex funcionario en mito presta servicios invalorables a los continuadores de su política. El primero y más evidente es que la pretensión de introducir a Kirchner en la historia, lo excluye de la política. Hace poco más de un año, Kirchner era un sujeto discutible, con el que cabía debatir, y cuyo peso en el tablero podía calibrarse con las cifras de una encuesta. Ahora ingresó a un olimpo muy selecto, que comparte con los Perón, y que está vedado a profanos como Menem, Duhalde, Cafiero o cualquier otro colega. Sus descendientes -los Zannini, los De Vido, los Parrilli, los Jaime? se ufanan del inesperado upgrade de su linaje.
Pero con la exaltación del fundador, los sobrevivientes, en especial su viuda, obtienen un segundo beneficio. La transformación de Kirchner en estatua disimula que sus recetas están siendo sometidas a una llamativa revisión. Quien se aproxime a sus rutinas, procedimientos y criterios, advertirá que en la Presidenta conviven la sacerdotisa del culto a su marido con su más eficiente correctora. Es un derecho que suelen tomarse las esposas.
Las nuevas tareas
Desde hace un año el Estado está siendo conducido de otro modo. En el oficialismo deben hacer un esfuerzo para advertirlo. Muchos dirigentes relativizan ese cambio, para dejar a salvo la continuidad entre ambos Kirchner. Los argumentos son a menudo atendibles. Sobre todo uno: "Las estrategias muchas veces mudan porque han mudado las circunstancias".
No caben dudas de que el matrimonio tenía una increíble sintonía en la concepción de su actividad. Para Cristina Kirchner, igual que para su esposo, la política es acumulación y ejercicio arbitrario del poder. Ella comulga con la fe de su marido en que las decisiones deben pasar por pocas manos. En que la voluntad se impone a la técnica. En que no hay visiones u opiniones diversas: hay intereses en pugna.
Es natural: no sólo habían aprendido juntos, sino que fueron inseparables en la construcción de su estructura. Cuando una tarde de 1994, en Santa Fe, Néstor Kirchner le propuso a Horacio Massaccesi, entre bromas y veras, integrarse en una misma fórmula presidencial, el rionegrino se excusó con este argumento: "Imposible, Néstor. Las fórmulas son de dos. Y vos querrías traerla también a Cristina". Una década más tarde, en Madrid, José María Aznar invitó a quien ya era presidente a una comida a solas, confiado en que, como le habían advertido, el presidente de la Argentina sólo hablaba con sinceridad en ausencia de testigos. Imposible: el invitado llegó a Botín con su pareja. Anécdotas que invierten el estereotipo y sugieren que era Kirchner el verdadero dependiente.
A pesar de esa simbiosis, desde hace un año Cristina Kirchner, envuelta en su luto inalterable, está enmendando a su compañero. La corrección más urgente la produjo al ganar las elecciones. Es difícil bucear en las motivaciones de un político. Pero resulta bastante razonable que el principal imperativo que movió a la Presidenta a pelear por la reelección fue reparar, con el apellido Kirchner al tope de la lista, la derrota a la que ese apellido había sido sometido hace dos años, como desenlace de una estrategia exclusiva de su esposo. Sin una victoria personal como la del domingo pasado, la recuperación del Gobierno habría sido una hipótesis y la transfiguración de Kirchner, una maniobra sospechosa.
Entre las nuevas tareas que le impuso la viudez, la Presidenta debió encargarse de elaborar la oferta electoral oficialista. Kirchner había revelado que era una competencia suya, cuando dijo: "Cristina me reprocha todas las mañanas: ?¡Mirá el vicepresidente que me pusiste!'". Esta vez fue ella quien seleccionó a los candidatos, con un criterio muy distinto al heredado.
Las listas de Kirchner revelaban una concepción demográfica del poder. El ex presidente adoptó a la provincia de Buenos Aires como su propio feudo, asumiendo que quien controla ese distrito arrastra tras de sí al resto del país. En este sentido, Eduardo Duhalde fue su maestro y, por lo tanto, su víctima.
Cristina Kirchner reemplazó esa lógica. A diferencia de su esposo, se involucró en el armado de las listas de todas las provincias. El cambio tal vez se deba a una lección aprendida en el conflicto con el campo: muchos diputados que debían su banca a gobernadores disidentes votaron en contra del Poder Ejecutivo. Pero también puede expresar un programa más amplio. Es posible que la Presidenta aspire no sólo a encadenar la lealtad del bloque oficialista, sino, además, a constituir una jefatura que se despliegue por todo el país. Es el paradigma que adoptaron, cada uno en su hora, Raúl Alfonsín o Carlos Menem.
No debería sorprender esta nueva orientación. En rigor, revela dos características centrales de la vinculación de Cristina Kirchner con su oficio. La primera, una inflexión conceptual, una confianza en el discurso, muy superior a la de su esposo. A Kirchner, que ni siquiera con la beatificación en curso podría ser convertido en un as de la retórica, le gustaba escandalizar a sus interlocutores menospreciando cualquier tipo de abstracción. "Pibe, no estoy para filosofía", le contestó a un ministro que, en pleno 2008, le quiso explicar las razones por las cuales el mundo estaba en crisis. No hace falta consignar que su esposa entiende la política como un capítulo de la pedagogía y la comunicación.
La otra peculiaridad que alienta a la Presidenta a funcionar como una referencia nacional es su desdén por la dinámica territorial de la política. Aquí las inclinaciones están determinadas por las carreras: Kirchner nació y creció en la política como el jefe de un distrito. Siempre se entendió a sí mismo de esa manera. La trayectoria de su esposa, en cambio, fue parlamentaria. Y, ya se sabe, el Parlamento es el lugar del debate, de los argumentos, de la palabra.
De la displicencia de la Presidenta por la microfísica territorial del poder hay constancias cotidianas. Kirchner dedicaba buena parte del día a atender dirigentes de la más variada jerarquía. Desbordado, muchas veces organizaba reuniones simultáneas. Era una máquina de escuchar, de indagar, de percibir al otro. Si no le alcanzaba con los medios convencionales, se servía del espionaje del Estado. La suya era una propensión habitual en los caudillos. De otro modo se les vuelve muy difícil una faceta indispensable del oficio: la manipulación de los demás.
La agenda de Cristina Kirchner habla de otra fórmula. Ella no fue hecha para registrar, sino para ser registrada. Gobernadores, intendentes o sindicalistas son convocados apenas para actos oficiales. El armado de las listas sirvió para que algunos de ellos quedaran humillados. Hugo Moyano y Carlos Verna no son los únicos ejemplos. Al ejército de dirigentes intermedios se le envían indicaciones sobre el rumbo de la nave a través de personajes subalternos a los que habrá que creerles, que hablan en nombre de "la Señora". Son Parrilli, Zannini, Randazo, tal vez De Vido. Todavía no se llegó al desaire de que esos capitostes reciban instrucciones de los chicos de La Cámpora.
Las reuniones se organizan para gestionar el Estado más que para administrar la política. Ella le puede dedicar más tiempo a un programa de ciencia y tecnología o a ilustrarse sobre la crisis global, que a un conciliábulo con caudillejos del conurbano. Kirchner hubiera estallado de ansiedad de sólo imaginar esa subversión de los valores.
Olivos está distinto. Ahora es una casa de familia. Hay una modulación femenina que también explica el cambio. Se acabaron los asados y trasnochadas de los viernes, ese ambiente un poco de vagancia, donde se podía perder el tiempo hablando de política hasta las tres de la mañana. Ahora el entorno son los chicos, sobre todo Máximo, acaso el único confidente de su madre. La multitud ha sido reemplazada por una cofradía, a veces sólo un ramillete de La Cámpora. Se notó la noche de la reelección. A la casa ingresaron pocos más que Andrés Larroque, Juan Cabandié, José Ottavis y Maira Mendoza. Ministros y secretarios se repartieron en restaurantes de Puerto Madero y San Telmo. El hermetismo es casi absoluto. "Ella siempre fue así. Pero Néstor algo nos contaba. Ahora estamos a ciegas", confiesa un santacruceño al que los demás suponen informado.
Hay otro orden que la Presidenta ha reformado por completo. En Olivos ya no se hacen reuniones de negocios. Kirchner disfrutaba hablando de dinero, y le gustaba tasar a los famosos. Al partir, dejó cierto desorden. Hubo que recurrir a Osvaldo Sanfelice y a Daniel Muñoz para reconstruir algunas cuentas. La única vez que su viuda organizó, con la máxima cautela, un encuentro -fue con Lázaro Báez y Cristóbal López?, vio una línea publicada en un diario y ardió Troya. Ahora los intereses materiales están mediados por un grupo ínfimo de gente de confianza.
No es una diferencia trivial. Kirchner pasó el último año de su vida embarcado en la aventura de capturar Telecom para un grupo de amigos. Cuando intentó financiarlos con la Ansés su mujer lo paró en seco. Ahora todo se ha vuelto más prolijo, más discreto. O más cínico.
La Presidenta rompió también con otra regla de su esposo: hay que ahorrarse conflictos. Kirchner parecía necesitar diez frentes simultáneos para alcanzar su nivel óptimo de adrenalina. Al final, abroquelaba a sus rivales. Cada una de sus víctimas se veía en el espejo de todas las demás. Su esposa aplica otro sistema: prefiere librar pocas batallas e intenta aislar al que considera su adversario. Es la estrategia elegida para avanzar sobre el Grupo Clarín.
La belicosidad de Kirchner era, sin embargo, engañosa. Sus querellas solían quedar abiertas, sin definición. Era raro que quisiera exterminar al adversario. Disfrutaba doblegando o, en el peor de los casos, asegurándose que nadie en torno suyo durmiera muy tranquilo. Su esposa, en cambio, suele ser draconiana. Alberto Fernández puede dar su testimonio: una vez que se marchó, jamás tuvo retorno.
La mejor demostración el nuevo estilo se produjo en el campo de la seguridad. Durante la crisis del parque Indoamericano, la Presidenta descabezó a la Policía Federal y sacó del medio a Aníbal Fernández, a quien Kirchner había confiado administrar la relación con esa fuerza en una zona turbia. Una versión insistente, aunque imposible de corroborar, afirma que el final de Fernández llegó cuando, sin medir las consecuencias, ofreció a la señora de Kirchner algunas contribuciones de los policías con el Gobierno, hasta entonces habituales. Ella decidió crear un nuevo ministerio, y se lo confió a Nilda Garré. Es difícil imaginar a Kirchner decidiendo esa ruptura en el núcleo más opaco del poder.
Hay una dimensión de la vida pública para la cual la comparación entre ambos Kirchner todavía no ofrece novedades. Es, sin embargo, la más relevante: el manejo de la economía. Esa tarea fue siempre privativa del esposo. Está bastante claro: él negoció la deuda, decidió la guerra por la 125, armó una alianza financiera con Venezuela, bajó el pulgar a las AFJP, y avanzó sobre el Banco Central para apropiarse de las reservas. Desde que falleció, el Gobierno no ha tomado, en sentido estricto, una sola medida de relevancia. Apenas va poniendo parches, a la Moreno.
Sin embargo, en esta área la Presidenta está en una encrucijada para la cual Kirchner no dejó instrucciones. Puede ir hacia el financiamiento externo o hacia la devaluación. Puede resetear las variables de la macroeconomía, desde Hacienda y el Central, o ejercer controles cada vez más obsesivos sobre los mercados. Hasta ahora siguió la receta intervencionista de su esposo. Pero hay una restauración del vínculo con los Estados Unidos que ella misma se encargó de gestionar y que podría estar hablando de otra orientación: romper el aislamiento, que fue uno de los legados principales de su esposo..

















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