Por Marcelo CantelmiHoy puede ser un día histórico en Cuba. El mundo está atento a lo que se diga en el escenario montado para celebrar otro aniversario del inicio de la Revolución, este día de 1953. Pero puede que nada suceda.
Una variante o la otra tendrá costos y valores muy diferentes. La gran expectativa es que tras las liberaciones de presos disidentes, se avance en una agenda que incluya parte de lo que Raúl Castro ha sugerido desde que relevó en el tope del poder a su hermano Fidel enfermo. La lista incluye la finalización de la doble cotización de la moneda, incentivos para el trabajo por cuenta propia, fundación de empresas privadas, liberación del acceso a internet, el derecho a una mejor calidad de vida para aquel que trabaje más y sea eficiente y el final de los anacrónicos permisos de salida. Si Fidel está hoy con su hermano en el acto en el que se aluda a ese sendero, será una señal de la mirada de futuro que mantiene aún esta dinastía. Quienes observan con un espíritu crítico no destructivo la evolución de este experimento, han coincidido con los Castro en el peligroso destino del país si no logra salir de la trampa económica que lo asfixia. El eje es la atracción de inversiones, y un cambio de paradigma que acabe de demoler el bloqueo impuesto por EE.UU. a la isla. No es fácil. Se sabe que parte de la vieja guardia resiste el cambio como pasó en su hora en China o Vietnam y que hay, también, raras presiones externas contrarias a esa apertura. Hugo Chávez anunció ayer sorpresivamente que no iría al acto de La Habana donde le tocaba hablar y que permanecería en Caracas porque temía un ataque de Colombia. Como la excusa es, por lo menos, difícil de creer quedó flotando la duda sobre qué planeaba decir el rígido bolivariano en Cuba y, aún más interesante, qué es lo que no quería escuchar.


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